Un recorrido por la imaginación de los encargados de los efectos especiales en las viejas historias de la radio.

El héroe de esta historia se mece en el palo mayor tratando de enderezar el rumbo, mientras la embarcación da tumbos en medio de un mar embravecido.

Él que hizo parte de la tripulación de barcos corsarios protegidos por Francia e Inglaterra y que luego se volvió uno de los tantos piratas de Caribe, está ahora poseído por un miedo sobrenatural.

Él que pasó tantas veces por el Cabo de Hornos como si fuera de paseo, está ahora agobiado por sus propios fantasmas y siente que su espíritu está a punto de naufragar.

Se presagia una gran tragedia, mientras una música sube de volumen y se confunde con el golpe ensordecedor de olas de más de cuatro metros, que hacen presagiar que la historia de Atlántida se repetirá inexorablemente.

Se escucha un grito desgarrador que hiere y asusta y de pronto una voz profunda empieza a contar: “Es una noche en la que las aguas del mar parecen más oscuras y frías, abiertas en surco por la quilla de la frágil embarcación, que ansía su llegada a puerto”.

Se oye el crujir de las maderas chocando contra algo que parecen rocas gigantes, el viento sopla trayendo noticias de viejas tragedias y parecen escucharse voces discordantes de fantasmas milenarios que avizoran el paso fragoroso de la estructura que amenaza con irse al fondo.

La voz insiste en contar que “gritos plañideros de hombres angustiados se confunden con los murmullos ensordecedores del mar”.

Es curioso, pero con cada golpe de las olas embravecidas contra la frágil embarcación, la música sube para añadirle misterio a la travesía.

Es la lucha de un hombre que ha perdido el rumbo, contra la monumentalidad de la naturaleza que lo hace ver pequeño, como es su condición.

El viento aulla y los gritos de los angustiados marineros se hacen más intensos, pero el agua resuena con su chapaleo monumental y ahoga cualquier posibilidad de auxilio.

El barco está a punto de hundirse, mientras el afanado oyente de la radio se come las uñas literalmente, ajeno a las musarañas de un sonidista que para contar esta historia ha olvidado en un rincón del estudio las piedras que simulan presencias extrañas, los zapatos que recrean el caminar de alguien por una oscura calle y el papel celofán que  crepita en sus manos para crear los incendios devoradores de los bosques tropicales.

El hombre de los efectos especiales sigue batiendo con fuerza el agua y simula con su boca el viento enfervorizado que está a punto de crear una tragedia peor que la del Titanic, mientras el narrador insiste con su voz de trueno “que la embarcación es una masa de palos batida dolorosamente por la fuerza de la naturaleza”.

Todo está perdido en el capítulo de esta historia, pero lo verdaderamente mágico es que la travesía por el mar ha sido inventada en un balde con agua.

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