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Rafael Nadal y Roger Federer
AFP

“¡Qué partidazo! A mi amigo y gran rival, Rafael Nadal: Felicitaciones, de corazón, por ser el primero en ganar 21 títulos de Grand Slam. Hace unos meses bromeábamos con que ambos estábamos en muletas. Asombroso. Nunca subestimen a un gran campeón. Estoy orgulloso de compartir contigo esta era”. 

Hasta acá podría llegar mi columna. Qué más decir ante tanta grandeza dentro y fuera de la cancha. Pero la cosa no termina acá:

“Tu increíble ética de trabajo, dedicación y espíritu de lucha son una inspiración para mí y para innumerables personas de todo el mundo".

Nos ha inspirado a todos. Nos ha servido de ejemplo de fortaleza mental y física, de capacidad de superación y de resiliencia, cual Ave Fénix que renace de sus cenizas.

"Estoy orgulloso de compartir esta época contigo y me siento honrado de haber desempeñado un papel que te impulsa a conseguir más, como tú has hecho por mí durante los últimos 18 años. ¡Estoy seguro de que tienes más logros por delante, pero por ahora disfruta de este!".

Y nosotros estamos felices de que la vida nos haya dado la oportunidad de regocijarnos con esta era dorada del tenis. Juan Belmonte decía que se torea como se es. Analógicamente puedo decir que se juega como se es. Y Roger Federer nos lo demuestra con este sincero y generoso mensaje de felicitación y admiración dirigido a su gran rival y amigo Rafael Nadal tras el épico triunfo de éste en el Abierto de Australia. Qué ejemplo conmovedor para el mundo. Ojalá lo sepamos asimilar. Nuestros contendores, nuestros contradictores no tienen por qué ser nuestros enemigos. Al contrario, algunos de ellos pueden ser nuestros mejores amigos.   

Sin falsa modestia puedo afirmar que de tenis sé algo porque pasé algunos de los mejores momentos de mi niñez y adolescencia impregnado hasta los tuétanos de polvo de ladrillo, convertido en un robot anaranjado que le pegaba incansablemente a una pelota con una raqueta de madera. Bien fuera practicando con entrenadores, jugando con amigos, disputando torneos con rivales locales, nacionales o internacionales o luchando con contendores imaginarios en el paredón (muro), ese que no deja de devolverle a uno nunca la pelota. Algo parecido a la película “Tiempos modernos”, del genial Chaplin, cuyo alter ego Charlot continúa poniendo compulsiva y obsesivamente tornillos aún después de terminada la jornada de trabajo. Al fin y al cabo el tenis es fácil: sólo hay que pasar la bola una vez más que el rival, como decía uno de los personajes del ingenioso Woody Allen en el filme “Match point”. El fútbol también es sencillo; no entiendo por qué tantos aspavientos: sólo hay que marcar un gol más que el adversario.

Objetiva y matemáticamente, Rafa Nadal es el tenista que más torneos de Grand Slam –Abierto de Australia, Roland Garros, Wimbledon y Abierto de Estados Unidos- ha ganado en la historia: 21 en total contra 20 de Federer y de Novak Djokovic. Eso nadie se lo puede quitar y tiene un mérito histórico y deportivo inconmensurable. Su consistencia, potencia, estado físico-atlético, fuerza mental, espíritu de lucha, capacidad de recuperación y muchas cualidades más son envidiables. Además, un caballero en la cancha y fuera de ella, con todo ese ímpetu y fuego interior que descarga a borbotones de manera tan genuina y personal. Sin embargo, para mí, el más grande tenista que ha dado la historia del llamado nostálgicamente y un tanto en desuso “deporte blanco” es su legendaria majestad Roger Federer. No sólo de números vive el hombre. También hay que evaluar el talento, la estética del juego, el estilo, la inteligencia, la perfección, la naturalidad, la soltura para jugar sin siquiera despeinarse, el anticipo y ese intuir siempre lo que va a hacer el que está al otro lado de la red, entre muchas otras facultades. Uno lo ve jugar y de verdad piensa que el tenis es fácil: la difícil facilidad de la que han hablado algunos en otros ámbitos del arte, la cultura y el deporte.  

En cambio Djokovic, después del irresponsable y patético papelón que protagonizó en Australia, con toda su ligereza e irresponsabilidad a cuestas, no es ni lo uno ni lo otro. Y también pese a la depurada técnica que exhibe, la agresividad de su juego, sus cambios de ritmo, su gran capacidad de vencer rivales en circunstancias adversas y al formidable número de partidos, títulos y torneos de Grand Slam que ha ganado. Está un peldaño abajo de Roger y Rafa en el campo de juego y varios más en cuanto a la condición humana. Tendrá que vacunarse contra el covid-19 para seguir compitiendo en el circuito del tenis mundial y de la historia, pero tal vez su soberbia, terquedad y extremismo no se lo permitan. Además, deberá concientizarse de que como deportista de élite sirve de ejemplo a niños, y jóvenes, y a la humanidad entera que ha visto y padecido cómo han muerto más de cinco millones de personas en el mundo por culpa del coronavirus, muchas de las cuales eran admiradoras del serbio y muchas de las cuales murieron por no vacunarse. Un tremendo deportista que deja mucho que desear como ser humano.

Por fortuna, a estas alturas del partido pocos se acuerdan de la pataleta de Djokovic y de su legión de aduladores. Ahora todos hablamos del hito que representa este récord de Rafa, de su triunfo épico en Melbourne ante el ruso Daniil Medvedev, de las comparaciones con Roger, de lo que nos deparará el futuro inmediato del tenis mundial. Se vale soñar, y Nadal nos ha demostrado que con lucha, esfuerzo y disciplina la realidad puede superar incluso a los sueños. Como el mismo lo expresó: “Mi carrera es infinitamente superior a lo que yo hubiera podido soñar jamás”. García Márquez decía que la realidad superaba a la ficción. Por eso vale soñar con la recuperación de las lesiones de rodilla del genio suizo, que lo han sacado del circuito en los dos últimos años; con otra final entre el mallorquín, de 35 años, y el de Basilea, de 40. No queda mucho tiempo. No para medir cuál de los dos es el mejor de la historia, sino para deleitarnos al menos una vez más con la altísima calidad de su tenis, con la disparidad de sus extraordinarios estilos de juego y con su caballerosidad y don de gentes. No importa quién gane: las cartas de la historia del “deporte blanco” ya están jugadas. Lo importante es que todos los que hemos sido testigos de su transcurrir resultamos ganadores, como casi nunca sucede ni en el tenis, ni en el deporte en general, ni en la vida.  
 

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