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Sesenta mil personas que participaron en el Hay Festival nos muestran que hay hambre de palabras y esperanza de que podamos escucharnos.

Por momentos tuve la sensación de estar viviendo en otro país, de haber cruzado la puerta a una dimensión distinta. Las conversaciones del café y del encuentro casual en la esquina se movían en torno a los comentarios sobre una charla u otra, se hablaba de libros, de ideas y pensamientos que iban y venían.

El Hay Festival, con los cientos de personas haciendo fila para ingresar a escenarios en donde lo que se ofrece es una fiesta de palabras y de ideas, nos dice que hay otra realidad posible: una en la que nos podemos escuchar, una en la que podemos hablar, una en la que podemos dejarnos tentar por el arte y la poesía.

Vinieron desde lugares muy distantes y distintos del planeta. Llegaron hombres y mujeres diversos con sus libros y sus historias a cuestas para hacer este espectáculo de palabras. Hubo tiempo para la realidad y para la ficción, se escucharon versos, debates y reflexiones profundas. Hubo talleres en los barrios para hablar de periodismo, de literatura, de ilustración.

Hablaron las mujeres con fuerza, los escritores que no han perdido el lenguaje de los niños, los analistas, los sobrevivientes, los grandes novelistas, los periodistas, los autores de relatos breves con historias grandes. Hablaron todos en el teatro Adolfo Mejía, en los hoteles, en las universidades, en el centro de Convenciones, en los parques, en las bibliotecas de los barrios populares; en escenarios cargados de historia y en otros improvisados recién inaugurados para la fiesta.

Las palabras nombraron realidades dolorosas y recordaron violencias, dictaduras, enfermedades y discriminación, pero también nos describieron la belleza, la esperanza, los amores felices o truncados y nos pasearon por sabores y saberes ancestrales. Hubo música, hubo fritos en el festival vecino, hubo risas y lágrimas, hubo encuentro de viejos amigos y desconocidos que se volvieron amigos. Hubo, para quienes estuvimos allí, un inmenso paréntesis en los odios que caminan a velocidad digital por las redes sociales.

Tuve el privilegio de ver el Festival desde el público y desde el escenario. En uno y otro caso una sensación similar me invadió: hay hambre de palabras, hay ganas de escucharlas, hay avidez por tener un poco de la voz del otro para que me cuente sus historias. Hay ganas de leer y muchos libros esperando por sus lectores.

Ver estos escenarios abarrotados por las 60 mil personas que participaron en el Festival en Cartagena, Medellín o Jericó me dice que hay otras realidades posibles y me confirma lo que pienso una y otra vez: pasan otras cosas y pasan en ese mismo mundo que tanto describimos como caótico, doloroso, corrupto, violento e inequitativo. Todo eso es cierto y lo debemos decir, lo debemos saber y gritar para intentar corregir. Sin embargo, esas otras realidades también pasan a nuestro lado, también están ahí para ser contadas, vividas y sentidas.

Un libro es un universo y las palabras de otros son puertas para descubrir verdades y fantasías, para retar nuestro propio pensamiento, para entender otras maneras de ver el mundo. Si tenemos hambre de palabras, si abrimos espacio a la poesía, a la literatura y a la voz de otros, de pronto tenemos esperanza. Eso quiero creer aunque después de que se cierra el telón del Festival volvamos a la realidad cotidiana y nos duelan otra vez la violencia y la miseria.

Aún así, los que salimos del Festival con nuestra lista de lecturas pendientes aumentada, recibimos una bocanada de aire fresco para encarar lo que viene. Y ante el hambre de palabras, bueno darse un banquete de libros que están ahí esperando nuestros ojos.

Fuente

RCN Radio

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