Cargando contenido

Ahora en vivo

Ahora en vivo

Seleccione la señal de su ciudad

Los monarcas, por muy pomposos y rimbombantes que sean sus nombres, no son más que seres humanos sobre la tierra. El riesgo está en divinizarlos, en hacerlos creer, como en efecto ocurría en otros tiempos, que tienen un poder emanado de Dios y que sobresalen por cualidades superlativas que no se pueden encontrar entre los mortales.

Pero no es así, nada más lejos de la realidad. El hecho de que vivan en palacios rodeados de sirvientes y alabados por sus súbditos no les otorga salvoconducto alguno a los reyes y no los hace dignos de venias y ceremonias. A veces no las merecen. Incluso, en ocasiones, sus conductas y bajas pasiones dan asco: por la hipocresía de la que están arropadas.

Y digo que dan asco no porque se les califique moralmente por sus conductas humanas sino por el esfuerzo de su círculo inmediato por hacerlos parecer un dechado de virtudes; aquello de los "vicios privados, virtudes públicas" es más notorio aún entre quienes todo lo aparentan, los que prefieren dar buenos consejos antes de dar buenos ejemplos. Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, el antiguo rey Juan Carlos, don Juan, el padre de Felipe VI, es un ejemplo de ello.

Una serie de HBO que está dando mucho de qué hablar desnuda todo el aparataje que se movía alrededor de Juan Carlos para que pareciera lo que no era. Una miniserie de tres capítulos como esta basta para dejar en sus platas el intrincado y complejo ascenso del rey, por designación directa de Franco, y por encima de don Juan, su padre, quien tenía que haber sido el soberano tras la abrupta interrupción de la sucesión desencadenada por la llegada al poder del generalísimo.

Puede leer: Sin carro pero con equilibrio

"Salvar al rey" es el nombre de este documental de tres partes, que consulta más de cincuenta autorizadas voces, para ayudar a explicar y a entender quién es Juan Carlos, cómo llegó al poder, cómo se mantuvo, cómo era su vida privada, por qué abdicó y por qué estuvo a punto de acabar con la monarquía española.

Entre otras muchas cosas, el nombre de la serie aborda de primerazo una de las jugadas iniciales que fueron necesarias para "salvarlo", como fue la orden del dictador Franco de no contar la verdad acerca de la manera como murió el pequeño Alfonso, hermano del futuro rey e hijo predilecto de don Juan, el padre.

En efecto, el pequeño Alfonso murió como consecuencia de un balazo que Juan Carlos le metió, accidentalmente, mientras jugaban. Franco ordenó hablar de otro tipo de accidente y durante mucho tiempo no se supo la realidad de los sucesos. Dicen que eso afectó profundamente al príncipe y forjó su carácter solitario.

Además, en medio de la dictadura, Juan Carlos tuvo que irse a vivir en el exilio con su padre a Portugal, lo que lo alejó de los lazos familiares. Esto es clave. No creció creyendo en lealtades fraternas; solo, sin muchos amigos, cuestionado por la muerte de su hermano y detestado por su padre, el futuro rey se fue por la libre y hasta hoy sigue haciendo lo que se le da la gana.

También lea: La reina Isabel: “God save the Queen”

Obviamente, la historia no se detiene en sus defectos o rarezas. También se le atribuye la virtud de haber precipitado el paso a la democracia una vez que Franco lo nombró su sucesor. No dejó pasar mucho tiempo antes de que decidiera hacer un llamado a ir a las urnas y consolidar la transición. Eso le valió el respeto de su pueblo, de las otras monarquías europeas y de su propia familia, aunque de puertas para adentro ya el asunto estaba echando humo.

El rey, como se reconoce en el documental con decenas de testimonios, aceptó siempre que se casó con Sofía de Grecia bajo los parámetros de un matrimonio por conveniencia. No por amor. Y eso se lo dijo cada vez que pudo a sus tres amantes más conocidas y que eran públicamente consideradas como tales porque hablaban abiertamente de ello.

La más querida y aceptada, si es que ello es posible, era la fotógrafa Queca Campillo, quien estuvo a su lado durante más de tres décadas, hasta su prematura muerte por un cáncer. Lo conocía al dedillo y aceptaba con estoicismo la aparición de las otras. La más bulliciosa, si puede decirse así, era la actriz y diva  de cabaret Bárbara Rey, que fue capaz de instalar micrófonos en paredes y tapetes para grabar a su amante. Con ese arsenal, lo chantajeó y obtuvo para si dinero y programas de televisión.

Y la más notoria e importante de todas era Corinna Larsen. La razón: el rey Juan Carlos estuvo a punto de abdicar para divorciarse de su esposa Sofía y poder casarse con ella. Estaba enloquecido, hasta tal punto que llegó a pedir la mano al padre de Corinna al viejo estilo, con la formalidad de una fastuosa ocasión como aquella. 

Le puede interesar: Lecciones de la tragedia de Dresde

Advertido por su propia familia de que tal decisión irracional podría llevar al fin de la monarquía, su majestad se arrepintió y quizás eso llevó a la arremetida de la novia plantada, que hoy lo tiene demandado por acoso y con una caución que le impide acercarse a menos de ciento cincuenta metros.

El episodio de Corinna fue la tapa para la familia. Doña Sofía, el príncipe de Asturias, sus hermanas y cuñados lo acorralaron para que abdicase. No era posible seguir viviendo así, en semejante despropósito.

Pero las tres amantes conocidas, pues se sospecha que ha habido muchas más, no son las únicas singularidades de don Juan Carlos; también lo son sus negocios con sus amigos árabes. Negocios turbios y oscuros, hasta el punto de que, por ejemplo, hoy no se sabe qué hizo el rey con una gruesa suma de dinero que le pidió de regalo, de frente y sin vergüenza, al Sha de Irán, con la disculpa de que se trataba de dinero para salvar la corona española. Y por supuesto que hay muchas más dudas con decenas de vueltas parecidas que hizo el rey, el pobre rey.

Hoy su hijo don Felipe VI se esfuerza hasta el estreñimiento por no parecerse a su padre; que nada turbio, oscuro o difícil de entender lo pueda cubrir con una duda. Esa es su consigna. Y le toca, porque en España un enorme sector enterado de las andanzas de don Juan, el don Juan, el enamorado, no toleraría un exceso más, por más que se diga que sin la monarquía la unidad no sería posible. 

Fuente

RCN Radio

Encuentre más contenidos

Fin del contenido.