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Soy hijo de inmigrante. Mi mamá se vino a Colombia con muy poco, de manera legal, recién casada, sin saber muy bien qué esperar.

Al entrar al país, le cambiaron el nombre, le impusieron el apellido del marido y le dieron unas estrictas normas de identificación y empadronamiento que ha tenido que cumplir desde entonces. Me enorgullece su pasado y me honra saber que desde entonces ha trabajado por crear ciudadanos que cumplan con las costumbres y las normas de ese país que la acogió. 

También soy desplazado. Llegué a Bogotá porque en mi municipio no había una universidad con oferta que a mí me llamara la atención y me quedé aquí porque mis proyecciones profesionales no se cumplían allá, tampoco. Aclaro que sé muy bien la diferencia entre ser desplazado por la violencia sin más incentivos que la muerte y sin ningún privilegio, a haber sido un adolescente de clase media que llegó a la capital con la vida resuelta. 

Es por eso, tal vez, que, siento una profunda empatía con las personas que, sin cesar han seguido en busca de un mejor futuro. Me aterra pensar que esta ciudad tiene tan serios problemas estructurales todavía por resolver y es, sin embargo, el destino de buena parte de las personas que buscan cambiar sus vidas. Y, también, es la razón por la que me afectan profundamente las expresiones de xenofobia que han llenado la política global en los últimos tiempos. 

De manera muy especial, me impresionó ver a niños y niñas encerrados en jaulas llorando porque habían sido separados de sus padres después de cruzar la frontera entre Estados Unidos y México. Primero, porque Estados Unidos defendió por muchos años la libertad de los pueblos y basó su desarrollo en el bono demográfico de los migrantes, Ellis Island fue el símbolo del sueño americano, y atravesar sus portones significó para muchas generaciones la certeza de una vida lejos de las afugias de la pobreza y la desigualdad. 

Casi al mismo tiempo, al otro lado del Atlántico, cientos de migrantes africanos fueron transportados como ganado por el Mediterráneo esperando un puerto en el cual descansar, comer algo, obtener refugio. El gobierno italiano rechazó la llegada del barco a sus costas, mirando con desdén a sus ocupantes, cuando fue justamente el pueblo italiano el que mejor fue recibido en Brasil, Argentina y Estados Unidos. Después, España, en un acto de terrible hipocresía anunció que recibiría temporalmente a estos particulares expatriados sin revisar siquiera las rejas que resguardan a Ceuta y Melilla de sus vecinos marroquíes. 

En los mismos días vimos cómo los oficiales franceses cortaban las suelas de los zapatos de niños y niñas para evitar que volvieran caminando a su país y a Israel disparar sin cesar contra civiles que protestaban por el derecho a vivir en la tierra que han ocupado desde hace siglos. En todas partes se repite lo mismo.

En nuestro país también pasa: un senador desde la autoridad de los privilegios se refiere como migrantes a quienes fueron desplazados forzosamente por el tronar de las armas; otros, piden restringir las libertades de los venezolanos que han podido atravesar la frontera para evitar el hambre y la escasez; algunos más se refieren despectivamente a las personas que, como yo, venimos de provincia. Y me angustia que esos discursos sean apenas el preámbulo para otras formas de discriminación que terminen por arrasar la vida de otros con tal de que nuestra zona de confort no sufra consecuencias. 

El neoliberalismo implicó para el mundo la desregulación y el fin, en muchas ocasiones, de las fronteras comerciales: los bienes y servicios se pueden mover con más facilidad y tranquilidad que las personas. En el pasado One Young World, que se celebró en Bogotá, uno de los conferencistas del cierre propuso que una meta del mundo en 2068 debería ser el fin radical de los límites para los humanos, que todos nos podamos mover y asentar sin problema por el planeta entero, que la Tierra luzca como luce desde la Luna, sin líneas que nos imaginamos. Ese sueño, por ahora parece imposible de cumplir. 
 

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