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Entrevistar delincuentes: he ahí la cuestión

Juan Manuel Ruiz

Por Juan Manuel Ruiz

La pregunta que rondó por estos días a los medios de comunicación giraba en torno de si los periodistas deberíamos entrevistar delincuentes, si eso aportaba algo a la opinión pública y si, en últimas, hacerlo tenía alguna justificación.

El tema fue puesto por enésima vez en la agenda de discusión a partir del anuncio de alias Popeye, uno de los hampones más tristemente célebres de este país, de querer lanzarse al congreso de la República con la disculpa de que si Timochenko lo hará por qué él no.

Hasta hace unos años entrevistar delincuentes era una hazaña periodística. Hoy es nuestra cotidianidad. Es más, muchas veces los periodistas entrevistamos delincuentes sin saber que lo son, como nos ocurría con los hermanos Iván y Samuel Moreno Rojas. Solo la fuerza de las denuncias y de las pruebas permitió desenmascararlos.

Un día cualquiera era hazaña entrevistar a Carlos Castaño o a Mancuso, y sus entrevistas eran garantía de sintonía o de televisores prendidos en los mejores horarios. O entrevistar guerrilleros que desde la clandestinidad explicaban que las pescas milagrosas no existían, que eran un invento, pues se trataba de cobrar un impuesto revolucionario para la causa popular.

Entrevistar a estos personajes se volvió paisaje, rutina. Es más, en las agendas periodísticas ocupa un lugar importante tramitar solicitudes de entrevistas a través del INPEC para lograr declaraciones de personas condenadas o procesadas. El argumento: ellos también tienen algo que decir para esclarecer la verdad.

Y una de las verdades es que en Colombia, como en pocos países, las dificultades de nuestra precaria democracia, de nuestro entorno violento y enrevesado, hicieron que quienes están o estuvieron al margen de la ley buscaran y lograran un espacio en los medios, en la política y en la opinión.

Aquí, en entrevistas, uno se entera de que el 'monstruo de Monserrate' mataba a sus víctimas porque le incumplían un pacto sexual, o que Héctor Zambrano dejaba en el baño las coimas que pagaba por el carrusel de corrupción en el que cayó la plata de los bogotanos.

Y todo porque en este país los delincuentes tienen más voz --y votos-- que en ningún otro de la región, porque así se ha forjado lo que supuestamente se denomina como búsqueda de la verdad.

Mi opinión es que a pesar del debate, no es malo o inmoral entrevistar a estos personajes y creo que a veces, en la confusión y engaño permanentes en los que vivimos, resulta hasta obligatorio hacerlo.

Lo que no es lícito ni ético ni moral es hacerlo sin contextualizar a la audiencia o receptor de qué clase de hampón estamos hablando, por congraciarnos con en el entrevistado que concede la 'exclusiva'.

Eso se traduce en que cada vez que Popeye sea noticia, por ejemplo, por su éxito como youtuber o como escritor o poeta, no olvidemos contar que sus manos están manchadas de sangre de inocentes masacrados.

En últimas: cada vez que un hampón de estos, cualquiera que sea su denominación u origen, pida pista en la opinión, nuestro primer deber, nuestra primera obligación, es acordarnos de las víctimas que ocasionó el personaje. Ese es nuestro más elemental mandato, si es que es cierto que algo queremos aportar cuando les damos vitrina y los entrevistamos.