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En 1989, el entonces presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, realizó una histórica visita a la reina Isabel II de Inglaterra, en el marco de la política de apertura de su país hacia el mundo. Eran los mejores años del jefe soviético. Estaba impulsando las reformas derivadas de la perestroika y la glasnost, las dos palabras rusas más conocidas en el mundo entero desde que asumiera el poder cuatro años antes.

No todo era color de rosa. El país no estaba preparado para la apertura democrática que deseaba el joven presidente, mucho menos cuando el colapso económico amenazaba con convertirse en un derrumbe político. A Gorbachov le explotó en las manos la deplorable realidad cotidiana de su patria en forma de supermercados vacíos, largas filas para reclamar las tarjetas de racionamiento, protestas contra la restricción al suministro de vodka. Los vientos de independencia se hacían sentir por encima de las amenazas represivas de un sistema que había llegado a convertirse en régimen del terror por culpa de las prácticas de Stalin.

Acorralado pero persistente, el mandatario soviético se había vuelto habitual contertulio de Ronald Reagan y posteriormente de George Bush padre, con quienes había trabado amistad y había alcanzado acuerdos relacionados con la reducción de armas nucleares. Siendo un comunista convencido, creía, sin embargo, que podía gobernar la URSS otorgando un poco de libertad a los ciudadanos, por ejemplo en la escogencia de algunos de los líderes políticos regionales.

Esa convicción marchaba a la par con los aires de libertad que ya soplaban en varios de los países que conformaban la Cortina de Hierro, como Rumania, Alemania Democrática, Checoslovaquia, Polonia, que poco a poco empezaban a levantarse para acabar con la opresión comunista que de todas maneras era tutelada desde Moscú.

En efecto, Gorbachov vivió impávido cómo caía el régimen comunista en Polonia como resultado de la presión del sindicato Solidaridad y el enorme liderazgo mundial que había adquirido el papa Juan Pablo II, quizás el jefe político y religioso más importante del último siglo. Los checos ya habían tenido su Primavera y marcado distancia de la URSS, que había llenado de tropas rojas su territorio, a sangre y fuego.

Decidido a defender su punto de vista, Gorbachov sacó al mundo su nueva idea de lo que era conducir las quince repúblicas que conformaban su país, y lo hizo con mucho carisma y terquedad, sin calcular que todo se le devolvería, que muy pocos hacia adentro lo estaban entendiendo y que a la postre le tocaría firmar el fin de una de las potencias más influyentes de todos los tiempos.

En ese contexto, Gorbachov llegó a Londres en 1989. Inglaterra tenía viva una vieja querella contra la Unión Soviética por el asesinato del zar Nicolás II y de su familia en 1918, poco tiempo después del triunfo de la Revolución rusa que llevó a los bolcheviques al poder. Era un asunto personal, por cuanto la reina Isabel II estaba emparentada con los Romanov, los zares rusos, a través de la reina Victoria: el abuelo de la reina, Jorge V, era primo hermano de Nicolás II. Tan unidos y allegados eran que parecían hermanos, y prueba de ello era su hasta hoy muy comentado parecido físico, como el de dos gotas de agua.

Así que Gorbachov, o Gorby, como lo llamaban los gringos, visitó a la reina, recorrió los pasillos del castillo de Windsor, y en alguno de los salones encontró piezas y cuadros que demostraban la unión de la casa real británica con la desaparecida casa imperial rusa. Tras una cálida reunión alrededor de la mesa familiar, Gorbachov sintió que podía ver a la reina como una aliada de su causa.

Dos años después, la noche de navidad de 1991, Gorbachov renunció a su cargo como presidente de la Unión Soviética y su país se desmoronó. Su gran rival, Boris Yeltsin, quien lo había defendido unos meses antes de un intento de golpe de Estado que duró tres días, finalmente le puso zancadilla y lo tumbó sin derramar un solo tiro, a punta de realidad.

Y la reina Isabel, siguió ahí.

Con nueve días de diferencia, dos de los personajes más importantes de nuestra historia reciente dejaron de existir. Gorbachov, el 30 de agosto y la reina Isabel II el 8 de septiembre. Los dos fueron testigos de acontecimientos extraordinarios y los dos se ganaron un lugar en el mundo de la política que perdurará por siglos. 

Fuente

RCN Radio

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