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Poder volar en un dron o trabajar en un vehículo autónomo será una realidad pronto. Pero en Colombia estamos quedados, atorados y atascados.

Los taxis aéreos, capaces de atravesar la ciudad en un santiamén, están a la vuelta de la esquina. Con tecnología 5G, livianos y sencillos, son una respuesta perfecta para las ciudades congestionadas y una opción adicional para moverse de un lado a otro sin contaminar. El prototipo, parecido a un dron gigante y con capacidad para dos personas sentadas una detrás de la otra, fue presentado en el alucinante World Mobile Congress de Barcelona.

En el mismo congreso fue presentado el carro eléctrico de la marca Seat, pequeño, cómodo y de diseño ultramoderno, con capacidad igual para dos personas. Funciona con baterías intercambiables y autonomía de cien kilómetros. Promete estar en el mercado muy pronto a un buen precio. También funciona con tecnología 5G, que le permite estar conectado con el entorno.

Un carro conectado con tecnología 5G es básicamente un vehículo que les da al conductor y pasajeros comodidad y seguridad. A bordo del mismo se puede descargar un video en HD o una película, sin que la señal se salte y con calidad máxima. Al conductor le avisa cuando, al tomar una curva, por ejemplo, se le atraviesa un peatón o un ciclista, o cuando intempestivamente se encuentra con un vehículo varado en la vía. Tuve la oportunidad de viajar a bordo de uno de ellos en Barcelona y la experiencia resultó interesante.

Estos tres vehículos que he mencionado funcionan con tecnología de punta, la máxima del momento y ese es su principal y gigantesco problema. Si una ciudad no está conectada con sus semáforos, edificios, cámaras, simplemente esos vehículos no sirven para nada, no prestan su función. Los países que tienen el privilegio de contar con la tecnología avanzada para ponerlos en marcha irán a la vanguardia y sin duda tomarán ventaja.

Son los mismos países que podrán poner en marcha los vehículos autónomos –ojo: un carro conectado no es necesariamente un carro autónomo, porque este último no necesita conductor— que es uno de los grandes anhelos de estos tiempos de la llamada cuarta revolución industrial. Algún día cercano en esos países, esos vehículos autónomos, sin conductor, serán más una sala de estar o de trabajo que cualquier otra cosa, lo que le permitirá al pasajero seguir trabajando o descansar mientras se desplaza de un lugar a otro.

Uno de los hechos más comentados de ese congreso de móviles fue la tecnología usada para ingresar al colosal recinto ferial de Barcelona. Es tan sencillo que uno no deja de preguntarse por qué no se tenía antes, por qué se había demorado tanto en llegar. Funciona así: el visitante hace un registro electrónico en un cubículo. Allí le preguntan si autoriza que le tomen una fotografía de su cara. Tras la respuesta positiva, posa y le toman la foto. Después firma un documento. Unos segundos después le pegan un sticker en la acreditación que se cuelga del cuello.

Este elemental procedimiento lo que traduce en la práctica es que, de ahora en adelante, cuando usted va a ingresar al recinto lo hace por una fila en la que lo esperan varias cámaras, una de ellas de mayor tamaño, que le hará el reconocimiento facial. Una vez que la cámara lo reconoce, tras uno o dos segundos, en la parte inferior de la cámara aparecerá su nombre y usted queda autorizado para ingresar de inmediato. Sin inmutarse, sin darse cuenta de cuánto gastó en el proceso. Esa es la tecnología que ya se está poniendo en marcha en grandes eventos masivos, como conciertos o partidos de fútbol.

Finalmente, para no extendernos, el avance más impresionante de todos fue el chip que a uno de los visitantes le instalaron bajo la piel, en vivo y en directo. Al principio, parecía como si le fueran a sacar sangre. Pero le estaban instalando el artefacto nanotecnológico. ¿La razón o el sentido de la operación? De ahora en adelante, esa persona podrá pagar las cuentas, ingresar al metro, abrir la puerta de su apartamento, solamente con pasar el dorso de la mano por los lectores de barras. Adiós a las tarjetas, al dinero en efectivo, a las llaves.

Todo esto suena maravilloso. Parece del futuro pero no lo es. Está a la mano. Solamente con una paradoja que se esgrime como una especie de humillación aplastante: la realidad, la nueva realidad de las cosas interconectadas y sus beneficios solo será posible –en mi concepto— en esos países que decidieron dar el salto tecnológico y no se quedaron discutiendo sobre si había que darlo.

¡Qué absurdo y ridículo resulta ver que aquí todavía estamos discutiendo alrededor del Metro para una ciudad de este tamaño! Qué pequeñez y qué mezquindad. Eso nos atrasó décadas y décadas y, la verdad, cada día que pasa estamos lejos, lejos, lejos, muy lejos de esos países en donde las cosas se hicieron y funcionan. Estamos quedados. Atorados. Atascados. Y lo peor es que podremos tardar siglos, óigase bien, siglos para llegar a donde esos países han llegado en 2019.

Si aquí no funcionan los semáforos, si ni siquiera tenemos metro y quién sabe cuándo lo veremos, si es que lo veremos, si todavía pensamos que la solución para erradicar a los delincuentes drogadictos de los estadios es darles un carnet, ¡estamos jodidos! ¡Estamos llevados! Condenados, como diría premonitoriamente García Márquez, a cien años de soledad sin tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

Fuente

RCN Radio

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