Cargando contenido

Ahora en vivo

Ahora en vivo

Seleccione la señal de su ciudad

Comenzaron los Juegos Olímpicos de Tokio-2020. Paradójicamente, aunque por razones conocidas por todos, los Olímpicos del 2020 comenzaron en Japón en julio de 2021. Pero lo que tal vez muchos no sepan es que el origen de los Juegos Olímpicos data del año 776 a. C., de hace algo así como tres milenios, o sea, hace cerca de treinta siglos. No obstante el largo transcurrir del tiempo, las míticas carreras de Pélope, héroe epónimo del Peloponeso, en la Grecia antigua devinieron en los gloriosos triunfos de Usaín Bolt en el siglo XXI de la era moderna.

“La gloria de Pélope brilla a lo lejos en la arena olímpica, donde los valerosos atletas de ágiles pies, de miembros robustos, vienen a disputarse la palma; después el vencedor goza, durante el resto de su vida, el descanso que supo ganarse con su esfuerzo. ¿Esta felicidad infinita no constituye el colmo de los gozos que pueda conseguir un mortal?”. Así lo canta Píndaro, uno de los más célebres poetas líricos de la Grecia clásica, que nació hacia el 518 a. C.

Y así lo reseña el sacerdote jesuita Manuel Briceño Jáuregui (1917-1992) en el memorable libro “Los Juegos Olímpicos en la Antigüedad”, editado en la Imprenta Patriótica por el Instituto Caro y Cuervo. El teólogo, filólogo, cultor de lo clásico, helenista insigne y sabio latinista de renombre universal fue presidente de la Academia Colombiana de la Lengua, investigador del Instituto Caro y Cuervo y uno de los humanistas más notables de Colombia y de América Latina.

“Entre los griegos la forma más importante de recreación física consistía en el atletismo”, recuerda Briceño Jáuregui. Hoy, al igual que otrora, quizás le sumamos un balón de fútbol y una bicicleta y quedamos a la par con los helenos (helenos con h, por si acaso), guardando distancias y proporciones.

Fue el barón Pierre de Coubertin (1863-1937), brillante educador francés, quien a finales del siglo XIX se dio a la tarea de revivir las Olimpiadas que se habían suspendido hacía mucho tiempo. Él pensaba que una de las razones para el deslumbramiento histórico de la Edad de Oro griega había sido el énfasis hecho en la cultura física y en la celebración de frecuentes festivales atléticos. Al tiempo, claro, del desarrollo de una profunda cultura humanística. Lo sintetiza la máxima latina “Mens sana in corpore sano” (“Mente sano en cuerpo sano”), esbozada en las Sátiras de Juvenal e inspirada en la cultura helena. 

Gracias a las gestiones del barón De Coubertin, en la Conferencia Internacional de Organizaciones Deportivas, realizada en París en 1894, nacieron las Olimpiadas o Juegos Olímpicos modernos, tal como hoy los conocemos y disfrutamos. Como homenaje y tributo histórico a las competencias de la Antigüedad, estas primeras Olimpiadas modernas se llevaron a cabo en Atenas en 1896. El humanista francés siempre quiso que las modernas emularan y fueran una suerte de continuación de las antiguas, por lo que insistió en su famoso apotegma: “Lo importante no es ganar, sino participar”. Todo lo contrario de lo que piensan algunos hoy en día, que aplican la mínima –no la máxima- de que lo único importante es ganar no importa de qué manera. Con todo, ¡cuánto le debe la civilización occidental a Grecia y a Francia!

Los Juegos Olímpicos les dieron la oportunidad a los griegos de buscar un ideal que los diferenciara de los bárbaros. Eran tan importantes las Olimpiadas que durante su realización se suspendían por un tiempo las guerras y todas las agresiones y hostilidades entre las diferentes polis, ciudades-Estado, que conformaban el territorio griego. “Se pactaban paces que sería sacrilegio quebrantar”, advierte Briceño Jáuregui, tal vez soñando en que sería laudable vivir en permanentes competencias deportivas en estas violentas comarcas y en estas intrincadas épocas que nos conciernen. Los bárbaros no practican el deporte ni la filosofía, afirmaba Platón. Igual que ahora, querido discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles.

