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No quiero ser aguafiestas o “spoiler”, como dicen ahora con este horrible y colonialista anglicismo.

“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas”.

No lo dijo ningún político erudito o con cierto nivel de sindéresis, de los que ya no quedan ni en Colombia ni en el mundo. No lo dijo ningún lúcido presidente por estos interminables días, semanas y meses de pandemia del coronavirus, de peste y cuarentena; y de presidentes. Lo dijo el premio nobel Albert Camus hace 73 años en su novela “La peste”, tan de moda nuevamente.

La peste; la peste de la guerra que tantos muertos ha dejado; la peste de los dirigentes, políticos y gobernantes corruptos que ha dejado más muertos que la peste del coronavirus y ha sido causa de la peste de tantas guerras y de la peste de tantas pestes. No es sino que repasemos nuestra apestada historia.

“A partir de ese momento, se puede decir que la peste fue nuestro único asunto”.

Como si fuera hoy, también lo dijo Camus cuando publicó su novela en 1947. El covid-19 es ahora el tema recurrente de las conversaciones cotidianas y virtuales de los confinados. Ni los medios hablan de otra cosa. Pretender que te publiquen una nota cultural, literaria o de música clásica es tan difícil como salir a la calle. El aislamiento también se le ha aplicado a la cultura en los medios.

“El parte contenía: ‘Declaren el estado de peste. Cierren la ciudad’”.

No crean que este fue el decreto de la alcaldesa Claudia López o el del presidente Iván Duque, que se demoró en cerrar la ciudad, el aeropuerto y el país. Fue el que se expidió en Orán, “una ciudad como cualquier otra, una prefectura argelina en la costa francesa y nada más”. Esto en el marco de la ficción documentada, imaginada y premonitoria del premio nobel de literatura. Creo más en las historias novelescas de los grandes autores, como Camus, que en la historia amañada de los politiqueros de oficio. Es más verosímil el ascenso al cielo de Remedios La Bella en el Macondo de “Cien años de soledad” que las epidémicas cagadas registradas históricamente en los anales del Congreso. (Perdón por lo de anales, y por lo de Congreso). ¿Conocen algo más apestoso que esa cueva de Alí Babá, que ese nido de ratas? ¿No será que de allá salieron esos vampiros chupasangre que inocularon el coronavirus a los colombianos? No todos, por supuesto: hay algunas honrosas excepciones.

“Algunas unidades del Ejército ejecutaron durante varios meses uno de los casos de espionaje más delicados en la historia reciente del país”.

No, esto no lo dijo Camus ni en su novela ni en ninguna parte. Este es un fragmento del informe de la Revista Semana sobre la peste de las chuzadas, “perfilaciones” y “trabajos especiales” hechos por unidades de “inteligencia” y “contrainteligencia” del Ejército colombiano a periodistas -nacionales e internacionales-, políticos opositores, magistrados, defensores de derechos humanos, directores y miembros de ong, sindicalistas e incluso a exministros, oficiales de las Fuerzas Militares y funcionarios de la Presidencia. Un operativo ilegal, tenebroso y antidemocrático, contrario a la Constitución Nacional y al Estado de derecho. Otra peste que se repite producto del fanatismo, la ignorancia, la paranoia, los odios ancestrales, la codicia del poder, el fascismo y el autoritarismo de sus responsables, tanto de los materiales como de los intelectuales. Sobre todo de estos últimos, de quienes ordenaron adelantar esta burda labor de espionaje propia de regímenes totalitarios. ¿Lo sabremos algún día? ¿Serán los mismos vampiros de la peste o serán otros vampiros chupasangre? ¿Serán los mismos a quienes iban dirigidos esos informes? ¿A quiénes iban dirigidos? ¿Qué iban o qué van hacer con esa información ilegal? ¿Hay garantías en Colombia para el ejercicio libre del periodismo y la oposición democrática?

Pero sigamos con la peste, la pandemia del coronavirus, la epidemia, la plaga que nos ocupa en este confinamiento inverosímil pero necesario. Ya se está hablando del levantamiento de la cuarentena en varios países del mundo, entre ellos Colombia; ya están perfilando cómo será la apertura gradual de la actividad económica y comercial, pese a que algunos expertos, científicos y epidemiólogos no lo recomiendan. Ya algunos están celebrando, sin pruebas ni evidencias, la terminación de la pandemia del convid-19. Ojalá, pero la evidencia de las cifras de contagios y muertes y la prospección de las tendencias epidemiológicas en el mediano plazo demuestran lo contrario.

No quiero ser aguafiestas o “spoiler”, como dicen ahora con este horrible y colonialista anglicismo. Estoy seguro de que Camus tampoco lo quería ser.

“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.
 

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