Por Juan Manuel Ruíz

Tantos rostros adustos en los buses y en las calles, tanta agresión verbal, tanta sed de venganza, tanta división radical entre buenos y malos: todo eso se debe –me dice un filósofo de brocha gorda— a que se está perdiendo, por culpa de las redes sociales y todas esas cosas nuevas, el maravilloso arte de la tertulia, que es un nombre sofisticado para la capacidad babilónica del ser humano de sentarse a hablar mierda.

Y creo que es verdad. En otros tiempos, incluso en los míos, que son recientes, una de las maravillas del post-almuerzo o de la post-cena era quedarse un rato largo a echar carreta sobre los hechos del día, a aventurar una teoría, echar un chiste, sentar cátedra un ratico, rajar del prójimo, sacar conclusiones y mandar a todos a dormir.

Los fines de semana, que comienzan los viernes por la noche, también eran llamados para desarrollar la expresión mayor de la tertulia que consistía en invitar a unos cuantos amigos a la casa, destapar unas cervezas o unos whiskys, poner buena música, relajarse un poco, despatarrarse en el sillón y soltar un tema, que puede ser el del momento o una vieja obsesión que devino en teoría conspirativa.

Recuerdo tertulias memorables allá en el barrio al son de Fruko y sus tesos, de Alfredo Gutiérrez, de la Sonora Matancera y uno que otro tango al final del palique, cuando la desesperanza se apoderaba de los asistentes. Se hablaba de todo un poco, de Belisario y Barco, de Tirofijo, del Frente Nacional, de lo bueno que fue Rojas Pinilla, de la guerra de las esmeraldas, de Millonarios y de Santa Fe, de Reagan y Gorbachov, García Márquez y ese mundo extraordinario que nos llegaba en sus libros.

Hoy, el afán, la prisa, que gobiernan nuestras vidas, han hecho que la gente vaya a lo que vaya, directo al grano, sin ceremonia, sin parsimonia y, lo que es peor, a reunirse sin reunirse porque de por medio está el chat, el mensaje de texto, los ciento cuarenta caracteres que han sembrado un nuevo totalitarismo que en mala hora ha atentado contra el buen juicio y la buena índole de la necesidad humana de hablar mierda.

En últimas, sentarse a escuchar ya no es una práctica de nuestros días. ya no es fácil que usted se siente en la sala de su casa o la de su amigo a contarse las cosas y las verdades, porque, sencillamente, el chat superó todas las expectativas y suplantó el buen ejercicio de mirarse cara a cara y cantarse la tabla así sea mamando gallo, que es tan bueno para la salud.

Es más: me pregunto si los famosos millenials, esos jovencitos supertalentosos que gobiernan el mundo, sabrán siquiera qué es una tertulia o si habrán asistido aunque sea a una de las de antes. Con todo lo que eso significa: sin mirar el chat, sin chequear el tuiter, sin responder llamadas, sin desplegar la tablet sobre la mesa. Simplemente oyendo: poniendo atención: escuchando-detenidamente-lo-que-el-otro-dice.

No en vano en el Japón le están pagando a la gente para que se siente a escuchar a solitarios desesperados por conversar con alguien. El oficio de escuchador es, quien lo creyera, una profesión con futuro en el mundo de hoy. Estos profesionales se sientan en una esquina o un parque, llevan dos butacas y esperan al interlocutor que desea decir algo, conversar, compartir una experiencia o una angustia o un problema o un dolor o una ilusión. Y después le paga al escuchador con cualquier monedita.

De los tiempos de la famosa Cueva de Barranquilla, que es una deliciosa tertulia mitificada, a la que concurrían Gabo, Fuenmayor, Vargas, Obregón, no queda nada. Ni siquiera los intelectuales duros se reúnen. No tienen tiempo; están de afán o cansados; el tráfico no deja; y no hay dónde reunirse porque las salas ahora son muy chiquitas, en fin.

Pienso que si se rescatara esta tradición que quedó condenada a unas cuantas expresiones para iniciados, esporádicas y cerradas, mucha de la mala energía que nos acompaña se podría descargar, gratis y sin complicaciones, con sanas consecuencias para el cuerpo y el espíritu.

Y más aún: en el tal post-conflicto lo clave es que hablemos más mierda y echemos menos bala.