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Estamos en los días en los que el tiempo no pasa; nos damos cuenta que somos esclavos del reloj y de la forma de medir el ritmo de la vida.

Ahora que todo parece detenido, aunque la vida sigue su demoledora marcha, la imagen del tiempo puede resumirse en un viejo reloj construido de madera con una inscripción arriba que dice: “El tiempo no existe”.

El minutero y el segundero se quedaron para siempre en el lugar que ocupa la media hora y ahora parecen un hombre cansado con los brazos escurridos. En la parte posterior del reloj, como al final de un abismo, solo es posible reparar en un montón de números arrumados uno encima del otro.

Es como si de pronto la lógica hubiera colapsado y las tres de la tarde se hubiera quedado atrapada entre las ocho y las nueve de la noche y las doce aplastara irremediablemente a las otras horas, que ahora no sirven para nada.

Parece que de pronto la madrugada fuera para cavilar y la tarde para dormir y que los días no existieran y el tiempo fuera entonces un invento del hombre para agobiarse y para ponerle velocidad a todos los asuntos.

Es posible que en las actuales circunstancias tenga vigencia una propuesta que alguna vez hizo el poeta Nadaista  Gonzalo Arango, quien invitaba a los relojeros suizos “a ver si se animan un día de estos a inventar la inmortalidad y dejan de perder el tiempo haciendo relojes”.

Ahora que estoy haciendo el curso de sobreviviente podría inventar una definición de la palabra tiempo, diciendo que “es un lugar dentro del hombre, una flor que crece más allá de lo anhelos y que estrangula los perfumes del alma”.

Esa pesadez con la que pasa la cuarentena nos inspira a veces una estéril sensación de vida y nos muestra una amarga realidad en la que no hay nada, solo nosotros, nuestros miedos intentando sobrevivir y contando un nuevo día como una gran victoria.

Afrontamos este encierro con tan poco y hemos sido capaces de olvidar las cosas vanas, nadie sabe si para siempre, que el futuro ahora es apenas una tibia esperanza erigida a nuestras ansias en el  lugar de las esperanzas perdidas.

Por cuenta del encierro vivimos lo que el escritor japonés Haruki Murakami describe en su libro “Al sur de la frontera, al oeste del sol”, como la enfermedad de Siberia.

Imagínatelo: Eres un campesino y vives sólo en los páramos de Siberia. Trabajas la tierra un día tras otro. A tu alrededor, hasta donde alcanza la vista, no hay nada. El horizonte a norte; el horizonte al este;  el horizonte al sur; el horizonte al oeste. Nada más. Todos los días, cuando el sol sube por el este, vas al campo a trabajar. Cuando alcanza el cénit, descansas y comes. Cuando se oculta tras el horizonte, al oeste, vuelves a casa y duermes”.

La diferencia es que ahora no vamos a ninguna parte, somos náufragos de una isla abandonada en la que ni siquiera podemos tomar el sol y la desesperanza nos corre por dentro como una culpa, porque sabemos que nadie vendrá a rescatarnos.

Como decía el escritor uruguayo Mario Benedetti en uno de sus cuentos "miramos con la misma desesperada resignación con la que Robinson Crusoe veía desfilar los barcos por el horizonte, sabiendo que era tan inútil hacer señales como sentir envidia".

Es posible que en estas circunstancias en las que todos estamos jugando a la eternidad, dar la hora solamente intensifique la angustia de que todo está por terminar.

Mucho antes que el espíritu se agobiara por el paso lento del tiempo, Rosa Girasol hablaba de esos formatos de la radio que combinan inevitablemente una canción y la hora y decía así en un pícaro poema.

Así la vida se va yendo

entre una canción y otra,

y no nos dejan olvidar

que antes eran las 9.05

y ahora son las 9 y 10.

Ahora que parece que el tiempo hubiera dejado de ser indispensable, recuerdo ese momento sublime en el que mi abuelo León parecía hacer magia cuando me daba la hora casi de memoria.

Era como un juego que el viejo sobreviviente de la Batalla de Rionegro, que montaba a caballo a sus noventa años, mirara al cielo para decirme luego: “Son las dos y 25” y lo decía así tan sencillamente, sin siquiera intuir que para mí eso era un acto extraordinario de adivinación.

En este instante en el que el tiempo nos agobia por cuenta de la cuarentena, recuerdo el poema “La Oración de los bostezadores” de Luis Vidales, quien pedía “que el mundo gire al revés y la mañanas sean por las tardes” y en vista del aburrimiento,  que “Dios transfiera sus crepúsculos para las doce del día”.

Como decía Vidales, “no es que estemos cansados de los días y las noches”, pero entretanto podemos adoptar como el himno ese bolero que dice: “Reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer”.

Fuente

RCN Radio

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