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Dos series muy comentadas por estos días nos muestran las porquerías que se mueven alrededor del fútbol. Deporte maravilloso, electrizante, que logra eclipsar nuestra mente y abatirnos, incluso, hasta el punto de postrarnos en el sofá largas horas. Se salva, sin embargo, por lo que se ve en la cancha, por la estética del despliegue físico, por la travesura del jugador.

Sin embargo, nosotros los aficionados olvidamos -no sabemos, lo ignoramos- que ese deporte que nos desvela tiene detrás un enorme negocio, multimillonario, del que se nutren unas cuantas personas que lo administran y que lo manipulan, para uno u otro lado, y que son capaces de torcer su historia con la anuencia de los fanáticos, ciegos, indiferentes, tolerantes.

Una de las series se conoce en español como "En los entresijos de la FIFA", y nos muestra cómo esa organización mutó a comienzos de los años 70 de un apático organismo administrativo a una multinacional intocable, que llegó a ser superior a la ONU, con tantos países dependientes como sumisos a los pareceres del monarca.

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El documental denuncia que prácticamente ninguno de sus dirigentes máximos se salva. Desde Stanley Rous hasta Sepp Blatter, pasando, por supuesto, por Joao Avelange, el brasileño que comandó el fútbol mundial con mano de hierro hasta que un chequecito traidor detectado por su secretario -el propio Blatter- lo pilló. Avelange venía recibiendo coimas, regalitos económicos, de uno de los grandes patrocinadores, pero el cheque se coló a una cuenta indebida.

A partir de ahí, Blatter, en lugar de denunciarlo, le notificó que lo tenía en sus manos, y lo fue obligando poco a poco a apartarse hasta quedarse él con el puesto de su jefe. Desde ese momento, el suizo de la eterna sonrisa se convirtió en uno de los Maquiavelos de nuestro tiempo, un titiritero asombroso, capaz de pasar de escándalo en escándalo sin untarse ni despeinarse.

Desde que Blatter asumió, hasta hoy, la FIFA ha estado envuelta en suficientes escándalos como para que ahora, en este fin de año muchos, estén viendo con mirada sospechosa el Mundial de Catar. Un Mundial que no lo entiende nadie: allá no juegan fútbol, no hay aficionados, no había estadios, y no aceptan que los fanáticos de este deporte son muy particulares: celebran ruidosamente, se toman sus tragos, se abrazan y se besan, se sienten libres y plenos: todo lo contrario de lo que ocurre en ese país islámico.

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La otra serie, también muy seguida, es "Goles en contra" y tiene que ver con la vida de Andrés Escobar, el célebre defensa colombiano asesinado en julio de 1994 en confusos hechos, aún por esclarecer plenamente.

Es una serie interesante, que nos muestra lo que ocurría alrededor de la Selección Colombia, el drama de varios de sus jugadores, los anhelos y esperanzas de quienes creían que éramos el mejor el mejor equipo del mundo, el país más feliz del mundo.

La historia de Andrés Escobar tiene como telón de fondo la penetración del narcotráfico en el mundo del fútbol, el manejo oscuro de los "dueños" de los jugadores, la violencia que acompañaba ya desde entonces a los estadios, la podredumbre, entonces, del charco en el que nadaba ese deporte a pesar de la buena voluntad de los jugadores.

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En síntesis, en pleno Mundial, a pesar de Messi y Cristiano, y del resto de artistas, no podemos cerrar los ojos frente a la realidad. En el fútbol, que es un deporte en esencia, hay mucha suciedad a su alrededor. Los jugadores no son libres; no juegan para divertirse. Hacen parte de uno de los negocios más rentables de la historia de la humanidad. Pero también de un negocio que puede llegar a ser mortal.

Fuente

RCN Radio

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