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Cultura no es lo mismo que entretenimiento, espectáculo, mercancía, diversión o farándula.

Me dicen fuentes de alta fidelidad que el presidente Iván Duque ha anunciado “sotto voce” recortes en emblemáticas instituciones culturales del Estado colombiano, al tiempo que se vislumbran incrementos en el presupuesto de las Fuerzas Militares. De ser cierto esto, sería un grave error estratégico y una gran doble contradicción: primero, por venir del impulsor de la llamada “economía naranja”, que incluye a la cultura, y segundo, porque se firmó un acuerdo de paz con las Farc, la agrupación alzada en armas más letal y desestabilizadora en la historia de Colombia, lo que permitiría inclusive reducir la plata que se destina a la guerra.

Si algo necesita el país para crecer material y espiritualmente, para ser feliz y superar las tétricas desigualdades que padece, es que todos los colombianos tengan acceso a la cultura y a la educación, a la alta cultura o cultura culta –por decirlo de un modo convencionalmente académico-, al arte, a la cultura popular, al folclor, a la educación media, técnica y superior, lo cual supone la destinación de un amplio presupuesto para estos menesteres prioritarios por parte del Gobierno y la empresa privada.

Aunque puede tener algo de estos, cultura no es lo mismo que entretenimiento, espectáculo, mercancía, diversión o farándula, que inundan los medios de comunicación, internet y las redes sociales. Los medios tienen una responsabilidad social, y por más que sean virales los últimos chismes de la actriz o la modelo despampanantes de turno o las últimas estupideces del cantante de moda disfrazado de poeta, es mucho más importante hacer circular mensajes que hagan pensar y reflexionar sobre la vida a la gente, que estimulen la creatividad y los sueños, que inspiren, que generen valores auténticos, que propongan nuevos mundos y nuevas formas de ver el mundo, que contribuyan a la materialización de aquella vieja y olvidada máxima cartesiana: “Pienso, luego existo” (“Cogito ergo sum”). O de las socráticas: “Sólo sé que nada sé” o “Conócete a ti mismo”.

Estos manes y otros sabios vivieron hace mucho tiempo, hace muchos siglos, pero todavía tienen mucho que decirnos, mucho que enseñarnos. Como todos los clásicos, siguen siendo vigentes por "secula seculorum". Por supuesto, no se trata de que todos nos volvamos filósofos, o poetas, o escritores, o pintores o músicos. Se trata de que todos tengamos la posibilidad de enriquecernos espiritualmente con la filosofía, la poesía, la literatura, la pintura o la música; se trata de que todos llenemos de contenido, de sentido y de felicidad nuestra vida, en contra de la nueva frivolización y mercantilización de la cultura por parte de internet, las redes sociales y los medios de información masiva.

El premio nobel Mario Vargas Llosa, autor de “La civilización del espectáculo”, afirma que “la revolución de las comunicaciones debería estar equilibrada con una educación que no sólo prepare espectadores, sino también lectores", al tiempo que sostiene que "leer a (James) Joyce, (Marcel) Proust o (William) Faulkner exige un esfuerzo intelectual”. No es lo mismo leer “En busca del tiempo perdido”, de Proust –digo yo-, que oír el último reguetón de moda.  

"Si la cultura deja de hacer ese esfuerzo intelectual deja de cumplir su rol fundamental porque el espíritu crítico se empobrece y puede llegar a desaparecer", alerta Vargas Llosa, mientras considera, por ejemplo, que "la función de la literatura no es solo producir placer, sino esa sensación de disconformidad que ha sido la base del progreso" de las sociedades.

Como decía el poeta español Gabriel Celaya, “La poesía es un arma cargada de futuro”. Ojalá fuera a esta clase de armas culturales a las únicas a las que se les incrementara el presupuesto del Estado colombiano, un Estado pobre de poesía, de cultura, de arte, de educación y, de momento, amarillento biche de “economía naranja”.

Si el presidente Duque o la empresa privada recortan el presupuesto destinado a la cultura, difícilmente podremos disfrutar, crecer y enriquecernos con eventos que pese a todo se siguen realizando en el país. Para mencionar sólo unos cuantos de este tenor, que se han llevado a cabo en los últimos meses o se realizarán en los próximos: la Feria Internacional del Libro de Bogotá, el Festival Internacional de Música de Cartagena, el Festival de la Leyenda Vallenata, la muestra del Museo del Prado en Bogotá, el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, el estreno en Colombia de la ópera “El caballero de la rosa”, el Festival Internacional del Piano de la UIS, los conciertos de las Orquestas Sinfónica Nacional de Colombia y Filarmónica de Bogotá, los montajes del Teatro Colón, las maestrías y los eventos académicos del Instituto Caro y Cuervo y un largo etcétera.

La sentencia de Vargas Llosa en “La civilización del espectáculo” no puede ser más apocalíptica: “La cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer”.

La palabra la tienen los medios y la empresa privada. Y, por supuesto, el Gobierno: o le apuesta a las armas de la guerra o a las de la cultura, con las que también se puede enfrentar a aquella. De esa decisión, entre otras, dependerá el futuro de Colombia.     

 

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