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Al día siguiente de las elecciones, las calles de Chicago amanecieron inundadas de carteles y afiches de Obama, ya en su condición de presidente electo y no de candidato. La ciudad, que no había dormido aún y no lo haría durante varios días, había seguido de largo en medio del frenesí propio de la victoria: había ganado uno de los suyos.

Por eso, las bajas temperaturas de ese noviembre de 2008 para nada importaron, en comparación con el calor que suponía la euforia de un aplastante acontecimiento. Un afroamericano, calmado y soñador, comunicador superdotado, de mirada limpia y diáfana, era ahora el ungido para orientar a Estados Unidos hacia una nueva aurora.

Debió de ocurrir durante la noche; mientras muchos caminábamos por las avenidas, todavía estremecidos por las palabras del joven orador en el estrado del Grant Park, otros, los voluntarios, habían subido a los postes o se habrían encaramado a los árboles para colgar los cartelones.

Toda la Michigan Avenue era un sendero de festones que daban la bienvenida al nuevo mandatario. Los negocios no habían cerrado y era posible encontrar café fresco a las cinco de la mañana en cualquier esquina. Starbucks ya estaba abierto y algunos estudiantes o jóvenes profesionales se apoderaban de sus sillas para obtener wifi y conectarse con sus tareas.

El Congress Hotel, donde nos habíamos hospedado, era un hervidero de fanáticos felices que todavía comentaban los resultados y aplaudían la nobleza de MacCain, a quien veían como un héroe de guerra que había hecho una gran campaña, sincera y ética pero valerosa, con la ilusión de suceder a George W. Bush. No la tenía fácil; el desprestigio del presidente por la guerra en Irak y otras decisiones relacionadas con la lucha contra las drogas anunciaban la inminencia de un cambio de partido, de una nueva mirada al mando.

Con el café entre las manos, para obtener un poco de calor, conversé con algunos de ellos que llevaban carteles de lo que se conocía ya mundialmente como la Obamanía, que reflejaba la tendencia mundial e incontenible que lograba el candidato con el paso de los días. “Llegó el momento, hermano –me dijo un afroamericano que portaba un cartel con la foto de Obama Presidente y una gorra negra de beisbolista-. Se acabó la espera”.

La noche había sido larga puesto que largo había sido el día anterior mientras hacíamos la fila para ingresar al parque. La campaña demócrata había entregado las invitaciones para el discurso de la victoria a través de internet. Debía llenarse un formulario, adjuntar nombres, apellidos, dirección, teléfono, e-mail, e imprimirse la hoja que enviaban de respuesta a manera de aceptación. Esa era la boleta de entrada. Así que desde el martes 4 de noviembre a las siete de la mañana comenzamos a hacer la fila y a eso de las nueve de la noche logramos ingresar. Se calcula que más de un millón de personas lo conseguimos.

No fue fácil, por cuanto a medida que avanzaba el día y aumentaba la excitación ante los resultados crecía también la ansiedad y la inquietud ante la posibilidad de no alcanzar un lugar allí dentro. De modo que cuando después de las nueve de la noche se empezó a escuchar en los altavoces el discurso de MacCain, en el que aceptaba su derrota y felicitaba al ganador, la policía empezó a perder el control. Muchos estábamos por fuera todavía y larga era la fila.

Poco a poco, la presión de la gente se intensificó de tal modo que las barricadas cayeron, las talanqueras se levantaron a la brava y emprendimos literalmente una estampida que pudo terminar en tragedia si no fuera porque pronto el parque se abría como una boca inmensa que engullía a cada quien sin demasiado aprieto.

Pronto logramos un lugar en un montículo desde el cual alcanzábamos a ver un punto allá en el horizonte, alumbrado por las luces de colores, como las que se despliegan en un escenario para iluminar el camino del artista, ya entregado a su público hambriento e histérico. A esa hora yo seguía transmitiendo para la radio los acontecimientos. Desde el teléfono celular con varios cargadores que había dispuesto en mi chaleco, logré captar parte de las emociones de la gente y entregarlas en directo.

El estrado levantado a un costado del parque era sencillo. Constaba de un atril rodeado en semicírculo por banderas de Estados Unidos. Varias pantallas gigantes habían sido desplegadas a los costados, de manera que todos podíamos ver lo que ocurría. De un momento a otro, la espera había terminado. Un maestro de ceremonias rompió el rumor angustioso de los seguidores y anunció: “¡Señoras y señores! ¡El próximo presidente de los Estados Unidos de América!”. Los aplausos y los gritos prorrumpieron al unísono y de la parte trasera del escenario una puerta se abrió. Unos segundos después salieron los Obama.

El presidente electo llevaba un traje oscuro, camisa blanca y corbata. Tomaba de la mano a su hija menor y esta se asía por las manos a su hermana mayor, conducida, a su vez, por la nueva Primera Dama. Durante un largo minuto caminaron por el proscenio y saludaron, sin dejar de sonreír. Luego, tranquilamente, Obama se despidió de beso de su familia y se dirigió al atril. Muy fresco, rozagante, triunfador, vital, guardó unos segundos de silencio y luego saludó. “¡Hello, Chicago!”, dijo, lo que llenó de aplausos y gritos a la ciudad entera.

Su discurso fue breve y claro, el mismo que sostuvo durante su campaña. Llamó a la unidad de todos, demócratas, republicanos, blancos, negros, hispanos, gays. “El cambio llegó a América”, dijo en varias ocasiones y dedicó largos segundos a agradecer a su contendor, a quien elogió por su historia llena de heroísmo. También agradeció a su compañero vicepresidencial, Joe Biden; a su esposa Michelle, a sus hijas, y a toda su familia. Igualmente, a los integrantes de su campaña, a la que denominó “la mejor de la historia. “Pero nunca olvidaré a quién le pertenece realmente esta victoria: a ustedes. Les pertenece a ustedes”, dijo Obama.

Sus seguidores, testigos de ese momento electrizante, ya estaban totalmente hipnotizados por las palabras del joven mandatario. Las lágrimas corrían por las mejillas de casi todos los asistentes que, como si oyeran una sagrada oración emanada de los labios de un pastor iluminado, coreaban el famoso “¡Yes, we can!” que se había convertido en el slogan de la campaña. Obama les prometió salud y trabajo, recuperación de la economía, igualdad de derechos y, sobre todo, unidad nacional por encima de las diferencias. “No somos enemigos, sino amigos”, resaltó, recordando a Lincoln.

Veinte minutos después de haber comenzado, el electo presidente de Estados Unidos terminó su discurso con el resonante “¡God bless the United States of America!”. El show alcanzaba un momento culminante. La música que acompañaba aquel instante llenaba de expectativa la situación. Obama saludaba a su gente, mientras detrás del escenario aparecía Biden, hoy aspirante a derrotar a Donald Trump. En seguida se fundieron en profundo abrazo. Después aparecieron sus respectivas familias y miembros de campaña. Besos y abrazos poblaron aquel estrado, como suele ocurrir en instantes victoriosos, pero efímeros.

Doce años después de aquel acontecimiento, Joe Biden, el vicepresidente de Obama, se acerca a la victoria, pero nadie se atreve a cantarla. Ya Trump dio una sonora sorpresa cuatro años atrás y dejó callado a todo el mundo. Sin embargo, muchos olfatean en el aire el famoso momentum, ese instante único y fugaz en el que todo parece alinearse. De Biden depende no estropearlo.

Fuente

RCN Radio

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