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Siempre he sido un acérrimo defensor del fútbol suramericano, que se ha caracterizado históricamente por ser técnico, habilidoso, creativo, fantasioso, mágico, ofensivo y amigo del gol. Los jugadores de este lado del planeta nacen silvestres en el potrero, la calle, la comuna, el arrabal, la favela, la selva, la playa. En todos lados menos en una cancha idónea para jugar al fútbol.

Cómo no recordar con sus matices o repasar la historia y los títulos mundiales de clásicas y añejas selecciones como la de Uruguay en la década del treinta y la del maracanazo en el 50; la de Brasil en las décadas del cincuenta, sesenta, setenta, ochenta (la del 82, una de las mejores aunque no ganó), noventa y la última del 2002, y la de Argentina en el 78 y 86.

Carasucias, bajitos descarados, gambeteadores geniales, flacos con hambre de triunfo y de la otra, atrevidos oreados a punta de recochas y picados conforman el arquetipo del jugador suramericano. Futbolistas de la talla de los mejores de la historia en este planeta redondo como un balón: Pelé (“O Rei”), el más grande de todos los tiempos; Messi; Di Stefano; Maradona; Garrincha, y Zico, por mencionar sólo a algunos. Y, aparte de brasileños y argentinos, muchos otros de la calidad del uruguayo Francescoli, el chileno Elías Figueroa, el paraguayo José Luis Chilavert, el peruano Teófilo Cubillas y los colombianos Falcao y Willington Ortiz, para no ir más lejos.

Sin embargo, los hechos recientes, los de los últimos años y los últimos días, están borrando a brochazos la saga brillante de la historia. Suramérica no es campeón mundial desde el 2002, hace casi 20 años, como no había pasado nunca antes. El subcontinente, así fueran sólo tres países, repetía títulos mundiales o los ganaba al menos de manera intercalada: Uruguay 30 y 50 –no se realizaron los del 42 y 46 por la II Guerra Mundial-; Brasil 58, 62, 70, 94 y 2002; Argentina 78 y 86. Jamás había ocurrido que Suramérica dejara de alzarse con títulos durante cuatro mundiales seguidos. Y lo peor es que también la tiene muy difícil para que pueda imponerse en el próximo. La diferencia que nos sacó el fútbol europeo es cada vez más amplia.

Fue patético tener que comparar, sin querer queriendo, el fútbol de Europa con el de Suramérica a raíz de que la Eurocopa y la Copa América se disputaron de manera simultánea. No sé si por casualidades del destino o por la habitual falta de sindéresis de los dirigentes.

Los jugadores europeos siempre nos han superado en materia física, disciplinaria y comportamental. Son más veloces, atléticos, fuertes, resistentes, responsables, serios, maduros y comprometidos. Pero los suramericanos siempre los habían superado en materia técnica, creativa, goleadora, de ductilidad, de inspiración y de repentización.

Lo grave ahora es que ese plus, ese valor agregado, esa ventaja tradicional del fútbol suramericano sobre el europeo se ha venido perdiendo en los últimos años, y esto quedó plasmado en las pasadas Eurocopa y Copa América. Los partidos del Viejo Continente resultaron en su gran mayoría mucho mejores, más vistosos, ofensivos, creativos y emocionantes que los del Nuevo Mundo. La generalidad de encuentros europeos fue muy superior incluso que el bodrio de final entre Brasil y Argentina, en la que ninguno de los contendientes mereció ganar. 

Como lo dije en unos trinos, lo único destacable de este juego fue el título de Messi, el mejor jugador del mundo y el segundo más grande de la historia. Lo demás fue grosero, grotesco y espurio. Final indigna de la Copa América: partido interrumpido, violento, mañoso, ultradefensivo, ofensivo pero en cuanto a agresiones entre jugadores y por ende plagado de faltas. Se jugó de todo, incluidos rugbi y fútbol americano, de todo menos fútbol. Ambas selecciones merecían perder. Y reitero acá la pregunta: ¿No se podía declarar desierto el título de la Copa América 2021?

Esto sin contar con las ayudas descaradas de los árbitros y del VAR a Brasil y Argentina a lo largo del torneo, como si todo estuviera dispuesto por parte de la Conmebol para que la final fuera entre estas dos selecciones. Pruebas de ello, de las que los colombianos fuimos víctimas, son los casos del juez Néstor Pitana ante Brasil y del portero Damián Emiliano Martínez -casualmente ambos argentinos-, graduado con honores de canalla y de ídolo por los granujas del fútbol. Esos que creen que este deporte es una guerra en la que todo es válido. Esos maquiavélicos que piensan que el fin justifica los medios. Esos que no creen en el concepto de “fair play” (“juego limpio”). Esos que promueven que el fútbol sea una actividad con códigos cuasimafiosos y al margen de la ley y la decencia. Un universo paralelo independiente de la civilización y la cultura que tanto le ha costado construir a la humanidad durante siglos.

A pesar de los jueces, la selección Colombia de Reinaldo Rueda, aunque el técnico llevaba sólo un mes al frente del equipo, obtuvo a la postre el nada despreciable tercer lugar del torneo y demostró que hay razones y nombres de peso para ser optimistas de cara a la clasificación al Mundial de Catar 2022. Razones como el compromiso, el temperamento y el trabajo en equipo de los jugadores convocados, y nombres como el de Luis Díaz, goleador junto con Messi y a mi juicio el mejor futbolista de la copa, por encima del argentino y de Neymar.

Mientras todo esto configuraba el opaco panorama que se vivía a este lado del Atlántico, allende los mares, en la otra orilla se disputaban partidos de una intensidad y riqueza técnica sin par. Las prórrogas eran vibrantes y explosivas, casi que mejores y más intensas que los 90 minutos del tiempo regular que se había jugado. En muchas ocasiones los partidos se definieron en los últimos minutos y hasta en los últimos segundos de 120 minutos de entrega y disputa a todo vapor.

Acá no se jugaban prórrogas cuando los partidos quedaban empatados en los 90 minutos. Por fortuna. Se pasaba de una vez al desempate a través de cobros desde el punto penal. No obstante, algunos jugadores ya no podían ni con su alma en el momento de cobrarlos.

Así las cosas, y sin la ayuda de los árbitros y el VAR, Argentina y Brasil -seguramente confirmen su clasificación- la tendrán muy difícil en Catar-2022. No importa que algunos crean que a través de mañas y métodos maquiavélicos se pueden ganar partidos y aun títulos. En eso también tenemos que crecer y evolucionar con el fin de acortar la enorme diferencia que nos sacaron los europeos.
 

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