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Esa extraña vanidad que se cuelga en la pared

Juan Manuel Ruíz / Foto RCN La Radio

Por: Juan Manuel Ruíz

Las musas eran originalmente las diosas de la memoria y el templo que frecuentaban fue llamado con el tiempo museo. Desde la antigüedad, los museos existen para preservar la memoria, la historia, la cultura de los pueblos. Atenas llenó sus calles y plazas de piezas de arte con las que los griegos se vanagloriaban de sus triunfos y embellecían sus lugares. Luego los romanos continuaron esa práctica.

Hoy en día no hay casi ninguna ciudad pequeña o intermedia en el mundo que no tenga su propio museo, ese recinto de lo más apetecido por los turistas para conocer nuevos usos y costumbres, y por los gestores culturales para mantener vivo el paso de los años por una determinada región.

Las imágenes de hordas eternas de turistas haciendo largas filas para entrar al museo del Prado o al Louvre o al Hermitage son pan de cada día, pues allí, en esos recintos, pueden encontrarse las más bellas piezas del arte universal, es decir, allí, en esos magníficos lugares, es posible obtener uno de los placeres espirituales más grandes que le son otorgados al ser humano: la contemplación estética, el placer de observar o de admirar lo bello, y ya sabemos que lo bello es todo lo que agrada al alma.

Pues bien: es normal que los hombres que quieren preservar la cultura de sus pueblos creen, promuevan y conserven los museos. Lo que me extraña es que cada día es más frecuente encontrarse en casas y apartamentos, sin importar el tamaño, una habitación destinada a la vanidad, una suerte de museo privado con el que se quiere honrar el paso –tan efímero, tan fugaz—por este valle de lágrimas.

Se volvió común, entonces, que la vivienda, la casa o el apartamento, sea a la vez el lugar del culto privado, es decir, el recinto propio de la egolatría. Diplomas grandes o pequeños, de marco dorado o negro, de logros grandes como un grado de bachiller o  menores como un concurso de declamación, de cursos, especializaciones, premios, condecoraciones, resoluciones, cartas de alguien relativamente famoso, hacen parte de ese museo de la propia vanidad. Allí se suman medallas o placas, y otras cosas por el estilo. Hay de todas las clases y pelambres, regados en la sala, en las habitaciones, en el patio, incluso en la cocina.

Y no está mal que eso sea así, porque cada quien es libre de hacer en su casa lo que le dé la gana. Lo curioso es que muchas personas hayan reducido los logros de su vida, los grandes acontecimientos que poblaron su existencia, a esa extraña vanidad que se cuelga en la pared.

Todos, sin excepción, tenemos un grado de vanidad, mayor o menor dependiendo de la crianza y de natura. Comenzando porque escribir es también una forma de exhibirse, otra expresión de vanidad, sin duda.
El asunto está en que histórica y psicológicamente se ha demostrado que la vanidad es perjudicial para la salud. El vanidoso se engaña a sí mismo, todos los días. Vive en su mundo de ilusión, porque piensa que eso que está ahí, que resalta sus nombres y apellidos, es lo que él es. Sus éxitos de papel son el alimento de su vanidad.

Y no es así. El hombre es más que eso. Somos más que esos cartones o diplomas. El hombre es universal y es inmenso, es creador y es esencial para la buena marcha de las cosas –con sus actos, con su ejemplo, con su bondad—más allá de lo que pueda colgar en la pared.

Somos más que esos diplomas de colección o esas fotografías de conmemoración. Hay vanidosos, como los dictadores, que están convencidos de que una nación entera no podría vivir sin ellos, y por eso les gusta contemplarse a sí mismos en estatuas, monumentos y fotografías.

Hay vanidosos, como quienes poseen el don de la belleza, que creen que el mundo los necesita para moverse correctamente alrededor del sol. Pero en el fondo de su alma inquieta presienten que nada es así, que al final todo acaba, como se acaban la belleza y el amor.
En fin. Creo que liberarse de esa carga que representan los logros certificados en papel es bueno para el alma y alimenta la búsqueda de lo que realmente somos. Además, me inquieta la certeza de corroborar con el paso de los días algo que no es ningún descubrimiento: ningún vanidoso es feliz.