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La tecnología ha privado al rock de verdaderas estrellas musicales.

Fue en 1994 cuando compré por primera vez en mi vida un 'CD', año en el que mi familia -por primera- vez adquirió un equipo de sonido que contaba con reproductor para estos discos compactos. Anteriormente, la música a la que había tenido acceso siempre había sido a través de casetes re-grabados de discos compactos o de acetatos.

El impacto fue inmediato: por sonido, por estética pero, sobretodo, porque desde ahí comprendí a mis diez años de edad que la calidad de audio potenciaba al artista y abría otros horizontes para mis oídos.  

El primer CD que compré llevaba por título ‘Dónde jugarán los niños’, de la agrupación mexicana Maná, que en ese entonces era la más popular del rock en español. Género musical que, en aquel año en particular, era uno de los de mayor difusión en las emisoras radiales.

Con el tiempo alimenté mi curiosidad musical adquiriendo colecciones completas de discos compactos de grandes agrupaciones de rock y metal, como Metallica, Black Sabbath, Judas Priest,  Guns N’ Roses, Slayer, The Beatles, Kiss, muchos de los cuales ya había escuchado a través de casetes, pero que en este formato de 41.000 Hertz por 16 Bits se transformaban y cobraban la dimensión de obras artísticas para mi invaluables.

Atrás habían quedado los años de ir a la casa de algún amigo para que te dejara grabar el casete del disco que con mucho esfuerzo había adquirido importado desde los Estados Unidos, y que gracias a los librillos que iban dentro de los CD nacían para los fans las estrellas de rock: todos estos artistas que uno había visto en algunas ocasiones en videos, como Axl Rose (Guns N Roses), James Hetfield (Metallica), Genne Simmons (Kiss) y Rob Haldford (Judas Priest), ahora estaban en tus manos gracias a la posesión física del disco.

Así pasaron los años y aparecieron artefactos como el Discman que te proporcionaban la posibilidad de escuchar tus discos favoritos mientras ibas en el transporte público o mientras hacías alguna actividad en la calle. Durante mis años universitarios cargaba más discos que cuadernos en mi maleta.

No fue sino hasta mediados de la década del 2000 que empezaron a aparecer los formatos digitales de música. Para mí, en ese entonces, eran un ‘bicho raro’:  apareció el MP3 y otros formatos que aunque bajaban la calidad de audio te permitían tener más cantidad de artistas en tus dispositivos, sin estar trasteando tus discos por todo lado.

Desaparecieron las tiendas que vendían discos compactos y ahora todo se vendía a través de descargas digitales por Internet. También desaparecieron los mercaderes piratas de CD de audio y aparecieron quienes ahora comerciaban de forma ilegal con CD de MP3.

Con el tiempo también desaparecieron los equipos de sonido con bandeja para disco compacto, ya que los nuevos dispositivos ahora solo venían con un puerto USB; “desapareció” de una vez por todas la industria del disco compacto.

Hace unas semanas mi hijo de nueve años me pidió que le comprara el último trabajo de un artista de música pop, quien es de su gusto. Entusiasmado le dije a mi hijo que fuéramos a la tienda a comprarlo.

Sin embargo, este pequeñín me miró extrañamente como si no entendiera, como si se preguntara ¿para qué teníamos que salir de la casa para comprar el disco? Lo único que tenía que hacer era entrar a una tienda digital de música llamada Bandcamp y allí, con mi tarjeta de crédito, pagar para descargar a una USB el disco del artista.

Es necesario entender que la tecnología avanza y con ella el mundo y sus costumbres. Ni la música, ni el rock, ni todas las corrientes musicales son inmunes a esta transformación por más contestataria que sea una ideología.

No puedo evitar sentir algo de nostalgia al pensar que mi hijo jamás sabrá la relación entre un lápiz y un casete de cinta, no conocerá la dicha de abrir un disco mirar su librillo y aspirar el aroma a disco nuevo, no comprenderá la magnitud de ser el primero en el barrio en tener el último trabajo de X o Y artista. No, ahora todo está a un clic de distancia.

Ya lo dijo alguna vez en una entrevista con su propio hijo Genne Simmons, bajista de Kiss: "Las grandes estrellas de Rock murieron el día en el que murió la industria del disco y las tiendas musicales como tal".

Si bien se abrió más espacio para más artistas, hoy en día hay lo que se puede denominar como una sobrepoblación de excelentes, buenos, regulares y malos músicos, pero las nuevas generaciones tendrán que pescar ahora en un océano en vez de un estanque para diferenciar uno del otro.

Fuente

RCN Radio

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