Desde la asamblea de la SIP se les pidió a los gobiernos transparencia en la información de lo ocurrido en la frontera colombo ecuatoriana.

Escribo esta reflexión desde Medellín, en donde colegas de distintos países nos reunimos convocados por la SIP. Un encuentro que debería tener algo de festivo, como suele suceder cuando nos reunimos los periodistas a hablar del oficio, tiene un manto de luto y de dolor que se siente en el ambiente. El asesinato en cautiverio de Javier, Paúl y Efraín, miembros de un equipo al servicio del diario El Comercio de Ecuador, nos recuerda una vez más que el camino de la libertad de prensa está sembrado de cadáveres y sacrificio.

Nos sorprendió la muerte otra vez, como tantas, con su carga de dolor, de rabia, de sinrazón.

Lo sabemos en Colombia en donde han muerto tantos periodistas, muchos de ellos anónimos, enterrados en silencio, porque sus muertes no desataron la indignación colectiva. Hoy a los colegas ecuatorianos los despedimos en medio de la solidaridad del mundo, como debe ser por quienes ellos eran y por lo que representan.

El crimen es atroz porque la vida humana no puede valer tan poco que alguien sea capaz de matar a otro en total indefensión, en cautiverio y con una cadena atada al cuello. Es condenable todo asesinato y más si hay tal nivel de sevicia pero en este caso es también un atentado muy grave a la libertad de prensa que se debe condenar por el daño que nos hace a todos.

Cuando los periodistas hablamos de la necesidad de que la sociedad cierre filas para defender la libertad de prensa, estamos hablando del derecho que tienen los ciudadanos a estar bien informados. Los periodistas tenemos el privilegio de ir a donde otros no van, somos los ojos y los oídos de una sociedad que necesita saber aunque a veces pareciera que prefiere no ver ni escuchar. En esa tarea estaban los que hoy lloramos ¿Qué estaban viendo? ¿Qué descubrieron? ¿Qué fibras tocaron estos periodistas que les costó la vida? Nos corresponde a los que quedamos seguir su historia y contarla.

Es claro que quienes los secuestraron y asesinaron son los responsables y esperemos que caigan para que sean castigados como debe ser por estos y por los demás crímenes que han cometido. Pero deberán responder también los gobiernos de Colombia y Ecuador que deben explicaciones sobre el manejo de una crisis que se les salió de las manos.
Importante destacar la prudencia y el respeto que se tuvo en el manejo de esta dolorosa noticia por parte de los colegas del canal RCN que entendieron, acertadamente, que por encima de la chiva debe estar siempre la dignidad humana y la responsabilidad a la hora de informar. La Flip también estuvo a la altura de la situación, ejerciendo el papel que le
corresponde como entidad defensora de la libertad de prensa, ayudando, pensando en las familias, contribuyendo a que la información, tan necesaria y vital, fluyera sin agredir ni desinformar.

En los corredores del hotel Intercontinental de Medellín, donde sesiona la reunión de la SIP, se escuchan palabras con acentos diversos y mientras se habla de la era digital, de noticias falsas, de acceso a la información, aparecen en las conversaciones los hechos de la frontera que hacen bajar la voz y ponen un manto de amargura en los rostros. Mientras pienso en el daño irreparable para esas familias por las vidas que perdieron, siento que Javier, Paúl y Efraín nos obligan a ser mejores, a ser más. Si ellos y tantos dieron la vida, no podemos defraudar, no podemos rendirnos. El periodismo debe seguir. El mejor homenaje que se puede hacer a estos y a tantos colegas que han muerto por su trabajo, es  comprometernos a hacer un periodismo serio, responsable. La tarea es no callar, la tarea es denunciar, destapar, buscar, publicar, gritar cuando sea necesario.

Y como si fuera poco, se anuncia el bombardeo de Trump a Siria. A combatir fuego con fuego en ese círculo vicioso de horror que desatan las guerras que no acaban, como la nuestra que sigue generando muerte. Mientras se mantenga la insensatez humana los periodistas seguiremos relatando guerras, contando cadáveres y poniendo muertos. Pero es nuestra tarea también contar lo que pasa más allá, entender, ver el mundo que existe y palpita a pesar de sus dirigentes que juegan a la guerra. Porque estamos de luto, hacer periodismo es el camino.

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