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Ahora se avecina una lucha económica, comercial y política por la vacuna, ajena y por encima de su valor científico y humanitario.

El año 2020 pasará a la historia como el año de la humanidad en cuarentena por la pandemia del coronavirus. Una más de las que han azotado al planeta. Y quién sabe si el 2021 también. Por lo visto, de este tema nadie sabe casi nada: ni de su naturaleza, ni de su etiología, ni de sus consecuencias a todo nivel, ni de su cura.

Ya se habla de que Rusia tiene lista la vacuna contra la covid-19, de que la Universidad de Oxford está cerca de tenerla, de que China está a punto. Nosotros sí estamos lejos, tanto de crearla como de conseguirla.

Ahora se avecina una lucha económica, comercial y política por la vacuna, ajena y por encima de su valor científico y humanitario, que demuestra de qué estamos hechos los terrícolas y en qué mundo vivimos.

Como lo decía en un trino, pasamos “de la lucha contra la covid-19 a la lucha por la vacuna contra la covid-19: Oxford vs. Rusia vs. ... Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana (Albert Einstein)”.

 

Esta atmósfera enrarecida en que vivimos y respiramos, no solo por el coronavirus, parece una novela disruptiva de ficción futurista con elementos de tragedia griega, historia policiaca y una gran dosis de teatro del absurdo.

Ojalá al final de este trance planetario, si es que algún día lo superamos, estemos lejos de las consecuencias que dejaron otras pestes que asolaron a la humanidad, como la mal llamada gripe española en 1918 y la peste bubónica, peste negra o muerte negra en la Edad Media. Entre ambas dejaron cerca de 100 millones de muertos.

Para nosotros, en general, van cinco meses de plaga con su correspondiente cuarentena y no se sabe cuánto tiempo más nos reste de confinamiento. Nadie lo sabe. Lo cierto es que a muchos nos ha tocado celebrar el cumpleaños en cautiverio y a muchos más les tocará; tal vez a todos.

Mi reciente celebración de cumpleaños comenzó por todo lo alto, por todo lo alto en calorías, colesterol y nostálgica felicidad, con un desayuno santandereano compuesto por tamal, arepa de maíz amarillo pelado y chocolate. La nota la puse muy alta desde la mañana y el resto del día no podía ser inferior, así que almorcé una española paella pa’ella, pa’mí y pa’nadie más por aquello de la reclusión y el distanciamiento social, acompañada de una equilibrada y reconfortante sangría. Soy un indio guane que habla español y come hormigas culonas y queso manchego.

Hacía sed y sentía cierta melancolía callejera. Me contuve e hidraté mi cuerpo y sobre todo mi espíritu con una bebida espiritosa: un amarillito como dicen algunos amigos, amarillito como el Bucaramanga, pero escocés. Otros le llaman whisky y los más castizos dizque güisqui.

Y ahí se armó la de Troya porque fue cuando el coronavirus y la histeria colectiva por la detención domiciliaria -sí, la de Uribe y la de nosotros- me empezaron a importar un carajo. Leí algo de la prensa y algo de los libros que estoy leyendo. Jugué algo de ajedrez contra rivales imaginarios o virtuales. Y, sobre todo, dediqué buena parte del tiempo a contestar llamadas y a leer cariñosos y solidarios mensajes de felicitación por toda suerte de redes sociales, acompañado de cerca por el amarillo, no tan pálido como el color de mi piel en cautiverio.

Familiares y amigos desplegaron su ingenio y cariño para darme fraternales, estimulantes y amorosos mensajes de felicitación, que agradecí en lo profundo. Tú también me dijiste cosas lindas. Yo, en cambio -con el poeta Patxi Andión-, “no te he dicho grandes cosas porque… porque no me habrían salido. Ya sabes…, cosas de viejos…, requemor de no haber sido”.

No me pregunten porque no me acuerdo qué comí ni cómo terminó la jornada. Pero fue redonda. ¿O cuadrada? La cuadratura del círculo. Desde estos, mis cuarteles de invierno, ¡feliz cumpleaños, queridos, ilustres e ilusos confinados!
 

Fuente

Sistema Integrado Digital

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