Por: Fernando Posada En contravía con los principios de una sociedad en donde los ídolos usualmente han sido tercos y llenos de convicción, Bertrand Russell anotó una frase que, cuando menos, debe invitar a dudar frente a un conjunto de valores eternamente enaltecidos por la historia: “jamás daría mi vida por mis creencias porque podría estar equivocado”, escribió. Rara vez hay un personaje más heróico y romántico, en la esencia más estricta de esta última palabra, que un líder que hasta el final se mantiene con firmeza dentro de sus ideas. Sin importar quién sea su contrincante, está decidido a defender su causa y sus principios, entregándoles más valor que a su propia vida. Las historias de guerras, revoluciones e independencias se nutren, casi en su totalidad, de las épicas historias de esos héroes visionarios. Pero está llena de falsas ilusiones la historia de tantos salvadores, vanidosos incluso cuando posaban de humildes, que juraban cargar en sus hombros las preocupaciones y los anhelos de miles de personas. No han sido pocos los casos de quienes dieron sus vidas creyendo a ciegas en causas que con el tiempo solo trajeron consigo desastres. Y el más oscuro resultado de la obsesión humana por encontrar cualidades épicas en líderes de carne y hueso, ha sido la pérdida total de la noción de que cualquier ideología puede estar equivocada. En tiempos modernos, son pocos los que en el marco de discusiones llegan a cuestionar las fallas de sus propias ideas, o si éstas desde sus entrañas dan lugar a contradicciones. Eso rara vez ocurre. El ejercicio del debate de estos días, en medio del caos de las redes sociales y de la polarización en la esfera pública, ha perdido cualquier noción de autocrítica, convirtiéndose en una lucha a muerte por encontrar el error ajeno. Es habitual que desde este espacio de opinión sean puestas en duda algunas de las decisiones de mandatarios como Trump, Maduro y Uribe, que han encontrado en las vías de la democracia la herramienta para instalar políticas autoritarias en las que abiertamente han manifestado creer. Y es usual que sean esos comentarios los que más réplicas reciben, en ocasiones cargadas de tesis contrarias y sólidas, y en otras, acompañadas por ataques carentes de cualquier validez. Uno de los argumentos más frecuentes entre quienes defienden a estos líderes, cabezas del radicalismo en cada una de sus naciones, es que no les tiembla la voz; que su pulso no da lugar a concesiones y que sostienen con firmeza las causas en las que creen. Pero si son estos tiempos tan democráticos como nuestros líderes aseguran, la mano dura no debe ser vista como una virtud. Porque un verdadero líder, antes de demostrar que sus ideas son superiores a las de sus contrincantes, debe velar por el bienestar de la ciudadanía que representa. Y eso implica en muchas ocasiones la capacidad de reconocer errores en sus acciones, y contradicciones en las causas que en algún punto defendió. Significaría un notable paso hacia el progreso humano, si los gobernados deciden alejarse de la búsqueda de rasgos épicos en sus representantes, heredados de los siglos de permanentes guerras, para dar prevalencia a mandatos conciliadores, capaces de reconocer sus fallas. No siempre el que hable más duro, ni el que mejor domine el arte de la retórica estará en lo correcto. Y aunque es cierto que necesitamos de líderes que crean en sus propuestas y que guarden convicción por sus opiniones, también ofrecerían un ejemplar modelo a seguir quienes desde el poder sean capaces de agachar la cabeza en el momento que sea necesario.