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Devastación, pobreza, ruina absoluta. Nadie sale bien librado de la guerra. Ni el que la inicia ni el que la gana.

Un desquiciado llamado Adolfo Hitler, que aún suscita fascinación en mucha gente, decidió un día que Alemania necesitaba desarrollar su Lebensraum o “espacio vital” –el espacio suficiente para atender las necesidades de la gran nación aria- y para ello tomó la decisión de comenzar una guerra.

En consecuencia, determinó invadir Austria y Checoeslovaquia, luego Polonia, y de ahí para allá emprendió una desquiciada conquista que lo llevó por toda Europa hasta que Stalin, que había sido su “amigo”, le paró el mulo cerca de Stalingrado y lo dejó tendido en la lona.

Hitler, que  estaba próximo a cumplir cincuenta años cuando comenzó la guerra, esgrimió la disculpa del “espacio vital” secundado por millones de compatriotas, que lo legitimaron, aclamaron y vitorearon cada vez que regresaba a casa tras sus conquistas militares.

De eso se ha hablado mucho y se han publicado muchos libros para tratar de entender por qué lo hicieron. ¿Qué llevó a gran parte del pueblo alemán a apoyar semejante delirio? ¿Qué lleva a los pueblos a secundar a líderes violentos, cómo se crea esa conexión con ellos?

Muy cerca de allí, en Italia, a otro locato le dio por querer recuperar las tierras y naciones que en su momento hicieron parte, nada más y nada menos, del Imperio Romano.

Benito Mussolini, un personaje ridículo, de ademanes que hoy llamarían a risa, fue secundado por una parte de su pueblo, el mismo que después lo colgó patasarriba, cuando emprendió su sueño en tierras de África.

Japón se fue a la guerra porque quería consolidar el Imperio del Sol Naciente. El equivalente al Lebensraum fue la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental que quería formar un bloque de naciones asiáticas lideradas por Japón y libre de influencia europea. Los japoneses creían que su emperador era de origen divino y lo apoyaron cuando  emprendió la Guerra del Pacífico, hacia 1937.

En ese marco, invadió territorios de China y conquistó Filipinas, Malasia y Birmania, y en 1941 bombardeó Pearl Harbor, atentado que llevó a Estados Unidos a declarar la guerra y a entrar formalmente en la contienda.

Estas tres historias confluyeron en lo que historiadores llaman el Eje Roberto (Roma, Berlín, Tokio) y terminaron generando un bloque que a la postre fue derrotado por los aliados.

El fin de la Segunda Guerra Mundial dejó más de sesenta millones de muertos y mucha tierra arrasada. Como era de esperarse, como ha sido siempre, a nadie le fue bien –ni le va bien- en la guerra. Ninguno de los agresores alcanzó su tal espacio vital, y ninguno de los aliados fue suficientemente limpio como para salvar su conciencia.

En efecto, Londres, con Churchill a la cabeza, bombardeó Tokio y mató a mucha población civil; británicos y americanos hicieron lo propio en territorio alemán. El culmen de la agresión defensiva fue la caída de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki.

La crueldad de esa guerra –hay otros que se decantan por la Primera, que pudo haber sido peor por el uso indiscriminado de armas químicas—parecía dejar al mundo con un sinsabor bélico, suficiente para llevarlo a contenerse ante las veleidades napoleónicas de los gobernantes. Pero no fue así.

Después llegaron la Guerra de Corea, que también dejó muchos muertos, la guerra de Vietnam, las Guerras del Golfo y numerosas guerras civiles, cruentas, crueles y absurdas. Cada una ha tenido sus personajes y cada nación ha participado en ellas según su propia versión de la historia.

Sin embargo, a pesar de las justificaciones que se han esgrimido de todo tipo –morales, sociales, económicas, culturales— lo cierto es que una guerra solo deja sangre, sudor y lágrimas. Devastación, pobreza, ruina absoluta. Nadie sale bien librado de la guerra. Ni el que la inicia ni el que la gana.

Por eso, cada vez que suenan clarines de guerra –ahora hay unos cuantos apostándole dizque a una guerra con Venezuela— no sobra echarle un repaso a la historia para demostrar que nada bueno se deriva de ella. Solamente los egoístas y los desquiciados creen en ella, se justifican en ella y se solazan con su propuesta.

Ojalá se trate solamente de enunciados hipócritas para generar titulares de prensa, y creo de verdad que de eso se trata el asunto. Nadie serio ni responsable sería capaz de pensar en ese escenario para nuestro contexto: ¿Acaso a Colombia le falta una guerra?

Este país que ha sido espacio vital para la depravación y la crueldad ya ha vivido consecuencias parecidas. No nos inventemos otra, a no ser que sea para acabar con todo, con todos y cada uno de nosotros, y comenzar de nuevo. Entonces ya no estaríamos hablando de guerra sino de Holocausto.

Fuente

RCN Radio

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