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"¡Ah, buen anciano! ¡Qué bien demuestras el servicio fiel del mundo antiguo...!". Citando a Shakespeare, y consciente de que al polémico príncipe consorte no le habría gustado que un actor que lo representó en la serie “The Crown” diera una opinión sobre su vida, el artista británico Tobias Menzies le rindió tributo a Felipe de Mountbatten, el duque de Edimburgo.

Menzies, de 47 años, encarnó al duque de Edimburgo, quien falleció de 99 el 9 de abril pasado, en la tercera y cuarta temporadas de "The Crown", la popular serie de Netflix sobre la vida de la familia real británica. Hoy el Reino Unido está de luto y ninguno de sus súbditos se ha mantenido ajeno a este luctuoso acontecimiento.

El marido durante más de 70 años de la reina Isabel II, el príncipe Felipe, que el 10 de junio iba a cumplir 100 años, fue visto por última vez el 16 de marzo al salir del hospital King Edward VII de Londres, donde había sido ingresado un mes antes. De allí regresó al Castillo de Windsor, unos 50 kilómetros al oeste de Londres, donde él y la reina, de 94 años, estaban confinados desde el inicio de la pandemia, como nunca antes.

Su fallecimiento un par de semanas después de ser dado de alta ha asestado un duro golpe a la familia real británica en un momento convulso tras la crisis provocada por la explosiva entrevista del príncipe Enrique y su esposa Meghan a la estrella de la televisión estadounidense Oprah Winfrey. En ésta la pareja reveló que un miembro de la familia real había mostrado "preocupación" por el color de piel que tendrían sus hijos, dado que la madre de Meghan es negra. No obstante, Enrique aclaró después que no habían sido ni su abuela, la reina, ni su abuelo, Felipe, conocido por sus meteduras de pata y sus bromas de mal gusto, así como por su fuerte temperamento.

Felipe de Mountbatten, de ascendencia alemana y nacido con el título de príncipe de Grecia y Dinamarca en la isla de Corfú el 10 de junio de 1921 y luego convertido en el duque de Edimburgo tras su matrimonio con Isabel, ha sido el consorte más longevo en la historia de la monarquía británica y el rey de lo políticamente incorrecto. La lista de sus metidas de pata y salidas de tono, que dejaban estupefactos a sus interlocutores, es tan larga como sorprendente. Con la ayuda de algunas agencias de noticias, valga la pena recordar unas cuantas: 

Diametralmente opuesto a la conocida rectitud y discreción de la reina, quien una vez dijo de él que era su “roca, fuerza y sostén", el duque reveló sin despeinarse en 1967 que "me encantaría ir a Rusia, pero esos bastardos han asesinado a la mitad de mi familia".

Entre el reguero de perlas fabricadas por sus desatinos figura su recordada afirmación de que "las mujeres británicas no saben cocinar", recriminación que hizo durante un acto celebrado, irónicamente, en el Instituto de la Mujer de Escocia.

Además, generó estupor cuando en 1992 confesó "con toda franqueza" que hubiera preferido haber continuado "en la Marina", donde sirvió durante la II Guerra Mundial, antes que tener que interpretar un "papel" secundario dentro de la familia real británica.

Sus disparates tampoco tuvieron piedad con políticos y gobernantes de otros países y razas, como cuando dejó a todos atónitos al decirle al presidente de Nigeria que parecía que "estaba listo para irse a dormir", en referencia al atuendo tradicional que vestía el líder africano en un acto de 2003.  

Frente a los hiperbólicos elogios que le han dedicado en estos días personalidades, políticos, gobernantes, presidentes, monarcas de otras latitudes y jefes de Estado de todo el mundo, no han faltado los que dicen medio en broma y medio en serio que el duque de Edimburgo tenía un tornillo suelto. Recuerdan la difícil y dura infancia y adolescencia que tuvo que sufrir y que lo marcó para siempre: su vida ya se había visto sacudida cuando tenía apenas 18 meses y su tío, el rey Constantino I de Grecia, fue obligado a abdicar y su padre, el príncipe Andrés de Grecia, fue desterrado. Cuando era apenas un niño su madre, la princesa Alicia de Battenberg, que había sido tratada de sus problemas mentales por el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, fue internada en un hospital psiquiátrico, lo cual le dejó una honda huella.

