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Poéticos rayos místicos han alumbrado el universo metafísico de la poesía y del alma humana.

Con la poesía pasa como con la mujer, que es poesía pura. Se destina un día internacional para celebrarla, pero debería celebrarse todos los días de la vida porque, como la mujer, nos inspira y engrandece, y la amamos y necesitamos.

El pasado 21 de marzo, como todos los 21 de marzo desde hace veinte años, se celebró el Día Mundial de la Poesía. Una etiqueta que fue tendencia en redes sociales (Twitter) durante buena parte del día, así como también lo fueron Serrat, Mediterráneo, Alejandra Pizarnik y la IX Sinfonía de Beethoven. Ese día dije en un trino que no todo estaba perdido, pese a nuestra prosaica y anodina realidad, si estas etiquetas habían sido tendencia el mismo día en una red como Twitter y en un país como Colombia.

El Día Mundial de la Poesía, propuesto en 1999 por la Unesco, se celebra con el propósito de exaltar la belleza, consagrar la palabra esencial y profundizar la reflexión sobre el ser y la vida. Como exclama Gabriel Celaya (“La poesía es un arma cargada de futuro”) sobre su imperiosa necesidad:   

“Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día, 
como el aire que exigimos trece veces por minuto, 
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica”.

La poesía ha iluminado al hombre desde el origen de los tiempos y en las más esplendorosas épocas de la historia, pero también en las más oscuras. Poéticos rayos místicos han alumbrado el universo metafísico de la poesía y del alma humana, como lo expresa Santa Teresa de Ávila en un arrebato devocional:

"Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero".

Muchas definiciones formales se han dado sobre el concepto de poesía, de las cuales me gustaría destacar la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), que más o menos coincide con lo que todos pensamos: “Manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa”.

Pero, incluso, la acepción sexta del DRAE va más allá y trasciende el ámbito de la palabra: “Idealidad, lirismo, cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza, manifiesta o no por medio del lenguaje”. Esto significa que en un sentido más amplio el concepto de poesía incluye aspectos de la existencia que no están sujetos a la palabra: una mujer, un atardecer, la sonrisa de un niño, una pintura, el amor, la música, la vida, que pese a todo también puede ser poética.

He asociado un par de veces a la mujer y el amor con la poesía, como suele acostumbrarse, y qué mejor que sea un colombiano, José Asunción Silva, tal vez el más grande poeta nacional, el que nos ilustre esta imagen con uno de sus Nocturnos inmortales:

“¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía
allí ni un solo rayo… Temblabas y eras mía
Temblabas y eras mía bajo el follaje espeso,
una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
el contacto furtivo de tus labios de seda…”.   

Hay poetas que han escrito poemas que luego han sido musicalizados; hay cantantes que han cantado esos poemas, y hay cantautores que han escrito canciones que son unos verdaderos poemas. Joan Manuel Serrat, quien se presentó por estos días en Medellín y Bogotá en feliz coincidencia con la celebración del Día Mundial de la Poesía, pertenece a los tres grupos: es un enorme poeta y cantante, y cantó y popularizó como nadie la poesía de Antonio Machado, Miguel Hernández, Mario Benedetti y León Felipe, entre otros.

Por eso, todos seguimos cantando por estos días los versos de su entrañable Mediterráneo, que muchos consideran la canción-poema más bella jamás escrita y cantada en lengua española:   

“Quizás porque mi niñez
Sigue jugando en tu playa
Y escondido tras las cañas
Duerme mi primer amor
Llevo tu luz y tu olor
Por dondequiera que vaya
Y amontonado en tu arena
Guardo amor, juegos y penas”.

A propósito del mencionado Machado, otra coincidencia feliz por estos días fue la de que el pasado 22 de febrero se conmemoraron los 80 años de la muerte del universal poeta andaluz. Cómo no recordar ese poema, precisamente popularizado por Serrat, que alude en lenguaje simbólico al mar como símbolo supremo, como misterio infinito; al viajero que hace el camino buscando su propia identidad, y al devenir del tiempo cronológico y del tiempo poético:  

“Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar”.

La principal pretensión de esta columna es la de rendir un homenaje –modesto- a la poesía y dejar que esta y los poetas hablen por sí mismos. “Qué tengo yo que hablarte, comandante, si el poeta eres tú”, como dice el juglar cubano Pablo Milanés. Un pequeño e insuficiente, pero motivador –espero- recorderis para que leamos y enriquezcamos nuestra vida con más poesía. 

Los primeros vestigios de poesía escrita se remontan a unos jeroglíficos egipcios creados 25 siglos antes de Cristo, de cuyas particularidades no conocemos mayor cosa. Los que sí conocemos hoy, en cambio, al menos fragmentariamente, son los poemas apasionados de Safo, una de las más célebres poetisas de la historia, escritos seis siglos a.C.: 

“El sudor me cubre, un temblor
se apodera de todo mi cuerpo y tan pálida
como la hierba no muy lejana de la muerte
me parece estar”.

No puedo mencionar acá a los centenares de colosales rapsodas que en el mundo han sido porque, de ser así, esta columna se convertiría en un ensayo o en una antología poética; y lejos de esa pretensión. Lo que sí puedo mencionar es algunos nombres al azar que sirvan de motivación para, una vez terminada esta columna, proceder a leerlos o releerlos: por ejemplo, los colombianos León de Greiff, Barba Jacob, Aurelio Arturo, Piedad Bonnet, Darío Jaramillo o Juan Manuel Roca; los latinoamericanos Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz, Rubén Darío, Gabriela Mistral o Vinicius de Moraes; los españoles Luis de Góngora, Garcilaso de la Vega, Quevedo, Jorge Manrique, García Lorca o Miguel Hernández; de otras latitudes como Homero, Kavafis, Fernando Pessoa, Shakespeare, Walt Whitman o Baudelaire. Con estos tenemos, por ahora, para solazarnos

Pero antes de terminar, y ya que este 28 de marzo se rememoraron los 77 años de la muerte trágica del español Miguel Hernández, al que también cantó Serrat –qué mano de coincidencias y casualidades a propósito de la poesía-, recordemos con dolor el áspero sabor de la cebolla y el hambre:

“La cebolla es escarcha 
cerrada y pobre. 
Escarcha de tus días 
y de mis noches. 
Hambre y cebolla, 
hielo negro y escarcha 
grande y redonda”.   

La columna ha llegado a su fin –espero que no por fin, aunque pudo no terminar; de hecho no la quería terminar, pero me toca-, así como la vida también tiene su final. Y la poesía no solo le ha cantado al amor, a la vida, a la mujer, a la pasión; también le ha cantado a la muerte, a través de elegías, o al anticipo o cercanía de la misma, como lo hace Joan Manuel Serrat –quién más- en su bello Mediterráneo:

“Ay, si un día para mi mal
Viene a buscarme la parca
Empujad al mar mi barca
Con un levante otoñal
Y dejad que el temporal
Desguace sus alas blancas
Y a mí enterradme sin duelo
Entre la playa y el cielo
En la ladera de un monte
Más alto que el horizonte
Quiero tener buena vista
Mi cuerpo será camino
Le daré verde a los pinos
Y amarillo a la genista
Cerca del mar, porque yo
Nací en el Mediterráneo”.

O como lo anticipó Vallejo, el gran aedo y profeta peruano:

“Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo”.

 

Fuente

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