Por: Fernando Posada Comete un grave error, que a leguas denota profunda ignorancia en el campo del arte, quien solo está dispuesto a avalar una forma de expresión artística cuando ésta le favorece. Si algo tienen en común la música, las artes plásticas y la poesía es su absoluta superioridad sobre asuntos triviales y terrenales como la política. Por eso indigna tanto que desde el ejercicio del poder se intente, sin demasiado éxito, establecer barreras para contener estas formas de expresión. Con pocos días de diferencia y en medio de contextos completamente distintos, dos episodios que tuvieron lugar en Bogotá ubicaron en el centro del debate público el papel que la música debe cumplir dentro de una sociedad, y si las entidades de control tienen la autoridad moral suficiente para silenciarlas. El primero es el caso de Paul Gillman, un cantante de metal venezolano, considerado por los conocedores de ese estilo musical como uno de sus más importantes exponentes en América Latina. Desde años atrás era de conocimiento público el apoyo de Gillman a las tesis del chavismo y más recientemente, si es posible asumir la existencia de aquel absurdo ismo, también era sabida su defensa frente al madurismo. Aprovechando el contexto de entendible repudio continental contra los excesos de poder en Venezuela, las autoridades distritales decidieron retirarlo del cartel del festival Rock Al Parque. La situación causó un rechazo de ninguna manera inmerecido. Porque cobrarle a los artistas sus afiliaciones políticas no solo es una idea impopular, sino también injusta. Empecemos por recordar algunos de los más recordados músicos y pintores de la historia que hoy, en tiempos de hipocresía y doble moral, habrían escandalizado a muchos. Picasso, por ejemplo, era abiertamente comunista. John Lennon renunció, en medio de un episodio memorable, a la membresía del Imperio Británico que la propia reina Isabel le había otorgado a los Beatles, luego de conocer de la participación inglesa en la Guerra de Vietnam. Y bandas sureñas en Estados Unidos, como los Allman Brothers y Lynyrd Skynyrd, han sido utilizadas como banda sonora por parte de un movimiento que busca reivindicar la ‘herencia blanca’ de esa región. Pero sin ir más lejos, en eventos públicos y gratuitos organizados en años recientes en Bogotá, han sido invitados artistas como Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, partidarios confesos del sistema implementado por Castro en Cuba, sin sufrir tipo alguno de censura. Sin duda eran mejores tiempos, cuando el valor de la obra de un intérprete no era medido por sus posturas políticas. Parte fundamental del ejercicio de la expresión, central a la hora de concebir una pieza artística en cualquiera de sus formas, es la libertad plasmada dentro de lo manifestado por el artista y la tolerancia por parte del público ante ese contenido. La esencia del arte, así como la de la filosofía o la educación, se perderán en el momento en que quienes ejercen el poder busquen la manera de hacerlas útiles para una causa e intenten controlar los discursos emitidos desde esos campos. La segunda es la imagen de un violinista callejero, indefenso ante la superioridad física de un policía, que le impone una multa por el absurdo delito de tocar en el espacio público. No deja de llamar la atención que en un país violento de manera tan excesiva, en donde son cometidos cientos de atracos a diario, sea una expresión artística en el medio de una calle la que escandalice a un uniformado de la Policía. Y se pierde un poco el ánimo colectivo al observar la humillación de un joven músico que ante la intimidación del ejercicio de la fuerza, no le queda otra opción que callarse. La generación de nuestros abuelos recuerda con nostalgia los tiempos en que Bogotá, con algo de sobradez, se autoproclamaba la ‘Atenas suramericana’. Es evidente, desde hace muchos años, que las épocas han cambiado y que cuando menos, nuestros líderes han sido incapaces de observar las nuevas formas de expresión que toman la misma forma caótica de esta ciudad.