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"¡Quihubo, ve!": Era el hombre de la sonrisa amable y generosa, de la paciencia y las buenas maneras, de la solidaridad y el compañerismo. Llegaba todas las mañanas, saludando así, "¡quihubo, ve!", con su acento valluno, alegre, llenando de luz la cabina de radio que a esa hora podría estar plena de tensiones por las noticias del día. Aparecía con su viejo maletín de reportero, repleto de documentos y de libros, sus implementos de hombre de radio, periódicos, audífonos y un paquete de galletas.

Don Javier Ayala, cuya muerte por covid-19 hoy lamentamos, era un bastión de experiencia y credibilidad en la mesa de trabajo de Radiosucesos RCN que dirigía Juan Gossaín. Los que éramos mucho más jóvenes que él, lo consultábamos permanentemente, pedíamos su opinión y su orientación, especialmente en temas de economía. Hacia afuera, esa era su especialidad. Conocía los vericuetos del periodismo económico, había sido uno de sus decanos y uno de sus más atinados exponentes.

Esa fama y ese olfato para las noticias que tenían que ver con el bolsillo de la gente lo precedían y lo acompañaban siempre. Era célebre el revuelo que causó, cuando dirigía el Noticiero Nacional junto a Gabriel Ortiz, al abrir el informativo con el titular "Se acabó el pan de 100". La historia contaba una crisis que se registraba en panaderías de barrio y que afectaba sin duda a quienes tenían ese alimento como parte fundamental de su dieta diaria.

"El titular es lo que queda", decía don Javi al resaltar, una y otra vez, la necesidad de que las noticias fueran contadas lo más sencillamente posible para que pudieran ser entendidas por la gente. Creo que era su obsesión, una obsesión de siempre, de todos, pocas veces realizada exitosamente: la sencillez a la hora de contar una noticia. Sencillez y brevedad, la regla de oro.

Pero más allá de esa especialidad, don Javi, como le decíamos con mucho cariño, era un hombre culto, un lector infatigable, un hombre de lectura permanente, actualizado, que solía recomendar textos, párrafos, páginas que él consideraba memorables. A mí particularmente me inició en la apreciación de la obra de Paul Auster; aún conservo como un tesoro un ejemplar de "La invención de la soledad", subrayado por él, con observaciones y notas al margen, como lo hacen todos los lectores empedernidos.

Esos atributos, por supuesto, lo convertían en un formidable conversador. Eran deliciosas sus charlas con el profesor Bustillo sobre temas de política, a quien en privado solía embromar preguntándole por las cualidades o defectos de Laureano Gómez, o las aficiones sibaritas de López Michelsen o los infortunios del Frente Nacional.

Con él se podía hablar de todos los temas, porque conocía mucha marrulla, muchos detalles y anécdotas. Los protagonistas de las grandes noticias de las últimas décadas habían pasado por sus manos, los había conocido, los había entrevistado. Como el propio Luis Carlos Galán, de quien tuvo la primicia de su asesinato la noche del 18 de agosto de 1989, cuando reveló al mundo las imágenes aún sin editar del atentado en Soacha, obtenidas por el ya célebre camarógrafo Jesús Calderón.

Luego del noticiero, a las diez de la mañana, nos íbamos a desayunar a una cafetería cercana, y ahí se prolongaba el palique, la conversación o el análisis de lo que habían dicho los personajes, siempre embromando, siempre dando contexto a las cosas. Esa conversación podía postergarse para las horas de la tarde. "Ve, tomemos café esta tarde en el Pomeriggio", el sitio que solía visitar con frecuencia, como si fuera otra oficina. Allí nos veíamos nuevamente para conversar, para charlar, para chismosear.

En asuntos familiares, emergencias, o eventos relacionados con sus compañeros de cabina de radio, don Javier siempre estaba ahí, solidario, presente, dispuesto a dar un abrazo, un mensaje de ánimo, un abrazo, un estrechón de manos.

De ese combo que hicimos parte de Radiosucesos RCN ya no están el profesor Germán Bustillo, el reporterazo Antonio José Caballero, Toño, y ahora don Javier Ayala. Cuando esos tres se juntaban, era una delicia, se convertían en protagonistas de momentos únicos, inolvidables. Además, estar a su lado significaba un reto superior: su nivel periodístico, su capacidad, la cauda de conocimiento estaban en cotas máximas. El reto era tratar de estar a su altura, esa era la misión.

A mí, que era el más joven del grupo, tal vez veinte o treinta años menor que ellos, me duele mucho escribir de estas cosas. El dolor es profundo; es equivalente a la muerte de un familiar. Solo me queda la visita permanente y el homenaje a los que todavía están, a los que aún se quedan y que ojalá vivan muchos años más. Por elemental gratitud y afecto, además, pues a ellos todo les debo en la forja de mi carrera como periodista.

Fuente

RCN Radio

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