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La historia que narra Cortázar parece una premonición de lo que está pasando en la capital colombiana y las grandes ciudades del mundo.

“A nadie le cabía duda de que algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase sentenciosa o una maldición contenida”.

Al comenzar a leer “La autopista del sur”, de Julio Cortázar, lo primero que hice fue trasladarme mentalmente a cualquiera de las cotidianas congestiones automovilísticas que se forman a la entrada, a la salida y en todo Bogotá todos los días. Y al vislumbrar el regreso a la capital al final de la pasada Semana Santa, que parece el viacrucis al Calvario citadino, lo primero que hice fue trasladarme mentalmente a la historia que narra Cortázar en este cuento publicado en la década del sesenta y que parece una premonición de lo que está pasando en la capital colombiana y las grandes ciudades del mundo. Un escritor también es un inventor de futuros; más aún uno como Cortázar.

Leyendo el cuento pensé en los ingresos imposibles a Bogotá este Domingo de Resurrección: la autopista del sur, la autopista del norte, la ochenta, la trece, la Boyacá; todas las entradas a la ciudad. Un domingo en la tarde es también el tiempo en que comienza el relato de Cortázar, que transcurre a lo largo de días, semanas, meses, estaciones, como parece transcurrir el tiempo que uno se gasta en el regreso a la capital luego de un puente festivo. El contexto en el que se desarrolla la historia me era bastante familiar; no me parecía una obra de ficción, sino una dramáticamente realista, al estilo de las de Zola.

Por eso, comprendía claramente lo que quería decir el narrador de “La autopista del sur” cuando sentenciaba: “(…) el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde”. Con el agravante de que este domingo no era cualquier domingo: era el Domingo de Resurrección, el fin de puente festivo más largo, traumático y caótico para regresar a Bogotá.

Ya metido en esta autopista atiborrada de millares de carros de las más diversas marcas, conducidos por diferentes tipos de conductores (religiosas, ingenieros, extranjeros, jóvenes, viejos, soldados, médicos, etc.), viví paso a paso, o mejor, metro a metro, lentamente, la angustia de los protagonistas. Padecía, al tiempo con ellos, sus incertidumbres, que eran las mismas mías. El excesivo calor, primero, y luego el intenso frío, la polución, la somnolencia, el estrés, el mal genio.

“(…) aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra”.

Al principio me imaginé que el trágico episodio sería pasajero y que tendría una solución razonable para quienes lo padecían. Después pensé que el drama serviría para la formación feliz de una pareja (Dauphine y el ingeniero). Y, por último, me di cuenta que la obra reflejaba un cotidiano y terrorífico problema de las grandes ciudades, como Bogotá, que quizás no tiene solución.

“La autopista del sur” ha inspirado la realización de películas como la francesa “Week-end”, dirigida por Jean-Luc Godard en 1967, y la italiana “El gran atasco”, con Alberto Sordi como protagonista. Lástima que no haya inspirado a los últimos alcaldes de Bogotá para encontrar y darle una solución efectiva y amigable al cada vez más insoportable problema de los terribles embotellamientos y de los insufribles trancones de la capital, que deterioran paulatinamente, al ritmo de la movilidad de sus vías, la calidad de vida de sus habitantes.

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