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“Gran sertón: Veredas” (“Grande sertão: Veredas”), novela emblemática del escritor brasileño João Guimarães Rosa, uno de los autores mayores de la literatura continental, cumple 65 años de haber sido publicada. La novela es una de las precursoras del boom de la literatura latinoamericana, incluso anterior y arquetipo de las icónicas “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, y “Rayuela”, de Julio Cortázar.

La obra puede ubicarse dentro del concepto del realismo maravilloso que proliferó en Latinoamérica, especialmente en la década del sesenta. Publicada en 1956, combina magistralmente, gracias a la innovadora técnica narrativa de Guimarães Rosa, influenciado por Joyce y Faulkner, lo real con lo maravilloso, la historia del sertón (región apartada, semiárida o selvática del estado de Minas Gerais, en el nordeste brasilero) con lo mítico, la fábula con la leyenda.

Los pactos con el diablo de personajes como Hermógenes y Riobaldo y la misma sugestiva y misteriosa identidad de Diadorín que sólo se desvela al final de la novela rompen con la lógica espacio-temporal que rige las relaciones de los hombres y el mundo real, sumergiéndose así en lo mágico, en lo fantástico, en lo maravilloso. El sertón es todo eso: realidad y fantasía, sueño y vigilia, el bien y el mal, porque el centro del sertón está en todas partes y sus límites son infinitos, tal como está planteado en el texto de Guimarães Rosa.

Así mismo, las formas prelógicas de aprehender el mundo, que el autor utiliza para desarrollar la trama -mito, sueño, magia, psicología infantil-, nos llevan a pensar que la obra es un buen ejemplo del realismo maravilloso o realismo mágico al mejor estilo de García Márquez o Carpentier.

En la novela tanto Diadorín como Riobaldo –personajes principales- dirigen sus acciones con el objetivo de vengar la muerte de Joca Ramiro, asesinado por la manos traidoras de Hermógenes y Ricardón. La narración se desarrolla a través de un monólogo discursivo de Riobaldo, narrador y protagonista, quien desentraña una gran cantidad de hechos y significaciones de su vida como yagunzo (rebelde, bandido, mercenario al servicio de un líder, jefe o patrón). El narrador se dirige a un narratario que propicia el monólogo, que está implícito en la historia pero que no hace uso explícito de la palabra.

“Vivir es peligroso”, una frase que se repite a menudo en el texto, surge como fruto de la experiencia vital que como yagunzo y sertanero sufre Riobaldo, convertido ahora, en el momento de contar la historia, en un hacendado. Una de las preocupaciones existenciales de Riobaldo es la dicotomía que se establece entre el bien y el mal, entre Dios y el Diablo -“el diablo en la calle, en medio del remolino”-, lo divino y lo demoniaco, coordenadas antagónicas que atraviesan la vida del hombre.

Riobaldo se plantea el problema del fin último del hombre en esta vida, y al final se da cuenta que la existencia es travesía, devenir, búsqueda que nunca alcanza su meta. Una manifestación peculiar de concebir el mundo, una cosmovisión que se puede inscribir en la corriente existencialista. El sertón es así, como él mismo lo dice: incierto, tiene la extensión del mundo, la dimensión de la vida y de la muerte.

Muerto en 1967, el mismo año de la publicación de “Cien años de soledad”, Guimarães Rosa rescató el regionalismo como tema central de la narrativa brasileña, lo que queda en evidencia en su obra cumbre, “Gran sertón: Veredas”. Su principal aporte se hace evidente en su singular manejo de la palabra, que produce una ruptura con el tradicional tratamiento del lenguaje novelesco, fruto de influencias como las de Joyce y Faulkner. Para él, la palabra es un haz de significaciones. Debido al uso poético del lenguaje, la escritura del autor brasilero, enfocada hacia las fuerzas virtuales de la lengua, elimina las fronteras que tradicional y académicamente se han trazado entre narrativa y lírica.

Numerosos son los tropos o recursos de expresión poética utilizados en su obra, especialmente en el “Gran sertón”: onomatopeyas, rimas internas, aliteraciones, elipsis, dislocamientos de la sintaxis, neologismos, metáforas, pleonasmos, latinismos. Y todos estos recursos lingüísticos y metalingüísticos al servicio de la musicalidad del habla sertonera, donde se desarrolla la historia de su emblemática obra. Sus historias son fábulas que descubren una visión global de la existencia, cercana a la de un materialismo religioso, panteísta.

El conflicto entre el yo/héroe y el mundo se resuelve mediante el pacto del hombre con el adversario, con el propio origen de las tensiones. La dialéctica de la trama (luchas entre yagunzos, venganzas juradas, relación ambigua entre Riobaldo y Diadorín) se desarrolla por la interacción del personaje con un todo naturo-cultural omnipresente: el sertón. Un todo positivo y negativo, donde lo sensible y lo espiritual se interrelacionan, de tal suerte que esto último se manifiesta en los modos prelógicos de la cultura: mito, psiquis infantil, sueño, locura.

La solución novelesca de Guimarães Rosa fue acudir a un sincretismo mitopoético en esta obra de aguda modernidad que se alimenta de viejas tradiciones, tales como las gestas de los caballeros feudales que convivían entre lo sagrado y lo demoníaco, de indudable raíz ibérica. Pero nuestro autor no se queda en el regionalismo trivial: lo supera en la esfera de la contemplación y del descenso a los orígenes naturales de la comunidad sertonera y poniendo en evidencia las tensiones entre el ser humano y la naturaleza, entre el hombre y el prójimo (el próximo).

Evocador, estimulante y enriquecedor reconocer, releer y repasa novelas antológicas como el “Gran sertón: Veredas”, del escritor, médico, traductor, andariego, diplomático, académico y políglota João Guimarães Rosa. Pionera, aunque no muchos la recuerden o la hayan leído, del boom de la literatura latinoamericana.

Fuente

Sistema Integrado Digital

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