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Los delincuentes de cuello blanco –públicos o privados- son los peores: sus ansias de mayor riqueza superan con creces su pobreza ética.

A veces dan ganas de salir con una lámpara encendida como la de Diógenes para recorrer las calles de Bogotá y Colombia a buscar un hombre honesto. Dicen las malas lenguas de la historia que el filósofo griego Diógenes de Sinope, más conocido como Diógenes el Cínico, no lo encontró en Atenas. Evidentemente, corremos el riesgo de tampoco encontrarlo por acá. Claro que, por supuesto, hay hombres honestos en este país. Lo que pasa es que también son muchos los corruptos que le hacen mucho daño, tanto en el sector público como en el privado.

‘Corrupción’ viene del latín “corruptio”, que, según el Diccionario de la Lengua Española, significa: “En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores”. Y ‘robar’, del latín vulgar “raubare”: saquear, arrebatar. Claro, porque robar es una vulgaridad que sólo cometen los rateros, ladrones, pillos, pícaros, bandidos, sanguijuelas que alimentan su putrefacta conciencia con los dineros del erario o de sus semejantes, llámense personas naturales, vecinos, ciudadanos, amigos, enemigos, clientes o socios. Los delincuentes de cuello blanco –públicos o privados- son los peores: sus ansias de mayor riqueza superan con creces su pobreza ética y moral.

Y ya que nos pusimos tan etimológicos y castizos, acá es donde a uno le gustaría espetarles a estas alimañas de la corrupción el muy castizo hideputas que en algunas ocasiones utilizaba el siempre bien hablado don Miguel de Cervantes a través de sus inmortales personajes Don Quijote y Sancho Panza. O usar como sinónimos algunos polisémicos y variados términos criollos, a propósito, por cierto, del lanzamiento en la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá del Diccionario de colombianismos, una encomiable obra lexicográfica adelantada por el Instituto Caro y Cuervo. En este caso podríamos hablar de términos populares y vulgares muy nuestros como coscorrias, gonorreas, gurrupletas, pichurrias o ratas, entre muchos otros apelativos que les casan como anillo al dedo.

Ratas, sí, ratas miserables, desgraciadas, criminales, que asesinan de hambre, de inanición, de enfermedad, de desempleo, de desprotección, de ignorancia, de falta de oportunidades a las víctimas de su corrupción, particularmente los colombianos más vulnerables. Ratas frente a las cuales habría que contratar al flautista de Hamelin para que con su música se las llevara al fondo del río Bogotá o a cualquier otro río del territorio nacional, ya suficientemente contaminados. En “La divina comedia” de Dante, los ladrones y corruptos terminan en el octavo círculo del Infierno, pero estoy seguro que muchos colombianos, en esta vida, estarían de acuerdo en que los ladrones y corruptos terminen en el estiércol que abunda en el fondo de los ríos y caños colombianos. O, al menos, que se pudran en la cárcel.

El país está mamado de la corrupción; yo estoy mamado de la corrupción; usted está mamado de la corrupción; él está mamado de la corrupción; casi todos los colombianos estamos mamados de la maldita corrupción, tanto de la pública como de la privada, que muchas veces van de la mano. Los únicos que no lo están son los malditos políticos y gobernantes de este país o los malditos privados que han robado hasta más no decir a los colombianos.

Odebrech; Reficar; Interbolsa; los carteles de la toga y el sida; el carrusel de la contratación; el desfalco de Colpensiones; el carrusel de la educación en Córdoba; Andrómeda; Saludcoop y la crisis de la salud y las EPS; el robo de los Juegos Nacionales; Agro Ingreso Seguro; la parapolítica; DMG y demás pirámides; las libranzas de Elite, Estraval y las cooperativas de la costa; Dragacol; Foncolpuertos; Fidupetrol; edificios y puentes que se caen, etc. La lista de estafas, fraudes, robos y escándalos de corrupción que anegan, apestan e inundan el país, como el proyecto de Hidroituango, se puede alargar al infinito.

Hasta donde se sabe, muchos de esos casos tienen sus culpables, condenados, responsables o prófugos, aunque no me voy a referir a todos porque no cabria tanto gurrupleta, hideputa y coscorria en esta columna. Baste recordar, sólo por ejemplo, algunos de los más recientes, sonados y multimillonarios escándalos de estafa y fraude privados de Colombia: Interbolsa y las libranzas de Elite International Americas y las cooperativas de la costa, toda una élite de estafadores y bandidos de cuello blanco y alma negra. En el escándalo de Interbolsa salen a relucir las joyitas de Juan Carlos Ortiz, Rodrigo y Tomás Jaramillo (negocio familiar) y Víctor Maldonado. En el de las libranzas de Elite figuran el excongresista Roberto José Herrera y su esposa Delvis Sugey Medina (otra bonita familia), Ana Milena Aguirre, Alejandro Navas, Marino Salgado y el español Francisco Odriozola. Después de 500 años nos siguen robando los chapetones.

Miles de colombianos hemos sido víctimas de estos sinvergüenzas, inmorales que sin ningún reato de conciencia han estafado, esquilmado y empobrecido a otras tantas familias de nacionales que sólo aspiraban a tener una buena rentabilidad de sus ahorros, invirtiéndolos en negocios presuntamente legales y supuestamente vigilados y controlados por autoridades como la Superfinanciera, la Supersociedades y la Supersolidaria.

Mientras llega la hora de su viaje al octavo círculo del infierno, los colombianos esperan que la Fiscalía General de la Nación termine de poner a buen recaudo a estos y a todos los centenares de bandidos comprometidos con escándalos de corrupción, robo, estafa y fraude, y que los obligue a resarcir a las víctimas con los centenares de billones de pesos que les robaron y que tienen escondidos en sus guaridas, en los bolsillos de testaferros -cual mafiosos- y en propiedades regadas en Colombia, en el exterior y en el mísero universo de sus podridas vidas.

Al tiempo con esto, Colombia debe volver y profundizar en una educación humanista, basada en valores, en ética y moral laicas, en el civismo y en el respeto por la ley y los derechos humanos. Y que los colegios y las universidades de carácter religioso -no son pocos en el país- insistan en la enseñanza, aprendizaje, asimilación y cumplimiento de los mandamientos de la fe que profesan -cualquiera que ella sea-, con énfasis para el caso colombiano en el quinto y el séptimo imperativo categórico de la religión cristiana: No matar y No robar.

Por supuesto, hay que fortalecer las penas del Código Penal e intensificar las sanciones sociales, hacer más eficiente la Justicia, y nada de dar beneficios, ni reducción de penas, ni casa por cárcel -casi siempre termina en mansión por cárcel, o casa de lenocinio por cárcel o finca por cárcel- a los hideputas que por sus crímenes económicos han matado a miles de colombianos de hambre o les han cercenado las posibilidades de tener una vida digna y plena.

La corrupción es una de las mayores lacras que sufren los colombianos desde hace varios gobiernos y décadas. No podemos ser tolerantes frente a esta peste. El próximo presidente tiene la palabra, pero antes la tiene usted, amigo elector.

 

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