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La palabra dulcifica pero, en todo caso, no acaba por subsanar los dolores que produce la muerte.

El escritor Juan Gustavo Cobo Borda hablaba en su poema “El espléndido adiós”, de esas separaciones y rupturas que acaso no son definitivas, de esos naufragios que llevan a los seres humanos a destinos inimaginados y lo hacía diciendo que “la palabra partida significa rota el alma”.

El “poeta feliz” de la “Generación sin nombre”, como se le conocía al recién desaparecido Cobo Borda, decía en este texto incluido en su libro “Los poetas mienten”, que el oráculo recuerda que “solo se entenderá a quien se aleja”.

Y ya sea con la Reina Isabel II, con el poeta Cobo Borda, con el periodista Héctor Manuel Ortiz, con los amigos que presentimos, con la gente que no conocemos, una muerte quiebra, duele siempre, rompe el alma.

Ante la muerte todo es vacío, como en algún momento lo fue la poesía para Cobo Borda, cuando escribió que era mejor dedicarse a “cosas mucho más útiles”.

Y es que muchas veces la poesía, como la muerte, “aumenta las dudas, revive antiguos conflictos e imprevistas ternuras”.

La muerte siempre ha sido afrontada con la fuerza poderosa de la palabra y se recuerdan “Las coplas a la muerte de su padre” escritas en 1476 por Jorge Manrique para conmemorar el fallecimiento de su padre don Rodrigo y publicadas en Sevilla en 1494.

Una frase poderosa de ese texto define el carácter de ese eterno ritual de despedidas para siempre, cuando dice que “nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar”.

Como hablando del carácter de los que se han ido y se siguen yendo a un destino inadvertido, Manrique dice que “allí los ricos caudales, allí los otros medianos y más chicos, y llegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos”.

Con ese tono cáustico que lo caracterizó, el desaparecido poeta Jaime Jaramillo hablaba con dureza en su “Aviso de los Moribundos” de ese paso fundamental hacia “ese reino misterioso y lento”.

Jaramillo se refiere a la devastación que produce la muerte, a la que define como “una nueva época en el subterráneo corazón del mundo, adonde seréis llevados solemnemente para escuchar las palpitaciones de la materia”.

En todos los tiempos, esto de la muerte se ha resumido en frases como la que se atribuye al poeta uruguayo Mario Benedetti, cuando asegura que “después de todo la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida".

Aquí habría que decir que, en el caso de la Reina Isabel II, hubo mucha vida y en el caso de nuestro colega Héctor Manuel, quien fuera director de noticias en RCN Radio Florencia y falleció recientemente de un infarto, no hubo suficiente, al hablar de la corta edad a la que murió.

Hablando de esos vericuetos que se refieren a la muerte, Álvaro Julián Moncada, un amigo y seguidor del programa Al Fin de semana, nos compartió un poema que se llama “A todos mis difuntos”  y que dice: “Cada tanto un corazón se detiene. En esa pausa cabe la brevedad de la vida, la mínima fracción de tiempo que no tuvimos para sobreponernos a la muerte”.

Y al final, como decía el poeta inglés David Harkins, “Puedes llorar porque se ha ido, o puedes sonreír porque ha vivido”.

Fuente

RCN Radio

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