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La consulta anticorrupción es oportunidad para mandar un mensaje que ayude a rescatar los valores éticos.

El domingo votaré sí en la consulta anticorrupción. No porque crea que se necesitan más normas sino porque creo que se necesita un pronunciamiento fuerte de los ciudadanos frente a los corruptos, porque creo en el poder del individuo en las transformaciones de fondo.

Escribí hace unos días en Twitter que proponía una campaña para poner la ética de moda porque creo que no bastan las normas para componer los problemas que tenemos como sociedad, hay que pensar en una transformación del comportamiento individual. Me sorprendió la cantidad de respuestas que recibí. De todo tipo, desde insultos hasta sabias reflexiones sobre el tema, sugerencias, llamados a la revisión personal y sobretodo muchos mensajes en los cuales se pedía a los demás revisar su comportamiento. Hablaban de los políticos, de los periodistas, de los líderes, pero poco comentario sobre lo que cada uno puede hacer desde su rincón. 

Noté entonces que cuando hablamos de ética tendemos a creer que es un problema de los demás pero pasamos por alto esos pequeñas o grandes licencias tan frecuentes para estirar los principios en todos los escenarios: evadir impuestos, facturar por debajo, pagar soborno al policía de tránsito, vender inmuebles sin reportar el precio real, mover palanca para lograr favores o hacer favores para buscar otros beneficios, intentar evitar los procedimientos desde una cola hasta una licitación, engañar con las cantidades o calidad de lo que se vende, en fin... 

Si bien, no es lo mismo un comportamiento de estos a llegar a arrasar con los recursos de la comida de los niños como han hecho muchos criminales, lo cierto es que hay una cultura de la trampa tan arraigada que ni siquiera notamos que existe. Se habla de ingenio, viveza o sabiduría popular cuando en realidad estamos frente a fallas éticas que no pocas veces cruzan la raya de lo penal. 

Lo peor es que muchas de las normas que se han hecho para frenar la corrupción terminan generando tal nivel de tramitomanía, que resultan un nuevo obstáculo para los decentes. El tramposo sabe cómo evadir requisitos, cómo maquillar balances, untar la mano del que corresponde y se sale con la suya, mientras que el papeleo diseñado para controlar el fraude se convierte en una pesadilla imposible de sortear para quien pretende hacer las cosas bien. 

Por eso no creo que la solución para nuestros problemas esté exclusivamente en las leyes para castigar comportamientos. Es imposible crear una ley y un castigo para cada práctica que viola la ley o las reglas de convivencia. Necesitamos tener herramientas legales y garantizar castigos pero es hora de hablar también de la cultura ciudadana porque de nada sirve penalizar o tipificar nuevos delitos si en la práctica prima la frase “hecha la ley, hecha la trampa”. 

Por eso, más allá de lo que plantean las preguntas en sí mismas, la consulta anticorrupción es una oportunidad única para mandar un mensaje de la sociedad en el sentido correcto: no todo vale. Hay que castigar a los corruptos, no solo con el código penal o las normas administrativas, hay que sancionarlos también socialmente, debemos llegar al escenario de que nos dé vergüenza pasar la raya, torcer las normas, sacar ventaja. Que lo bien visto sea el respeto y el cumplimiento de la ley. En últimas que la ética se ponga de moda otra vez. Por eso se necesitan muchos votos para decir no a los corruptos. 

Por los niños de La Guajira, víctimas de los que se robaron la plata de los alimentos, por las obras inconclusas que hacen falta en su ciudad, por los edificios que se caen, por los congresistas que votaron la consulta y ahora le dan la espalda, porque debe haber otro camino, otra manera, porque no todo está perdido, el domingo hay que votar. A pesar de todo, sigo tercamente apostándole a la decencia. Si somos muchos, esto puede cambiar. Cada voto cuenta.

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