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La más grande infamia que hay que reparar

Juan Manuel Ruíz / Foto RCN La Radio

Por Juan Manuel Ruíz

Las cifras  aún son confusas. Se calcula que en África los ingleses, holandeses y españoles, entre otros, secuestraron durante tres siglos a entre 7 millones y 60 millones de personas negras. Que las sacaron de sus tierras porque eran  mano de obra calificada –expertos en metales, como el oro, o en agricultura--, las montaron en los barcos del terror y las repartieron a 4 zonas diferentes del mundo, la mayoría con destino a América. Muchísimas no resistieron y murieron en el camino.

En cuanto a su llegada a estas tierras, Borges resumió el asunto con la precisión de su relato "El atroz redentor Lazarus Morell", que abre su Historia Universal de la infamia: "En 1517 el Padre Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas".

A Colombia llegaron miles de ellos, de origen bantú, especialmente procedentes de Camerún y Senegal. Sus amos, por supuesto, les cambiaron el nombre y les pusieron el suyo. Por eso es común que haya tantas personas negras con los ilustres y presidenciables apellidos Mosquera o Valencia, por ejemplo, en el Cauca o Nariño.

¿Dónde estuvo la gran infamia con estas personas? No necesariamente en el secuestro mismo, en la acción de privar de la libertad a una persona y someterla, transportarla, expatriarla y esclavizarla. No. Fue peor: en que –como se reconoce desde el 2001—ese secuestro al que ahora se denomina como Trata Trasatlántica les negó a las personas negras su calidad de seres humanos y se les convirtió en mercancía.

Ese dato no es menor: si bien la esclavitud existe desde la antigüedad, solo en el caso de las personas negras se habló de sub-humanidad, una condición por debajo del de la sustancia individual de naturaleza pensante, a la altura de animales o cosas.

La brillante doctora  Claudia Mosquera Rosero, integrante del comité científico internacional de La Ruta del Esclavo, un proyecto de la UNESCO que tiene más de veinte años, me refresca varias cosas que son realmente difíciles de asimilar y que me han servido para dibujar gran parte de esta columna. Una de ellas, que ese comercio con personas negras es incalculable, por cuanto la atrocidad del trato de seres humanos como mercancía se cometía tanto en la legalidad como de contrabando, como se hace hoy con la gasolina, los zapatos o las telas.

Luego, cuando se abolió la esclavitud en nuestro país, las personas negras, los libertos, se fueron en busca de condiciones climáticas y geográficas parecidas a las de los lugares de donde provinieron y trataron de recomponer su cultura, sus costumbres, su ámbito, el que perdieron con la tragedia de la infame trata.

Libres, esperanzados en la reconstrucción de su entorno y de sus vidas, segregados y discriminados en extremo, se ubicaron en zonas colombianas a lo largo del Pacífico, como en Chocó, Tumaco, Buenaventura, Puerto Merizalde, Guapi. Como si la carga pesada de su tristeza y su deseo de supervivencia fueran poca cosa, hasta allí les llegaron la guerrilla y los paramilitares. Y los masacraron otra vez, como en Bojayá.

Hace unos días, David Cameron, el primer ministro británico, realizó su primera visita oficial a Jamaica y se encontró con tremendo recibimiento, tal y como lo registra el The Jamaican Observer:  una carta del presidente de la Comisión de la Comunidad Caribeña para reparaciones, Hilary Beckles, dirigida a él, en la que después de saludarlo le recordaba sobre la deuda histórica y moral del Reino Unido con esos estados.

La carta, entre otras cosas, decía: "Le estoy hablando de los legados de la esclavitud que siguen arruinando, debilitando y persiguiendo nuestros mejores esfuerzos para el desarrollo económico sostenible y la rehabilitación psicológica y cultural de nuestro pueblo por los impactos de los crímenes contra la humanidad, cometidos por su Estado inglés y sus ciudadanos en la forma de esclavitud y genocidio de los nativos".

(Ver: carta a David Cameron en The Jamaican Observer http://www.jamaicaobserver.com/news/Britain-has-duty-to-clean-up-monumental-mess-of-Empire--Sir-Hilary-tells-Cameron_19230957)

En Estados Unidos y el Caribe el tema de las reparaciones por la esclavitud está a la orden del día. Allá sí se está pidiendo, individual o colectivamente, que las potencias que cometieron la Trata Trasatlántica de esclavos paguen por lo que hicieron. Los países del Caricom están buscando por ejemplo que les lleguen de los esclavistas los recursos para atender necesidades de salud que son predominantes en personas negras.

Y que, por ejemplo, los financiadores –como grandes bancos—que se enriquecieron con la esclavitud empiecen a pagar por su ilícita y criminal conducta.

Es que no es para menos. Pero me temo que otras infamias y atrocidades como el holocausto judío han tenido mejor publicidad y divulgación que el holocausto negro.

No olvidemos que en Colombia hay cerca de 4 millones 800 mil personas que aceptan ser negras, es decir, el 10.6 por ciento de la población. Y el más grande acto de justicia, ahora que pregonamos nuestra adoración a la talentosísima Catherine Ibargüen, por ejemplo, es repararles con más que amor la infamia que fue el secuestro de sus antepasados africanos y su sometimiento como esclavos. Es lo mínimo que se debería hacer.

No sé por qué a casi nadie le gusta hablar del tema y lo ignora olímpicamente. Quizás es por falta de información, por pesimismo, por arribismo o por convicción. No se sabe qué es peor. Pero lo cierto es que en estos tiempos en que tanto se discute de reparaciones,  de devolverle a la gente la dignidad y bienes que le quitaron con la garantía de que lo que le hicieron no volverá a ocurrir, me pregunto cuándo se hará justicia con las personas negras que padecieron la tragedia de la esclavitud, una de las más grandes de la historia de la humanidad.