Fernando Posada

Por: Fernando Posada   Durante muchos años, una de las principales amenazas para las democracias del mundo fue la falta de participación de significativos sectores de la ciudadanía, despolitizados y desencantados por su falta de identidad con los candidatos. Pero ahora, el terror de los países con tradición electoral, a partir del surgimiento de Donald Trump como opción real de poder, es todo lo opuesto: el qué hacer cuando una ciudadanía desinteresada por la política empieza a sentirse representada por un líder radical. Cada vez es más evidente que una población que por muchos años no ha tenido voz y ha despreciado la política, ha encontrado en Trump el vocero para manifestar sus posturas más fanáticas, herencia directa de esa trayectoria guerrerista por la que tantas generaciones norteamericanas han tenido que pasar. Desde finales de los ochenta, Trump se ha manifestado públicamente interesado en lanzarse a la Presidencia de Estados Unidos, pero solo hasta ahora sus desfachateces han venido a cobrar relevancia, muchos años después de que las adoptara como su estilo personal. El contexto de pánico global frente al terrorismo extremista islámico ha contribuido a que sus posturas antiinmigrantes cobren vigencia. De esa manera, quienes antes se excluían a sí mismos del sistema electoral, por considerarlo poco representativo de sus posiciones radicales, ahora se ven identificados por un hombre con un discurso de mano dura, que sin duda atrae a quienes creen que el verdadero problema de su país son quienes llegan a él en busca de mejores oportunidades. En una nación cuyo proyecto ha sido en parte frustrado por tantas guerras, es apenas de esperar que sean muchos quienes solo conocen la perspectiva del odio y que desprecien a quien piense diferente. Si algo ha dejado claro el fenómeno Trump es que hay un sector significativo de la población estadounidense que mira a los inmigrantes con verdadero desprecio y que, aunque se creía superado, el fantasma de la xenofobia aún se mantiene vigente para algunos, a pesar de que en su nombre fueron causados algunos de los peores episodios de la humanidad. Para fortuna de la sociedad, los votantes más radicales por muchos años se habían mantenido dispersos políticamente, y no habían alcanzado una cantidad significativa para poner en riesgo el futuro de la diplomacia y el orden mundial. El peligro que representa Trump es muy similar al que en su momento enmarcó Hitler, cuando llegó al poder por las vías institucionales, con una capacidad sorprendente de unir a su causa a los ciudadanos más radicales. Una de las paradojas más grandes de la democracia, el logro histórico de mayor impacto en materia de igualdad de derechos, es que también da lugar a que un grupo mayoritario tenga la facultad de quitarle derechos a otro. En ese sentido, es evidente que el estilo de Donald Trump no es el del hombre que inspira a un pueblo a soñar con una nación mejor, más igual y con mejores oportunidades. La visión de país de Trump no le llega ni a los talones a la grandeza con la que alguna vez Lincoln, Kennedy y Franklin Roosevelt conquistaron al pueblo norteamericano en los momentos más desesperanzadores. La guerra y la crisis económica son escenarios que muchas veces permiten el surgimiento de grandes líderes. Pero esta vez no parece serlo. Trump no representa la esperanza que requiere una nación a la que le esperan inmensos retos. Trump no es un líder; es el matón que alguna vez todos tuvimos en la vida. El maltratador que grita, el abusador que ofende, el que no oye a quienes piensan diferente a él. Y como la mayoría de los matones, Trump es popular, y la agresividad de su estilo efectivamente logra cautivar a los más débiles e incautos: quienes creen que la mano dura y la brutalidad son superiores a las vías del respeto y la diplomacia. La inminente posibilidad de que alguien con las características de Donald Trump pueda llegar al poder, también pone en duda muchos de los valores de una sociedad. A mí me llena de miedo pensar que Trump podría ser el próximo presidente de Estados Unidos. Pero sobre todo, me parece desesperanzador saber que hay una mayoría que se siente representada por sus premisas y que está dispuesta a convertirlo en un líder, mientras toda la comunidad internacional observa con terror cómo las reglas de la democracia no pueden evitar que un pueblo tome una mala decisión.