Con sus padres y cuatro hermanas huyó de su patria a bordo de un barco militar británico. Pasó por diferentes colegios de varios países de Europa y posteriormente fue enviado a un estoico y austero internado en Escocia, que le templó el carácter, y a partir de 1939, al comienzo de la II Guerra Mundial, a la Escuela Naval de Dartmouth, en el sur de Inglaterra. En esa época conoció a Isabel, hija del rey Jorge VI, con quien se casó el 20 de noviembre de 1947 y con quien tuvo cuatro hijos: Carlos (heredero al trono), Ana, Andrés y Eduardo.

Al casarse con Isabel renunció a su carrera militar, apellidos, religión y nacionalidad, entre otras dignidades, y se sometió al estricto protocolo ligado a su función principal de ser la sombra de la reina. Una larga convivencia de más de siete décadas en la que el protocolo lo mantuvo siempre unos pasos por detrás de la soberana británica, lo que al parecer nunca pudo superar. Sin duda el amor también puso lo suyo como en el caso, aunque al revés, de la abdicación del rey Eduardo VIII, tío de Isabel.

Sobre esta circunstancia de su peculiar vida hice un sondeo informal con algunos amigos y colegas, a quienes les pregunté si ellos habrían renunciado a prácticamente todo en su vida -familia, apellidos propios y de sus hijos, nacionalidad, religión, pasado, títulos, carrera, casi que a la dignidad- a cambio de “gozar” de los privilegios de ser el esposo en la sombra de la reina Isabel II y de ser mantenido por la Corona británica (léase el Estado británico). Ante mi sorpresa, la gran mayoría de ellos respondió que sí, que también habrían renunciado a todo con tal de que los mantuvieran con ese excepcional estatus y nivel de vida. Tan atenidos los ilusos aspirantes a príncipes.  

Ni qué hablar de cuando les hice alusión a los escandalosos amoríos de Felipe, que causaron angustia e indignación en la prensa y la vida de los británicos y pusieron en jaque la estabilidad de la pareja real y la perdurabilidad de la institución de la Corona. Aproveché para recordarles que, de acuerdo con la serie “The Crown” y cuando la pareja vivía su peor crisis, la soberana le dio licencia para tener alguna esporádica aventura extramatrimonial siempre y cuando fuera consciente de que su matrimonio era indisoluble ante los ojos de Dios, de los hombres, de su religión, de la Corona y del Estado británico. Los amigos y colegas quedaron de comentarlo con sus novias y esposas. No se los recomendé.  

Hay mucho para hablar de una vida tan extensa e intensa, tan insólita y exuberante como la de Felipe de Mountbatten, duque de Edimburgo y príncipe consorte de la reina Isabel II. Podría ser, y lo será -ya lo ha sido-, objeto de muchas biografías, semblanzas, perfiles y libros. Sin embargo, acá no hay espacio para tanto. Como el actor británico Tobias Menzies, utilizaré a Shakespeare -siempre hay que volver a él- para cerrar este texto con una cita del epílogo de “El rey Lear”: “Hemos de obedecer al peso de este triste tiempo, y decir lo que sentimos y no lo que deberíamos decir. El más anciano es el que más ha soportado; nosotros, los jóvenes, jamás veremos tanto ni viviremos tanto tiempo”. 

Paz en la tumba de Felipe de Mountbatten, duque de Edimburgo y príncipe consorte de la reina Isabel II. Y mientras siga vigente la monarquía -no sabemos hasta cuándo-, a la que algunos consideran obsoleta, God save the Queen!
 

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