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La cariñosa y tierna mano que acariciaba la mano de Eugenita, su esposa; o la de Isabelita, su hermana, o las de “la Chiqui” o “Memita”, sus adoradas hijas, era la misma con la que sellaba grandes negocios, alzaba pesas, boxeaba con sus escoltas y me ganaba pulsos en franca lid. Varias veces me retó a unos pulsos, y en todas tuve que dar literal y rápidamente mi brazo a torcer, muy a mi pesar. En igualdad de condiciones practicaba también el boxeo con los más fuertes de sus guardaespaldas, quienes corrían la misma suerte mía.

El doctor Ardila -como le decían, como le decíamos todos en los últimos años en una mezcla de profundo respeto y admiración- amaba el deporte. Y no sólo sentía una gran pasión por el deporte: también era un destacado deportista. Además, era un gran mecenas del deporte, como lo sabe Colombia. De ello dan fe múltiples equipos, delegaciones y deportistas de las más variadas disciplinas que patrocinó con sus empresas durante muchos años.

Nunca le dijimos Carlos. A un hombre extraordinario era difícil tratarlo como a cualquier mortal, como a un hombre común y corriente, pese a su sencillez y amabilidad. De repente, sin proponérnoslo, sin solución de continuidad, pasamos de decirle el cariñoso Carlitos con el que siempre lo habíamos tratado a llamarlo con el simbólico pero no menos afectuoso doctor Ardila. El doctor Ardila era un ser excepcional.

Con la misma tenacidad, dedicación, lucha y determinación que le ponía a su denodado trabajo de industrial y empresario y a sus negocios, abordaba la causa del deporte y las obras sociales y filantrópicas que desarrollaba en beneficio de la salud, la educación y el empleo de los colombianos más necesitados. Todo sin aspavientos, sin ínfulas de superioridad moral o generosidad desbordada, con sencillez, con la misma naturalidad con la que disfrutaba de la práctica del deporte. El país conoce de sobra lo que fue su generosidad en todos los aspectos de su vida: en el material, en el humano, en el familiar, en el de los afectos, en el de la generación de empleo. 

Otra de sus grandes pasiones fue el amor por su tierra y por su gente, por su patria Colombia y por su patria chica, su entrañable Santander del alma. Le encantaban los productos y el paisaje y la gente y la comida de su terruño. De esa Arcadia a la que siempre regresaba, siempre recordaba y a la que siempre llevó en el alma como uno de sus hijos más célebres y predilectos. La misma de sus egregios y venerados padres, Carlos Julio Ardila y Emma Lülle, descendiente de alemanes, cuya savia nutrió su fervor y lucha por el desarrollo empresarial, social, industrial y económico del país.

Sentía también especial afecto por la madre patria España: por su cultura, su lengua, su gastronomía, su historia, su tauromaquia. Aficionado al vino español y a los toros, disfrutó de memorables tardes en la Plaza de la Santamaría, previa degustación de exquisitos condumios en compañía de su esposa Eugenita, la madre de sus cuatro hijos: Carlos Julio, Antonio José, María Emma y María Eugenia. Eugenita nos dejó también tristemente hace un par de meses. No cabe duda de la relación estrecha entre este adiós y aquél. Por fortuna para ellos, ya están reunidos nuevamente en una instancia superior a la nuestra.

A pesar de ser el primer soldado en la defensa de Colombia frente a cualquier ofensa o diatriba en contra de su país natal, al que le dio su vida entera y en el que invirtió y reinvirtió toda su fortuna, fue tan cercana su relación con España que el rey Juan Carlos I de Borbón le otorgó la ciudadanía española, de la que también estaba muy orgulloso. 

La memoria del doctor Ardila era prodigiosa. Saludaba afable y amistosamente con la mano y por su nombre a todos los empleados y trabajadores con los que se cruzaba en sus incontables visitas a fábricas y empresas de las diferentes regiones del país. Los números y cifras relativos a balances, ganancias, inversiones, donaciones, activos y pasivos los almacenaba clara y ordenadamente en su cabeza, como si fuese una computadora de última generación. Una memoria inmarcesible que se agigantaba aún más cuando se trataba de recordar con gratitud y aprecio a sus más cercanos colaboradores, lugartenientes, familiares y amigos.

El legado humano, moral y empresarial del doctor Ardila quedará imperecedero en la memoria y la vida de los colombianos como una suerte de extensión de su memoria prodigiosa, la misma que nos recuerda constantemente la importancia del trabajo, la dedicación y la disciplina para progresar en la vida. En medio del enorme vacío que nos deja, acudo a las sentidas coplas de Jorge Manrique: “Y aunque la vida perdió, nos dejó harto consuelo su memoria”.

¡Gloria eterna, gratitud perenne y paz en la tumba del doctor Ardila!

Fuente

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