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La historia de cómo la radio promovió la guerra civil en Ruanda, considerada como la más grave crisis humanitaria de finales del siglo XX.

Si las cucarachas se esconden en las escuelas, con que llenaremos las tumbas”, era una de las frases con las que los locutores de la Radio Televisión Libre De Las Mil Colinas de Ruanda invitaban, fríamente, a asesinar a los tutsis durante la violenta guerra civil que se registró con los hutus, entre abril y julio de 1994.

A Mil Colinas se le conoce como la radio del odio y sólo hay que recordar algunos de los mensajes que emitían invitando a degollar a los tutsis, a quienes calificaban también como serpientes y ratas: “Los tutsis no merecen vivir, hay que matarlos”, “a las mujeres preñadas hay que cortarlas en pedazos y abrirles el vientre para arrancarles el bebé”.

Varios meses antes, los periódicos publicaron los denominados Diez mandamientos hutus con llamamientos a exterminar a los inyesi, las cucarachas tutsis, y luego la radio fue un instrumento de odio que potencializó las bárbaras masacres perpetradas con machete.

En 1996, en un artículo publicado en el Diario El País de España, el periodista polaco Ryszard Kapuscinski dice que “de todo cuanto oyen y leen los europeos sobre Ruanda, lo único que es rigurosamente cierto es la tragedia de su población. El resto está contaminado por una ignorancia casi total”.

Y aclara que los hutus y tutsis no son tribus ni etnias, sino que se trata más bien de una estructura social en la que los tutsis son los propietarios de grandes rebaños considerados como una especie de aristócratas y los hutus son la casta de los pobres que ejercen oficios de agricultores.

En sólo cuatro meses esta guerra ruandesa se convirtió en una de las mayores catástrofes humanitarias de finales del Siglo XX, que dejó un balance de un millón de muertos, el 13 por ciento de la población, y más de millón y medio de refugiados, que en un buena parte murieron de hambre y malaria en campamentos de Zaire.

El periódico El Tiempo relataba entonces que “el conflicto se desencadenó por el asesinato del presidente Juvenal Habyarimana, de la etnia hutu (85 por ciento de la población) y en el poder desde 1973. La acción fue ejecutada por el Frente Patriótico Ruandés (FPR), movimiento guerrillero tutsi, que terminó ocupando Kigali, la capital, y asumiendo el poder, el 18 de julio”.

A Habyarimana lo acompañaba el presidente de Burundi, Ciprian Ntayamira esa noche del 6 de abril de 1994, cuando el avión en que viajaban fue alcanzado por dos misiles en momentos en que aterrizaba en el aeropuerto de la capital ruandesa.

Este episodio desató “una verdadera carnicería” de la etnia hutu contra los tutsis, a quienes responsabilizaron de la muerte de los dirigentes políticos. Y fue entonces cuando la radio se convirtió en el factor preponderante para avivar la persecución  y el asesinato.

Según datos revelados por Human Rights Watch, sólo el 21 por ciento de los hogares tenía radio en Ruanda al inicio de la década de los 90 y por ello algunos analistas consideran que la tragedia hubiera sido de características inimaginables, si la cobertura de la radio hubiera sido mayor.

Si las tropas oficiales y las hordas hutus descubrían que una persona no estaba escuchando Radio Las Mil Colinas, era asesinado sin fórmula de juicio.

Bajo estricta vigilancia militar, por lo menos seis locutoras se encargaban de lanzar al aire las consignas de muerte y leer los listados de quienes consideraban cómplices de la rebelión tutsi del Frente Patriótico Ruandés, para que los hombres de los interhamwe, el grupo paramilitar que se formó de la mano dizque del Movimiento Nacional para el Desarrollo, los militares y los vecinos ejecutaran lo que era prácticamente una sentencia de muerte.

Las locutoras que trabajaban 24 horas en la radio han reconocido sus culpas y cumplen cadena perpetua por complicidad e incitación al genocidio.

La periodista Gemma Parellada en un artículo titulado “la radio del odio, fomentando la muerte”  recoge el testimonio de una de esas locutoras identificada como Valerie Bemeleki, quien confiesa: “No decíamos id a matar, sino a trabajar. Ir a trabajar era el sinónimo que usábamos a menudo para animar a la gente a asesinar”.

Asegura que después de la caída del avión que llevaba a los presidentes de Ruanda y Burundi,  todas las autoridades aseguraban que los tutsis tomarían el control del país y asesinarían a los hutus.

Duele comprobar la sinceridad de esta locutora que es capaz de asegurar que en ese contexto llamar a matar a los tutsis “nos salía de lo más profundo del corazón”.

El mundo indolente puso su mirada en otros fenómenos globales, mientras los ruandeses se eliminaban a golpe de machete y por eso Kapuscinski asegura que como no hubo libros y muy pocos académicos se ocuparon del tema, se creó una imagen virtual en la “millones y millones de personas en todos los continentes aprendieron una historia irreal de esos acontecimientos a través de las noticias que mostró la televisión. Esa construcción ficticia fue la única que conocimos”, destacó.

Esta es una página dolorosa de la historia moderna promovida por la radio. Pero, sin embargo, siempre hay tiempo para la rectificación y la reconstrucción.

Es posible que las heridas no hayan sanado del todo, pero hay que destacar que en la vecina Burundi se vienen trabajando en la reconciliación después de la tragedia y el resultado fue la creación de la emisora Palabras Sabias, que funciona en la ciudad de Kirundi desde 1995.

Un grupo mixto de hutus y tutsis trabaja en la producción de programas de radio para promover el diálogo y la paz.

Fuente

RCN Radio

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