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Estimados lectores y estimadas lectoras, apreciados seguidores y apreciadas seguidoras, queridos amigos y queridas amigas: Me voy a meter en un lío gordo, en un berenjenal del que seguramente no saldré ileso. Voy a hablar del tan mentado lenguaje inclusivo o incluyente, de lenguaje democrático, de lenguaje no sexista, de lenguaje igualitario. Se darán cuenta el riesgo que corro, pero hay que reconocer que la vida está plagada de riesgos.

Y lo voy a hacer por varias razones: primero, porque quiero (no voy a decir porque me da la regalada gana como dirían unos amigos españoles); segundo, porque la Constitución, la ley y lo derechos humanos me permiten hacerlo; tercero, porque es un tema de gran actualidad que genera mucha discusión y polarización, y cuarto, porque tengo alguna autoridad moral y académica para hacerlo habida cuenta de una sólida formación lingüística y literaria en virtud de mi paso por el Instituto Caro y Cuervo y el Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana de don Rufino José Cuervo.

Al grano. El lenguaje es heteróclito, polisémico y multiforme; es el que nos permite comunicarnos con los demás y con nosotros mismos y el que nos posibilita expresar nuestra propia mismidad, nuestro ser. El lenguaje natural, o sea, la lengua, y en este caso la lengua española, que se ha sazonado a fuego lento en la cocina de un tiempo milenario, reafirma nuestra identidad como personas y hace que nos sintamos miembros de una comunidad de hablantes con la que compartimos una cultura, una forma de ver el mundo, una manera de narrar la vida y una idiosincrasia. En la Academia Colombiana de la Lengua reza este lema: La lengua es la patria (“Lingua est patria”).

El lenguaje inclusivo es un tema muy complejo por cuanto no sólo se circunscribe a un asunto lingüístico o gramatical, sino que contiene elementos ideológicos, políticos, históricos, sociales, culturales, sexuales, biológicos y de género, entre otros.

La modalidad del desdoblamiento léxico con el que comencé la columna -ellos y ellas, y eso que no incluí elles ni ell@s para no terminar en un galimatías-, que tiene tantos adeptos como críticos, está en la base de la polémica. ¿Es válida? ¿Gramaticalmente es correcta? ¿Es absurda? ¿Es estúpida? ¿Es ineficaz? ¿Es contraproducente? ¿Es necesaria? ¿Es justa? ¿Es democrática? ¿Es pesada y aburrida? ¿Es populista? ¿Atenta contra la comunicación y el sentido común?

Como fenómeno lingüístico y gramatical éste es un problema que está por fuera de la naturaleza de la lengua, la cual tiene unas normas de uso sancionadas por la historia, los hablantes y la academia. No se puede imponer desde afuera de la lengua un determinado y obligatorio uso por parte de grupos de presión, ni esgrimir razones políticas, ideológicas o populistas para hacerlo. También hay populismo lingüístico. No hay transformaciones significativas de carácter sincrónico que se puedan imponer por decreto de un día para otro. Los cambios se producen en la diacronía, son históricos, de acuerdo con la naturaleza y la evolución de la lengua.

El doble o triple uso del género gramatical en una frase conlleva peligrosamente a la pérdida de una categoría superior y lógica de pensamiento: el hiperónimo. Según el DRAE, hiperónimo es la “palabra cuyo significado está incluido en el de otras. Pájaro es hiperónimo de jilguero y de gorrión”. Con la pérdida de esa categoría cognitiva se podría llegar a empobrecer el lenguaje y el pensamiento, consideran algunos lingüistas y epistemólogos. 

Imagínense que yo no pudiera contarles que esta madrugada escuché un melódico trinar de pájaros. Que tuviera la obligación de decirles que escuché un melódico trinar de un jilguero, un gorrión, una mirla, una tórtola y un canario. O, peor aún, que tuviera la obligación de decirles que escuché un melódico trinar de pájaros y pájaras, al mejor estilo del presidente de un país vecino. Sería un mundo pesado, confuso, aburrido, de comunicación ineficaz y plagado del excéntrico e infantil uso del hipónimo: gorrión, mirla, él, ella, elles (para los, les o las de género no binario), niño, niña, niñe, aquella, aquel, etc. Sería como señalarlos con el dedo, al igual que lo hacen los niños. Acá sí no voy a decir que los niños y las niñas. Una infantilización del uso de la lengua y de las categorías cognoscitivas.