“La fama de los festivales olímpicos brilla desde hace tiempos de las carreras de Pélope, donde la competencia la gana la velocidad del pie y las gloriosas realizaciones de la fuerza”, loa Píndaro. Complementa así su panegírico el aedo griego: “Y pocos han logrado, sin sudores, el júbilo que es la luz de la vida sobre todos los trabajos”. Una especie de símil que recuerda la sentencia bíblica contenida en el Génesis: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. En aquel poema épico significaría algo así como ganarás la gloria olímpica con el sudor de tu frente, la velocidad de tus piernas y la fuerza y determinación de tu cuerpo y de tu alma.

Según la histórica leyenda, Corebo encabezó en el 776 a. C. el extenso listado de corredores victoriosos de las Olimpiadas. Después de éste, en la séptima Olimpiada, Daicles de Messenia recibió por su victoria la primera corona del sagrado olivo de la historia. “El honor de ser proclamado triunfador era más que suficiente para toda una vida”, evoca Briceño Jáuregui.

El celebérrimo luchador Milón de Crotona, en el siglo VI a. C., fue uno de los más destacados atletas de los Juegos Olímpicos de la Grecia clásica. Cuenta la historia que el legendario Milón, además de imponerse en cinco olimpiadas consecutivas, se alimentaba “normalmente” con diez kilos de carne, 10 kilos de pan y 10 litros de vino. ¡Ah, tiempos aquéllos! Ah, sabiduría helénica! Ocurría siglos antes de que nuestros queridos médicos nos quitaran la carne, el vino y el pan. Una tarde en Olimpia el mítico deportista cargó sobre sus hombros un torete de dos años y lo paseó a través del estadio. Luego lo mató de un puñetazo y se lo comió íntegro en un solo día.

Los Juegos Olímpicos de la Antigüedad, alrededor de los cuales gravitaron muchos acontecimientos y fechas importantes del devenir griego, se realizaron a lo largo de una época que se extendió por 1.200 años, desde el 776 a. C. hasta el 394 d. C., cuando fueron abolidos por el emperador Teodosio. Quince siglos después apareció el barón Pierre de Coubertin y los rescato para gloria de los pueblos del mundo.

Protagonista primigenia y topográfica de esta historia, Olimpia está situada en el noroeste del Peloponeso, al pie del monte Cronos y al lado del río Alfeo. De talante sagrado, más que una ciudad es una extensión de territorio de reducidas proporciones conformada por edificaciones, estadios, coliseos, monumentos, altares y templos levantados en homenaje a dioses y héroes. No podía ser otro que Píndaro el que le dedique estos versos de alabanza hiperbólica: “¡Oh madre de las lides/ fecundas en coronas refulgentes,/ Reina de la verdad, sagrada Olimpia!”.

De los fabulosos y legendarios coliseos de Delfos y Olimpia a los deslumbrantes, tecnológicos e inteligentes estadios de Tokio. De los míticos atletas Pélope, Corebo, Daicles de Messenia y Milón de Crotona a los célebres deportistas Teddy Riner, Novak Djokovic, Mariana Pajón y Naomi Osaka, quien prendió el pebetero en la ingeniosa y conmovedora inauguración de Tokio-2020.

De Grecia a Japón, tras largos siglos de espera y nostálgicos recuerdos, las Olimpiadas se han encendido en el año 21 del siglo XXI de nuestra era. Con un mensaje de solidaridad, paz, hermandad, resistencia, armonía y equidad, la llama olímpica ilumina el Estadio Nacional de Tokio y los Juegos Olímpicos de la Pandemia, aunque mucho mejor los Juegos Olímpicos de la Esperanza. La cima del Monte Fuji, símbolo tutelar de Japón, y la Humanidad entera la observan complacidas, inspiradas y a la expectativa por lo que serán estas dos semanas prodigiosas de culto al deporte, al cuerpo, a la mente y al juego limpio. Laudada sea la flama de los sueños y las reminiscencias.
 

Fuente

Sistema Integrado Digital

Encuentre más contenidos

Fin del contenido.