Por: Fernando Posada Es un mundo sin Twitter, sin internet y varios años previo al invento del teléfono. El mundo entero se comunica precariamente por medio de cartas, que en ocasiones se demoran meses enteros en cruzar los océanos y alcanzar sus destinos. Las noticias que llegan a Europa desde el continente americano son escasas y confusas, mientras crecen rumores sobre las luchas independistas libradas por antiguos colonos. Ha caído Napoleón, pero en América ha surgido Bolívar. El mundo solo habla de héroes y traidores, de campañas militares y de victorias sufridas. A Londres regresa un famoso soldado escocés, ostentando sus triunfos militares y el título de general que el propio Libertador le otorgó por sus esfuerzos en la guerra de independencia de Venezuela. Su nombre es Gregor McGregor y hace parte del clan de guerreros más reconocido de Escocia, pariente del idolatrado Rob Roy McGregor. Los británicos se rinden ante sus pies mientras él, galante, no muestra una gota de modestia al narrar sus hazañas. McGregor cuenta que luego de luchar en Venezuela pasó una temporada en el Golfo de los Mosquitos (hoy Honduras) y que allá alcanzó un acuerdo con los pueblos de la región, descendientes de esclavos náufragos y de indígenas que habían escapado del holocausto de la Conquista. Los nativos lo han proclamado rey de Poyais, una nación pequeña, pero próspera y pujante, que desde la llegada al poder de McGregor estrena una monarquía constitucional. Lleva con él varios dibujos y planos de la región, junto con el libro de la constitución de Poyais, despertando inmensa curiosidad entre los crédulos ingleses. Su alteza Gregor I, nombre que ostenta a su llegada a Gran Bretaña, se convierte en un habitual invitado de honor de la nobleza británica, cada vez más interesada en invertir en Poyais. Él comienza a ofrecer llamativos planes de inversión para la joven nación, vendiendo títulos de tierras fértiles a una décima parte de lo que éstos costarían en Inglaterra. Para los compradores, Poyais resulta un destino particularmente atractivo, pues a diferencia de la mayoría de naciones latinoamericanas, ya es un Estado independiente que ofrece estabilidad. El interés de los británicos por la nación fundada por McGregor crece a un inesperado ritmo y las sumas de los inversionistas comienzan a llegar por montones. Pronto es inaugurada una oficina que representa a Poyais de manera oficial y que ofrece a los compradores la posibilidad de adquirir dólares de la nueva nación a bajo costo. Muchos trabajadores invierten todos sus ahorros en las parcelas ofrecidas por su alteza Gregor I, quien en medio de una larga gira por Gran Bretaña ha ofrecido planes para quienes deseen trasladarse y buscar un nuevo futuro en la nación que gobierna. El primer grupo de colonos zarpa con destino a Poyais en 1822 en varios barcos alquilados por el propio McGregor, quien es aclamado con disparos de cañón durante la emotiva despedida. Pero las cerca de 200 personas decididas a viajar con rumbo a la nación donde han destinado todos sus ahorros reciben una noticia desconcertante. El puerto en donde los nativos de Poyais supuestamente los esperan con clamor, no aparece por ninguna parte. No hay rastro alguno de civilización en la costa, distinto al de la selva y los pantanos. Temiendo lo peor, los colonos desembarcan en tierra firme y emprenden la búsqueda del castillo de su alteza Gregor I. Durante el tortuoso paso por la selva, más de la mitad de los aventurados inversionistas mueren por enfermedades del trópico. Los pocos sobrevivientes se encuentran con un puñado de nativos, quienes en medio de la inhóspita naturaleza les confirman su más profunda sospecha: Poyais no existe. Poco tiempo después, tras regarse los rumores de la estafa, McGregor viaja a París y nuevamente relata sus falsas hazañas, convenciendo a los franceses aún desinformados de la realidad, de invertir en el paraíso de Poyais. Sin embargo, las noticias de su fraude comienzan a pisar suelo francés y McGregor decide abandonar Europa, buscando refugio en Venezuela. Reluciendo nuevamente su participación en las guerras de independencia, logra recibir una pensión vitalicia hasta su muerte, a los 58 años. Pocos libros de historia recuerdan la estafa de Gregor McGregor con la ignominia que realmente merece este episodio, catalogado por historiadores y economistas como uno de los mayores fraudes de todos los tiempos. Desde los tiempos de McGregor data el doble rasero de muchas comunidades, débiles a la hora de castigar y sancionar a quienes han causado mal de manera deliberada y han llevado a la ruina a cientos de familias; un mal que se repite y sobrevive en casi todas las sociedades.