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Cuenta la leyenda, como se empieza una historia para recuperar lo ancestral y hablar del pasado, que tras un fuerte diluvio el dios Bochica rompió con su bastón el cercado de piedras y abrió un boquete para desinundar la Sabana de Bogotá y, de paso, crear el Salto del Tequendama.

Una historia de agua mitad tragedia y mitad final feliz, que se puede usar como analogía de lo que pasa actualmente con la ola invernal, en donde parece que sólo una varita mágica podría alivianar  la tragedia.

Si bien ha provocado miedos generalizados y calamidades, el agua ha ejercido una fascinación ancestral y ha sido protagonista de canciones, novelas, poemas e historias que hablan de su poder vital.

Dicen que Bochica era un hombre bueno y que por eso fue llamado para enfrentar el desastre provocado por las lluvias que se extendieron durante tres días y cuatro noches, que amenazaban con acabar con cultivos y animales y ponía en riesgo las humildes viviendas de los moradores de la sabana.

En todas las civilizaciones, el agua ha ejercido un influjo poderoso y es por ello que sabios, idólatras y gente del común han construido narrativas que sitúan al “preciado líquido” como algo simbólico y alegórico de la vida misma.

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Ahora que hablábamos de mitos robustos que se mantienen hasta nuestros tiempos, como el de Bochica, se advierte, por ejemplo, que para la cultura muisca en el agua está el origen de su universo, de la existencia.

Como escribe Diego Arango Ruiz en el artículo “Huitaca, voz el agua y de la tierra”, para las culturas indígenas que habitaron el altiplano cundiboyacense, “el agua es centro de su cosmogonía, es origen y destino, flujo y sostén cósmico de los órdenes de la realidad”.

Fuerza vital y creadora, tragedia y malos presagios al mismo tiempo, una realidad incontrastable que habla de ese carácter tan único y particular que siempre ha tenido el agua y que ahora “este crudo invierno” nos recuerda.

Venimos del agua, como en la historia de Bachué, que salió de Iguaque con su pequeño hijo en brazos para parir los hombres que habitaron el imperio muisca y, luego de cumplida la misión, regresaron al fondo de la laguna que se convirtió -desde entonces- en un lugar sagrado.

El agua ha sido vida para nuestros ancestros, pero también para otras civilizaciones como la griega, en la que tenía un significado ritual y estaba relacionada necesariamente con deidades y dioses.

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La civilización egipcia y la cultura faraónica se construyeron por la fuerza vital del río Nilo, mientras que el río Danubio, recordado por siempre en el vals compuesto por Strauss, se ha convertido en una especie de carretera de Europa, como quiera que atraviesa diez países.

El profesor Arango Ruiz reitera que el agua es cultura por encima de todo y trae a la memoria a Pablo Neruda, quien asegura en uno de sus textos que “el idioma del agua fue enterrado, que las claves se perdieron o se inundaron de silencio y de sangre”.

Ese carácter sagrado del agua ha sido evocado en distintos tonos, cantado y convertido en novelas y en poemas como el de Gabriela Mistral que habla de un agua “dulce, aguda y áspera” y de un “blando país de aguas”.

Federico García Lorca se pregunta “agua, ¿dónde vas?” como presagiando la tragedia, mientras que el poeta brasileño Fernando Pessoa, en contravía de lo que pasa en estos tiempos de invierno, escribe que “llueve en silencio, que esta lluvia es muda y no hace ruido sino con sosiego”.

Haciendo una analogía del poder destructor del líquido vital, la escritora británica Paula Hawkins en su novela “Escrito en el agua”  recuerda como “el pasado tiene el poder de destruirnos”, mientras que  Craig Russell en su libro “miedo en las aguas oscuras” plantea una historia de misterio para develar un asesinato.

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El agua como un símbolo del misterio y de muerte ha sido mirada siempre con reverencia y respeto y es, en todo caso, absolutamente necesaria para la supervivencia.

En tiempos de eternos inviernos, el agua es un pretexto para hablar de la magnificencia de la naturaleza y la precariedad de la existencia de los pobres seres humanos.

Vida por esencia, nacimiento y génesis, pero también tragedia y final. Eso es el agua.

Fuente

RCN Radio

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