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En casi todas las plazas del mundo hay  testimonio de esa profana costumbre de la naturaleza del hombre de rendir homenaje a la vanidad y hasta la estupidez.

Desde los tiempos más remotos se ha establecido una dinámica de la estatuaria para perpetuar la memoria de criminales, pretendidos héroes, dictadores, conquistadores, esclavistas, políticos, personajes mitológicos, pocos intelectuales y poetas y muy escasos ciclistas y deportistas, por ejemplo. Parece que en todas las culturas se ha establecido ese afán excesivo de ser admirado y perpetuado en la memoria, en una gran mayoría de los casos, sin méritos.

Desde la Venus de Nilo y el atlético Discóbolo de la antigua cultura griega, la Piedad de Miguel Ángel o la estatua de La Libertad, se ha establecido una tradición que establece poderosos discursos de poder.

En estos tiempos de revisionismo histórico que cuestiona a quiénes se debe reconocer genuinamente, o por decirlo de manera coloquial, quiénes se han ganado realmente un lugar en la historia, resulta curioso comprobar que en algún lugar del mundo se ha erigido una estatua para recordar a un hombre de la calle, lejos de la figura del poderoso y privilegiado.

Se llamaba Pablo Antonio Jiménez Espinosa,  más conocido como “El Poira” y quien deambuló por las calles de Florencia buena parte de sus 90 mal  vividos años.

“Pablito” simplemente o “Poira”, porque muchos lo relacionaban con el mito huilense del mismo nombre que se decía robaba en ríos y quebradas a niñas bonitas y jóvenes, que casi siempre eran devueltos. También los pescadores solían echarle la culpa a este personaje mitológico cuando las faenas de pesca eran escasas.

Es posible que al hombre de la calle le atribuyeran algunas características parecidas al del mito, descrito como “un ser de forma humana, tez quemada por el sol, cabellos largos, ojos penetrantes y picaresco actuar”.

Todos lo recuerdan como una figura singular de la historia local, construida en su mayoría por colonos provenientes de distintas regiones del país, especialmente del Huila, Tolima, Chocó, Cauca, Valle del Cauca, Putumayo y del departamento de Antioquia.

Él mismo hizo parte de esa historia de colonización de la “Puerta de oro de la Amazonia”, pues se cuenta que sus padres lo trajeron a los siete  años desde el municipio de Calarcá en el Quindío hasta San Vicente del Caguán.

Esos primeros momentos de la vida de “El Poira” fueron los únicos que prodigaron algo de felicidad, porque luego todo calle en su mayoría, sobrevivencia, dolor, andenes, poca comida y el rigor de un clima caracterizado por las lluvias.

Todos lo recuerdan en las calles de Florencia,  sobre todo quienes corrían espantados con su presencia y sus groserías, los niños que eran amenazados con su presencia si no se comían el almuerzo y los que tienen en su memoria su ojo blanquecino, que le daba un hálito de misterio.

A muchos les hace pensar inevitablemente en la historia del  “Corazón delator” de Édgar Alan Poe, en la que el protagonista  es finalmente asesinado,  quien tenía un ojo “que se asemejaba al de un buitre y tenía el color azul pálido. Cada vez que ese ojo fijaba en mí esa mirada, se me helaba la sangre en las venas”, relata Poe.

Dicen que antes de convertirse en un habitante de la calle trabajó en una empresa fluvial de transportes, que prestó su servicio militar durante el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla, que vendía leña y bestias y que tuvo novia y tres hijos. “Aunque muchos lo reconocían, una paradoja particularizaba su existencia: el olvido era igual de grande a su popularidad”, señala el profesor de la Universidad  de la Amazonia, Diego Mauricio Barrera en un artículo sobre su personalidad.

Hay algo vigoroso y hermoso en la existencia de este “personaje ajeno a este mundo”, como dice el profesor Barrera, y es que estableció siempre un diálogo imaginario con las autoridades regionales y hasta nacionales, a las que solía escribirles cartas que nadie sabe si mandó alguna vez o alguien leyó.

“El Poira” es  la perfecta analogía del pueblo que reclama de manera airada, como ahora, y un Estado indolente que no escucha y menos responde. Caminante  infatigable y apoyado en su bastón iba siempre gritando contra “las ratas del gobierno”,  a quienes amenazaba con fusilar o con “quemar en la palia mocha”.

Con voz marcial iba echando discursos para  reclamar por todos y en un ejercicio de autoridad que nunca nadie ejecutó, iba dictando decretos con medidas excepcionales que terminaban con un “ejecútese y cúmplase”.

Con todas las privaciones, fue un hombre auténticamente libre que se quedó en la memoria de los florencianos, hasta el punto que desde el 2019 tiene su propia escultura elaborada por el artista Aníbal Castillo Núñez.

“En homenaje a un hombre libre de corazón noble, que en cada decreto suyo ordenaba comida y menajes para los más pobres, para que viva siempre en la memoria colectiva y las generaciones venideras también conozcan  que aquí vivió un hombre sinónimo de libertad, aquí vivió Pablo Antonio Jiménez Espinosa, El  Poira”, dice la placa de la estatua ubicada en el sector conocido como la zona rosa de Florencia.

En la estatua aparece con su costal en el que “guardaba sus tesoros” recogidos en las calles de la capital caqueteña, sus viejos esferos y sus arrugados papeles para pedir a sus interlocutores que le escribieran cartas con solicitudes de todo tipo.

“El Poira” fue exaltado en 2017 por el entonces alcalde de la capital caqueteña, Andrés Mauricio Perdomo Lara, como “ciudadano ilustre de las calles de Florencia”, en una decisión que recuerda las historias contadas de otros personajes ilustres de la vieja Santa Fe de Bogotá como “El bobo del tranvía” y “La loca Margarita”.

En ese departamento en que el que hay estatuas para recordar a Juan Manuel Santos y su Nobel de Paz, las empanadas de Morelia, el ave que le da el nombre al municipio de El Paujil, los colonos y las figuras míticas como La Diosa del Chairá, conmueve que haya una para recordar a un hombre de la calle que  durante décadas soñó con mejores condiciones para  todos y que exigía a través de sus escritos, inmortalizados en este reconocimiento y en la memoria de quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo.

Por ahora nadie ha dicho que la quiere tumbar o que el reconocimiento para “El Poira” es injusto.

Fuente

RCN Radio

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