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Lo que ha sido lidiar con un nombre serio para unos, raro para otros y divertido para la mayoría.

Tener un nombre raro tiene de positivo que es casi exclusivo y si se ejerce el periodismo podría decirse que es una marca, aunque lo negativo es que todo el tiempo se tiene que explicar cómo es que te llamas.

- ¿Cómo?, es la pregunta recurrente que me hacen.

- Indalecio, contesto alargando cada letra para intentar  hacerlo más comprensible.

- ¿Con c o con s?

- Con c, pero sin h, contesto de memoria hace muchos años.

- ¿Indalecio Liévano?, me preguntan inevitablemente.

- No, Castellanos.

- ¿Y usted es hijo de don Alfonso Castellanos, el de Yo sé quién sabe lo que usted no sabe?’

- No, el hijo es Juan Jacobo, el de Caracol Televisión.

Recurrentemente tengo que explicar que mi apellido no es Liévano, como el del único expresidente colombiano que se ha llamado Indalecio, por cuenta de encargo que le hizo en 1975 el entonces presidente Alfonso López Michelsen.  Liévano empezó como periodista, fue congresista, canciller y nada más y nada menos que presidente de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas.

No es que haya mucha gente con ese nombre y  menos famosos, pero un referente obligado es Indalecio Prieto, quien fue secretario del Partido Socialista Obrero Español  en lo que se conoce como la Segunda República, antes de la dictadura franquista, tras lo cual ocupó cuatro ministerios. Así como Liévano, el político español había sido periodista en la primera década del Siglo XX.

Y un tercer tocayo fue el periodista Indalecio Rodríguez Sánchez, quien nació en Tunja y luego se asentó en Panamá hasta convertirse en ciudadano de ese país, en dónde fue corresponsal de medios como la BBC, la agencia AP y el diario El Tiempo de Colombia.

Después de Isabel, Julia Elvira y Esther fui el primer varón de la “cochada” y creo que eso provocó que inevitablemente me pusieran el nombre de mi papá, como una manera de perpetuar su memoria, me imagino. Luego mis otros hermanos fueron bautizados con nombres normales como Francisco y Luis Alfredo.

Siempre he estado un poco solo en este planeta, aunque recuerdo de manera particular a mi paisano Indalecio Larrota, quien solía visitarme en las instalaciones de RCN Radio en Teusaquillo.

- Don Indalecio, que lo necesita un señor que también se llama Indalecio.

- Dígale a Indalecio que ya bajo.

Si uno se pasea por el espectro digital es posible reparar en la presencia del periodista Indalecio García, quien en twitter se identifica como @indagar.

En Facebook hay muy pocos Indalecios y entre ellos un experto en contabilidad brasileño de apellido Araujo que vive en Salvador Bahía.

Si es complicado tener un tocayo, lo es mucho más tener una tocaya y la tengo. Se llama Indalecia Camacho López, quien se desempeñó como personera del municipio de Güepsa en el departamento de Santander.

Para el momento en que fui bautizado, en Cucaita estaban de moda nombres como Arquímedes, Emiliano, Inocencio, Tomás, Gregorio, Servando y Gratiniano, entre otros. Muchos de esos son ahora los nombres play de las nuevas generaciones, pero por obvias razones nadie escoge el de Indalecio.

Llevar este nombre se ha prestado siempre para bromas y para construir derivaciones graciosas como Indolencio, Indionecio, Incalecio, Insanecio, Insolencio, Pulecio, Índalo, etc.

Mi amigo Fabio Alba me dice Costalecio, el periodista tulueño Willian Loaiza prefiere el Indalito,  José Fernando Neira usa recurrentemente el Indalerio, el locutor conocido como Caliche me saludaba  bajito y burlándose casi siempre con un  Minglanecio y Jorge Pedroza, un antiguo compañero de RCN Radio, me afrijoló el de Andalecio.

León Octavio es un famoso caricaturista que después de un taller de entrevista para radio me entregó un dibujo en el sobresale la nariz y con una dedicatoria especial: “Para Indagalecio”.

Para alivianar esa pesada carga de nombres inventados, podría decir que María Eugenia, una amiga chilena que vive en Alemania,  prefiere el nombre germano de Ingo, tal como el de un renombrado novelista y el de un cantante de pop.

Para seguir con esa onda internacional que puede tener mi nombre, a pesar de todo, la productora Natalia Vega hizo un juego de palabras con una popular serie estadounidense de los años  90 que se llamaba In The House, para ponerme el coloquial  Indahouse.

En el círculo más cercano y personal el nombre puede ser dulcificado si se le recortan algunas  sílabas.

Mis sobrinos me decían Lale, porque era imposible para ellos pronunciar un nombre tan largo e incomprensible, para algunas sobrinas soy el mismísimo Lala y con un tono más cariñoso puedo ser Lalecio o incluso Lalecito.

En los cafés en los que le piden a uno el nombre para entregar el pedido decidí usar  nombres más sencillos como Luis o Alberto, desde que un día uno de los vendedores me llamó a todo pulmón: “Su tinto señora Linda”.

-Inda, Inda, Inda, tuve que repetirle para dejar claro mi género.

Suelen pasarme cosas como que la dependiente de una droguería me pida el pasaporte para aplicar el descuento, porque piensa que el nombre Indalecio es el de un extranjero.

Y claro que el origen del nombre es extranjero puesto que algunas versiones indican que su procedencia es árabe o probablemente español y su significado es “mensajero de los dioses”.

Se le relaciona con el nombre de Indalo, que según Wikipedia, es “un ídolo neolítico hallado en la Cueva de los Letreros, en la Sierra de María de Almería, aunque no queda claro si el nombre propio deriva de Índalo, o si dieron al ídolo un apelativo derivado del nombre del santo”.

Y así he tenido que cargar con ese nombre extraño, curioso, raro y escuchar cosas como la de un compañero de la universidad que aseguraba que mi nombre es “más raro que un perro a cuadros” o la de un taxista en Cartagena que me dijo sin anestesia: “Culo’e nombre”.

Fuente

RCN Radio

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