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Nos quedan su ejemplo, su espontaneidad, su calidez, su ironía aleccionadora y su humildad, pese a la fama.

Hermán “el Cuca” Aceros, gloria del fútbol santandereano y colombiano, no pudo gambetear a sus 80 años a la indomable parca. Lo había hecho en la selección Colombia con los defensores soviéticos en el Mundial de Chile y con sus rivales en todos los equipos en los que jugó.

Tengo muy gratos recuerdos del profe, mi primer entrenador de fútbol. Nos enseñó  muchas cosas del juego y de la vida, con el picante y la picardía de sus veloces regates por la punta derecha.

Su muerte me sorprendió de repente, con la nostalgia de los años felices del potrero, del colegio, de la cancha de tierra adonde íbamos a entrenar en el Instituto Tecnológico, del campo de Marte, el templo sagrado del fútbol santandereano.

Hacía varios años no veía al “Cuca”, pero su recuerdo está muy presente en mi memoria. Cómo no va a estarlo si fue un hombre sencillo y generoso que no ahorró elogios hacia mí como persona y futbolista precoz, hasta la exageración de decirme que, si yo quería, tenía todas las condiciones para ser un gran futbolista.

Me sumo a la campaña que surgió entre aficionados y periodistas para que el estadio de Bucaramanga sea rebautizado con el nombre de Hermán “el Cuca” Aceros, el jugador santandereano más importante de la historia. Nada más justo con él y con el fútbol regional. Su figura y sus logros anidan con fuerza en la memoria y la sensibilidad colectiva de los santandereanos, por lo que no se justifica que la casa que palpitó con su vistoso juego lleve el nombre de un político, así sea el del presidente “Alfonso López”.

Mal o bien, Colombia vivió durante 30 años del empate 4-4 ante la Unión Soviética en Arica (Chile). Junto a Antonio Rada, Marino Klinger y Marcos Coll, “Cuca” Aceros fue uno de los anotadores de aquel partido y uno de los héroes de esa hazaña del fútbol colombiano; uno de los pocos que seguía con vida. Y le convertía el gol a nadie menos que a Lev Yashin, “la Araña Negra”, el mejor portero del mundo.

Su habilidosa pierna derecha, poseedora de un fuerte remate de media y larga distancia, nació al lado de la portería norte de la cancha del tradicional y populoso barrio Modelo de la capital santandereana, bendecida por la cercanía de la iglesia de Cristo Rey. Allá comenzó a regodearse con la pelota atada a su pie derecho como una extensión de su cuerpo y a burlar defensores con amagues, gambetas, túneles, ochos, sombreritos y toda suerte de recursos futbolísticos propios de su talento e inventiva.

El apodo de “Cuca” viene de aquella época, cuando ayudaba a su padre, Gustavo Aceros, con la venta de las ricas y populares galletas de ese nombre. Padre que, por cierto, no quería que su hijo fuera futbolista. A él también terminó convenciéndolo a punta de regates y gambetas.

No sólo el Atlético Bucaramanga disfrutó de su fútbol; también lo hicieron equipos como Millonarios, Deportivo Cali, Independiente Medellín y Deportivo Pereira.

Posteriormente se formó como técnico en Argentina y dirigió al Bucaramanga, Cúcuta Deportivo y Medellín en Colombia y a los equipos venezolanos Deportivo Táchira, Minervén y Mineros de Guayana. Y también al prometedor equipo juvenil Damton Buxton de nuestra “Ciudad Bonita”, obra suya de sutil arquitectura futbolística (4-3-3) en la que tuvimos el privilegio de formarnos en el fútbol técnico, de aprender a respetar el balón y de crecer con su experiencia y bonhomía junto a “viejos” amigos como Richi Suárez, Juan Pablo Nieto y Miguel Ángel Pedraza.

Se nos fue el profe: un hombre más bien bajo de estatura, de gran corazón y de buen sentido del humor. Nos quedan su ejemplo, su espontaneidad, su calidez, su ironía aleccionadora y su humildad, pese a la  fama. Ahora debe estar celebrando en la eternidad sus gambetas y goles con unas cervecitas frías, tal como le gustaban.

Dicen que el Bucaramanga no tiene ninguna estrella, lo cual no es del todo cierto: tiene al “Cuca” iluminando su historia. Espero visitarlo pronto en su casa, profe, en el Estadio Hermán “el Cuca” Aceros.

 

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