Por Juan Manuel Ruíz    Tan pronto se pasa del amor al odio, de la paz a la guerra. Amistades que ayer eran para siempre, hoy se olvidan como si nunca hubieran cruzado sus caminos: alianzas solemnes, celebradas y aplaudidas, se convierten en peleas. Lealtades anunciadas y refrendadas: traiciones a la vuelta de la esquina. Proyectos que se pensaban sólidos y definitivos terminan en la basura en un santiamén. Lo mismo en las revoluciones que en la vida diaria, fácil se pasa de la idolatría a la condena. De la adoración a la hoguera: ¿por qué?   En psicoanálisis parece haber, si bien no una explicación al fenómeno, por lo menos sí una conceptualización del mismo. En un ensayo por fortuna reimpreso en nuestro país de las obras del gran Estanislao Zuleta, el maestro lo explica de manera magistral cuando afirma que es frecuente que los dioses de las religiones abolidas se conviertan, de la noche a la mañana, en los demonios de las nuevas religiones. A eso le denomina desidealización patológica.   Esa desidealización patológica no es otra cosa, recuerda Estanislao, que el proceso que consiste en invertir el objeto bueno en malo, en lugar de relativizar al primero, situarlo en el conjunto de sus circunstancias, temporalizarlo y pensarlo.   Y sentencia: “no son pocos ahora los «filósofos» -en verdad más nuevos que filósofos- que tenían hace poco a Marx por el profeta de una nueva humanidad y lo tienen ahora por responsable de los campos de concentración”.   Las sociedades y los hombres están en riesgo constante de sufrir esa desidealización, sobre todo cuando la idealización ha estado rodeada de expectativas desbordadas. De símbolos lustrosos. Cuando los corazones son atravesados por flechas de Cupido y entonces se habla de amor eterno, de amor de la vida, de fidelidad y todas esas cosas. Cuando los tambores resuenan como telones de marchas acompasadas, uniformes y masivas. Así irrumpen las ilusiones de la guerra: avanzando en escuadrones que traerán la victoria cuando suenen las trompetas. Pero, aún así, esa emotiva ceremonia es fugaz y no es eterna. Pienso, también, que simplemente, esa desidealización se da cuando los ciclos se cumplen, cuando no se ha podido evitar el natural desgaste de las cosas. Ocurre en el amor, o en la política, que tanto se parecen. Aquel héroe que llegó a salvar la patria, pronto será acusado de arruinarla.   Cuando se parte de varas demasiado altas, el riesgo de caer estruendosamente es mayor. Por eso, creo, a veces es mejor avanzar sin ponerles adjetivos y recursos literarios a las cosas de la vida, permitiéndoles que se muevan solas, a su ritmo. Como se dice ahora: sin demasiada presión.   Los seres humanos y las naciones, en cuanto seres vivos, tienen la capacidad de soportar esos procesos. Es cuestión de asimilarlos y aceptarlos. Ninguna guerra ha despoblado todavía la tierra. Ninguna decepción ha derrotado todavía al amor. Por fortuna.