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¿Qué hay detrás de tamaña hipocresía que significa transmitir en vivo una tragedia mientras se les manda condolencias a los familiares?

Una tarde en el Caguán, hace veinte años, un colega que cubría como nosotros los diálogos de paz con las Farc llegó a la plaza central -donde nos encontrábamos tomando unas cervezas para mitigar el calor- con una cara larga que demostraba su estupefacción: un par de horas antes, en una reunión con periodistas, uno de los líderes de esa guerrilla había invitado "a los señores de los medios de comunicación que estuvieran interesados" a que presenciaran y grabaran una toma guerrillera.

La propuesta, asombrosa y cruel, hubiera sido tomada como una provocación o un acto de arrogancia, uno más, de los jefes de ese grupo ilegal, de no ser porque algunos de los periodistas que asistieron a ese encuentro, en el que hubo whisky y cerveza venezolana, manifestaron su aprobación y su deseo de transmitir “la realidad del conflicto colombiano”, que fue como se les vendió la famosa idea de asistir, ver y transmitir un holocausto.

¿Transmitir la destrucción de un pueblo? ¿El lanzamiento de unos cilindros-bomba, siempre mal calibrados y ajustados? ¿Narrar cómo caían en las casas vecinas a la estación de policía y derrumbaban todo? ¿Contar cómo caían los policías que se negaban al llamado a rendirse y entregar las armas? ¿Describir cómo podía correr la sangre por la calle y cómo gritaban de dolor los heridos, agonizantes ante un desmembramiento? De por Dios, como diría el habla popular. ¡Llegar a hacer eso con tal de “transmitir una realidad”!

Ignoro si, en efecto, el encuentro se convocó y la cita se cumplió. Pero la sola idea, más que el origen de la propuesta como tal, demostraba unos niveles de sicopatía o de sadismo insospechados tanto en quienes la formulaban como –lo que es peor—entre quienes la suscribían.

Un par de años después, sentados frente a un televisor, millones de personas asistieron en vivo y en directo a la inesperada transmisión de la caída de las Torres Gemelas como consecuencia del atentado terrorista del once de septiembre. Recuerdo que los episodios más comentados eran aquellos que narraban la desesperación de quienes estaban atrapados en los pisos altos del edificio y la decisión que tomaron de lanzarse al vacío con tal de no verse devorados por las llamas.

¿Qué debería hacer la televisión? Los medios de comunicación serios optaron por cortar de tajo ese flanco del espectáculo televisivo y evitar su transmisión. Pero las imágenes están por ahí, rodando en internet. Otros sí lo hicieron, “porque la realidad no se puede ocultar”.

Acá en Colombia, hace unos años fue muy comentada la decisión de grandes medios televisivos de transmitir, sin editar, el video del sicario que acabó con la vida de una valiente periodista de Pitalito, en el Huila: en efecto, un sicario en moto esperó a su víctima, la comunicadora Flor Alba Núñez,  de 31 años, cuando entraba a la sede de la emisora La Preferida y le disparó varias veces, en hechos ocurridos el diez de septiembre de 2015. Todo quedó grabado. El video se repitió varias veces en el reporte televisivo y en redes se volvió “viral”.

En las últimas horas, un episodio terrible trajo de nuevo la conmoción y el debate frente al “realismo” del cual se hace gala para justificar una atrocidad: una agobiada mujer decidió lanzarse con su hijo en brazos desde un puente de la ciudad de Ibagué. Los momentos previos en que la policía y expertos tratan de convencerla de que no lo haga fueron transmitidos en vivo a través de redes sociales. Pero también lo fue su caída al vacío. Medios de comunicación se vanagloriaron de la transmisión que hicieron y muchos otros repitieron el video.

Pregunto: ¿Acaso no hay límites? ¿Qué hay detrás de tamaña hipocresía que significa transmitir en vivo una tragedia como esta y, al mismo tiempo, decir o escribir que se lamenta esa situación y además se les manda saludos y condolencias a los familiares?

¿Qué clase de enfermedad, de aberración es esa? La pretendida ambición por los clics está llevando a esta sociedad a situaciones extremas, en las que no hay principios ni valores, ni siquiera un ápice de caridad por las víctimas y sus familiares.

¿Es eso lo que vende? ¿Es eso lo que da sintonía? A este paso, el periodismo serio, ese que intenta acertar, que intenta hacer lo mejor, que intenta ser equilibrado, mesurado, decente y justo, será –o ¿acaso ya lo es?—un periodismo de nicho, un periodismo para un puñado de nostálgicos y melancólicos que quisieran vivir en un mundo diferente. ¿Cuál será el límite? ¿Llegaremos a transmitir –o ¿acaso alguien ya lo hace?—un aborto, una cremación, una violación masiva, sin reparar en los detalles?

Parece que esta situación no va a parar, sencillamente porque hace rato que se acabaron los límites, que se eliminó la privacidad, la intimidad, la ética, la moral, la caridad, los principios, los valores. Todo eso que en su conjunto conforma cultura y civilización está en entredicho. Nada importa, todo vale con tal de alcanzar dinero, notoriedad y fama.

Fuente

RCN Radio

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