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Tras una vida hedonista, volitiva y vitalista, y atormentado por una grave enfermedad y una fuerte depresión, el premio nobel de literatura de 1954, el estadounidense Ernest Hemingway, se suicidó en 1961. El controvertido escritor se disparó con una de sus escopetas, su preferida, a los 61 años.

Luego de ser considerado el fundador del toreo moderno y el más importante diestro de la historia, y obsesivo de la muerte, hipocondriaco y temeroso de la decadencia de la vejez, el español Juan Belmonte se quitó la vida en 1962, un año después de Hemingway. Se descerrajó un tiro con una pistola, de las que cargaba desde joven, a los 69 años.

Fueron amigos. Se profesaron respeto y admiración mutua. Belmonte leyó muchos de los libros de Hemingway, y éste asistió a muchas corridas del “Pasmo de Triana”. Dos genios con vidas paralelas, famosos y exitosos en su oficio, que tuvieron un final similar, no muy feliz. Tal vez sus vidas tampoco lo fueron plenamente. Dos hombres grandes con los claroscuros de cualquier otro ser humano, que interpretaron intensamente la tragicomedia de Eros y Tánatos, y cuyas vida y obra quedaron plasmadas para la posteridad.

El premio nobel menciona a Belmonte en libros suyos como “Muerte en la tarde” y “Fiesta”. En éste lo describe en una de las corridas a las que acudió en Pamplona en la década del 20 del siglo pasado, una de las primeras veces -entre muchas- que fue a disfrutar y conocer a fondo los sanfermines.

“Belmonte toreaba siempre en el terreno del toro, lo cual creaba la sensación de que la tragedia era inminente. La gente que iba a ver a Belmonte buscaba esa sensación dramática, quizá con la esperanza de presenciar la muerte del torero. Años antes se solía decir que si se quería ver torear a Belmonte había que hacerlo enseguida, mientras aún seguía vivo. Desde entonces había matado más de mil toros. Cuando se retiro del toreo surgió la leyenda de su genial toreo”. (“Fiesta”. Colección Premios Nobel de Literatura. Penguin Random House Grupo Editorial. Bogotá, 2019. Pág. 248)

Hube de leer 120 páginas de juergas, romances y aventuras etílicas de jóvenes ingleses y norteamericanos en París antes de llegar al aparente leitmotiv de la novela “Fiesta”: la tauromaquia, la fiesta de los toros, las corridas, los sanfermines de Pamplona. Gringos pequeñoburgueses y esnobistas, escritores y artistas de la llamada generación perdida de la posguerra, a la que pertenecían Hemingway y Francis Scott Fitzgerald, sin más aspiraciones inmediatas que las de beber el mayor número de botellas de whisky o de vino y el mayor número de martinis o de copas de coñac en el mayor número de cafés, bares y hoteles de la capital francesa. Y con la vaga y vanidosa esperanza de llegar a ser algún día escritores o artistas reconocidos y famosos. ¡Qué envidia!

Debo confesar que por momentos me resultó atractiva esta vida cotidiana de los gringos en París, pero por momentos también me pareció reiterativa, opaca, desesperanzadora y aburrida. Con la conciencia de que puedo ser crucificado por blasfemia literaria, debo decir que hubo instantes en que muchos de los diálogos de los personajes me parecieron repetitivos, insulsos y entrecortados y que no conducían sino al vacío y a la oscuridad de sus vidas. Yo también quiero ser valiente como Belmonte y Hemingway, así perezca en el intento. Sí, ya sé que los diálogos de Hemingway -a veces agudos, sugerentes, ágiles, insinuantes, fluidos, recursivos, sintéticos- son algunos de los grandes aportes de su narrativa, pero tampoco se puede abusar de ellos.

Sin embargo, el éxtasis devino en el último tercio del libro en una especie de suerte suprema. Quizás todo estaba preparado para llegar a este momento de arrebato literario y taurino, a modo de lo que ocurre en la faena de un toro. La luminosa prosa del nobel se expresa en todo su esplendor en los últimos capítulos de “Fiesta”, cuando los personajes ya están gozando de los sanfermines en Pamplona. A esto se le añade el condimento de su gran afición, su sensibilidad artística y su profundo conocimiento de los toros. Soberbias y muy taurinas las descripciones del toreo de Belmonte y de las faenas de Pedro Romero.

“Romero continuó como si estuviera dando un curso de buen toreo. Los pases se ligaban entre sí, completos, lentos, templados y suaves. En su toreo no había trucos ni imposturas, ni tampoco brusquedades. En la culminación de cada pase el público se estremecía con una indescriptible emoción interna”. (Pág. 255)

La historia es contada desde el punto de vista del narrador y protagonista Jake Barnes, alter ego del autor, a través de un manejo lineal del tiempo y de una estructura tradicional tripartita: introducción, desarrollo, epílogo. No es casual que el libro se divida en tres partes, como los tres tercios de la lidia y los tres terrenos o círculos concéntricos del ruedo.

Cuando Hemingway publicó la novela en 1926 no sabía que él mismo acabaría con su vida por voluntad propia, aunque lo intuyó tras el suicidio de su padre y de dos de sus hermanos. Tampoco sabía que Belmonte tomaría la misma determinación porque, como muchos, pensaba que el sevillano moriría gloriosamente en un ruedo por asta de toro, al igual que su gran rival y amigo Joselito el Gallo, quien ya le había ganado metafórica y mortalmente la partida en Talavera de la Reina en 1920. 
 

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