Sobra decir que soy feminista y que apoyo a las mujeres en casi todas sus causas y luchas, pero a quién le importa si igual terminaré crucificado por tirios o por troyanos. Las respaldo con solidaridad y pasión, pero no trago entero los excesos intrascendentes en los que caen algunas de ellas. El destacado escritor español Arturo Pérez Reverte, miembro de la Real Academia Española de la Lengua, dijo alguna vez que respaldaba el feminismo, pero no la estupidez ni la ineficacia comunicativa. Y que le importaba un pepino lo que dijeran de él las rabiosas y radicales lideresas defensoras del ineficiente lenguaje inclusivo y sus aliados oportunistas, los políticos demagógicos. Que no se llamen a engaño las jefas de filas de esta cruzada lingüística irracional: los politiqueros de oficio no respaldan sus convicciones; ellos van detrás de sus votos. “Si una señora, a menudo analfabeta, me dice que debo escribir ‘todas y todes’, yo no puedo escribir un artículo así, porque eso me impide expresarme. Es lo que se llama economía narrativa, normas del lenguaje, gramática, etcétera”, advierte Pérez Reverte.  

Hay quienes proponen soluciones intermedias como la de preocuparse por utilizar preferentemente términos de género epiceno: “Dicho de un nombre animado: Que, con un solo género gramatical, puede designar seres de uno y otro sexo; p. ej., bebé, lince, pantera, víctima”. (DRAE). Interesante propuesta y salomónica solución, pero no me imagino una discusión de cualquier índole en la que los interlocutores estén pensando más en usar palabras epicenas que en sus argumentos en torno al tema de debate. La pobreza de razonamientos en la que se caería. Imagínense, no más, una discusión de este tenor en el Congreso de la República, por ejemplo.

Por otra parte, un determinado uso de la lengua no cambia la realidad por más buenas intenciones que tengan los defensores y defensoras del lenguaje inclusivo. Éste no va a modificar siglos de persecución, discriminación e invisibilidad de las mujeres  El aporte del lenguaje incluyente a su causa sería nimio o definitivamente nulo. No por prohibir o sacar del diccionario el término racismo éste abominable fenómeno social y político va a dejar de existir, como decía la lingüística y filóloga hispano-mexicana Concepción María del Pilar Company. Si con el lenguaje inclusivo las mujeres se van a liberar de las agresiones, de la violencia y de las cadenas impuestas por el hombre y la tradición, y van a ocupar plenamente el espacio laboral, profesional, político, sexual y social que se les ha negado, por favor díganme dónde firmo. Lamentablemente esto no se ha visto nunca, como advierte Company.

Soy tan feminista que respaldo el manifiesto impulsado por decenas de lingüistas feministas catalanas que se declararon hastiadas y en contra del llamado lenguaje inclusivo o no sexista. La lingüista y profesora de la Universidad de Barcelona Carme Junyent coordinó el trabajo hecho por 70 autoras y compilado en el libro “Somos mujeres, somos lingüistas, somos muchas y decimos basta”. Un alegato contra el lenguaje incluyente, contra la escritura y el habla no sexista

Junyent detesta las fórmulas “señores y señoras”, “ellos y ellas”, “niños y niñas” y apuesta por el masculino plural como genérico que incluye el femenino. “Todo esto del lenguaje inclusivo es una imposición desde arriba, y quería decir que ya está bien. Y que quien quiera hablar y escribir así que lo haga, pero que a los demás nos dejen en paz”, señala en una entrevista con “El País” de España. Y sostiene: “Muchas veces ese lenguaje ridiculiza la lucha de las mujeres. Y obstaculiza el mensaje, porque acabamos hablando de cómo se dicen las cosas en vez de qué se dice”. Reitera que “ese lenguaje no solo no aporta nada, sino que lo complica todo”.

Como también conceptuó la Real Academia Española (RAE) en Twitter: “Lo que comúnmente se ha dado en llamar «lenguaje inclusivo» es un conjunto de estrategias que tienen por objeto evitar el uso genérico del masculino gram., mecanismo firmemente asentado en la lengua y que no supone discriminación sexista alguna”.

En fin, queridos lectores: Éste es sólo un planteamiento preliminar e inacabado del dilema. Quizás tengamos ocasión de profundizar más adelante en tan espinoso asunto. No obstante, a continuación arriesgo un intento de colofón provisional como corolario a lo expuesto acá.

La lengua de Cervantes es bella y complejamente rica. Tratemos de conocerla un poco más y de rendirle culto a través de un uso respetuoso de su naturaleza, de su evolución milenaria y de quienes desde las letras y la cultura la han hecho grande. Por más críticos que seamos de la invasión de los españoles a la América de Indias no podemos abjurar del idioma español. Por más defensores que seamos de los derechos de las mujeres no podemos imponer por decreto un artificioso uso del español carente de sentido y sindéresis.
 

Fuente

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