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“Jesús dijo entonces a sus discípulos: ‘En verdad os digo que difícilmente un rico entrará en el reino de los cielos’. Y aún os digo más: ‘Es más fácil el pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de los cielos’". (Nuevo Testamento: Mateo 19, 23-24).

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“Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus”. (“En verdad os digo”: Juan José Arreola).

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En este comienzo del cuento corto “En verdad os digo”, una sátira paródica del texto bíblico sobre el atasco que sufren los ricos para entrar en el reino de los cielos, Arreola motiva a sus lectores a participar de su proyecto crítico y burlesco. El experimento Niklaus “propone un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que pase en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a la pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente el camello según su esquema primitivo”. De esta forma, los ricos podrán entrar más fácilmente al paraíso.

En verdad os digo que no debemos pasar por alto que este año se conmemora el centenario del natalicio del escritor mexicano Juan José Arreola. Tal vez no tan famoso ni tan célebre, pero sí muy celebrado y reconocido por la crítica latinoamericana. Nació en 1918 en Zapotlán el Grande (hoy Ciudad Guzmán), en el estado de Jalisco (México). Y hace más de tres lustros, en el 2001, murió a los 83 años a causa de una hidrocefalia.

La pobreza fue uno de los fantasmas que acompañó su vida. Hombre de paradojas, uno de sus mayores problemas en esta vida le aseguraba el pasaporte expedito para ingresar al reino de los cielos. Arreola era considerado uno de los mejores escritores de relatos cortos de México y Latinoamérica, por lo que recibió numerosos reconocimientos: entre otros, el Premio de Literatura de Jalisco (1953), el Premio Xavier Villaurrutia (1963), la Condecoración en grado oficial de las Artes y las Letras del Gobierno francés (1976), el Premio Nacional de Letras (1979), el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1992) y el Premio Internacional de Literatura Alfonso Reyes (1997).

A los doce años ya había leído a Baudelaire, a Walt Whitman y a los principales fundadores de su estilo: Papini y Marcel Schwob. En su juventud sufre una de sus más profundas crisis religiosas, que lo llevan a tomar una actitud crítica frente al fenómeno religioso, posición que más adelante se verá reflejada en algunos de sus textos literarios, como en el citado cuento “En verdad os digo”.

Su condición de andariego, de viajero impenitente, lo llevaría por una travesía vital entre Guadalajara, Zapotlán y Ciudad de México, con sendas estadías en París y La Habana. Su primer cuento importante, “Hizo el bien mientras vivió”, elogiado por la crítica mexicana, formaría parte de su primer libro, “Varia invención” (1949). Luego vendría “El silencio de Dios”, publicado en 1952 en “Confabulario”, su segundo y más reconocido libro, del que también hace parte “En verdad os digo”.

En situación de extrema pobreza, entre otros oficios, trabaja como vendedor ambulante de sandalias. No obstante, en 1959 entra en la universidad como profesor, hecho que considera trascendental en su existencia y califica como la aventura más importante de su vida. Sería otra de sus paradojas: era maestro universitario, aunque no había finalizado la primaria.

Rico en premios y reconocimientos, pero sin un peso en los bolsillos, muere el 3 de diciembre de 2001 a los 83 años de una vida dedicada al teatro, la cátedra, el periodismo y el ajedrez. Pero, por sobre todo, de una vida dedicada a amar la literatura: “Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor”.

La dimensión histórica de la narrativa de Arreola, expresada mediante el cuento breve, y la habilidad para mezclar los géneros literarios, atravesados por un discurso paródico-satírico, lo proyectan en el tiempo como un innovador de los cánones establecidos en su país para contar historias. En su obra se erige como un analista sensible de la condición humana, de carácter polémico, y un moralista crítico de las leyes visibles e invisibles que rigen el mundo de los hombres: de las leyes económicas, religiosas, científicas, culturales.

Como orfebre de la lengua, de estilo refinado, exploró lo sagrado de la existencia e intuyó lo mundano de lo metafísico. Una manera de decir que el mundo no es blanco y negro, sino que está lleno de matices; una forma de pintar la vida con toda su gama de colores, desde el gris de la angustia existencial hasta el rojo vivo de lo carnavalesco.

También de forma paradójica, Arreola desvela en el último párrafo de “En verdad os digo” el desenlace burlesco y satírico del experimento Niklaus:

“Pero la posibilidad de un fracaso es todavía más halagadora. Si Arpad Niklaus es un fabricante de quimeras y a su muerte le sigue toda una estirpe de impostores, su obra humanitaria no hará sino aumentar en grandeza, como una progresión geométrica, o como el tejido de pollo cultivado por Carrel. Nada impedirá que pase a la historia como el glorioso fundador de la desintegración universal de capitales. Y los ricos, empobrecidos en serie por las agotadoras inversiones, entrarán fácilmente al reino de los cielos por la puerta estrecha (el ojo de la aguja), aunque el camello no pase”.

En verdad os digo que vale la pena leerlo.

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