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En aquellos tiempos, Jesús decía a los discípulos que salieran a predicar por el mundo y a dar a conocer la palabra. La práctica derivada de ese mensaje tiene más o menos mil novecientos ochenta y siete años y, obviamente, como todo en el mundo de los hombres, ha enfrentado cambios inevitables y ha sufrido transformaciones y polémicas.

Desde el punto de vista de la teología, la Iglesia fue fundada el primer viernes santo, el que conocemos por la muerte de Jesucristo en la cruz. De esta manera, recuerda el teólogo Ludwig Hertling, se extinguió el Antiguo Testamento y comenzó una nueva etapa o un nuevo orden, una nueva narrativa.

Sin embargo, los historiadores dicen que hay que mirar las cosas desde más atrás, por cuanto la Iglesia como tal habría comenzado cuando Cristo eligió y convocó a los apóstoles y estos comenzaron, a su vez, a aplicar las enseñanzas que habían recibido.

Esto significa, en la práctica, que Jesús fue armando desde el comienzo los cimientos para el futuro de la Iglesia, y lo hizo convocando inicialmente a los setenta y dos discípulos, que eran hombres de su entera confianza que iban de sitio en sitio, de pueblo en pueblo alistando y preparando la visita del Maestro. Después, escogió a los apóstoles o mensajeros que tendrían una misión a futuro, como era la de difundir y preservar el mensaje divino.

Igualmente, para su labor Cristo no designó un lugar específico para la liturgia o para los rituales que siempre han acompañado a la Iglesia. No había un templo o tabernáculo para el culto, como sí ocurría con los judíos. Por esa razón, las primeras reuniones se hacían en las casas. Allí, con varias lámparas iluminando el recinto, lo que le daba un aire de solemnidad, se daba paso a la lectura de la palabra o a la reflexión sobre las enseñanzas del Mesías.

Las primeras misas solían ser larguísimas, de horas enteras, lo que contrasta enormemente con las prácticas de hoy, que entre más breves más acogida tienen y más popularidad alcanzan. Y la liturgia, la ritualidad que acompañaba a la celebración de la misa, también fue cambiando. Desde la celebración inicial exclusivamente los domingos, hasta la práctica de la misa diaria que aún perdura en algunas regiones.

En relación con la Semana Santa, tenía intención de ser unos días de recogimiento, de reflexión, de vivencia personal sobre los mensajes que estaban plasmados en las Sagradas Escrituras, relacionados con la pasión de Cristo y, lo más importante, su resurrección. Durante siglos, esa intención se mantuvo. Muchas prácticas eran consideradas impuras, como comer carne, y dedicar tiempo a actividades distintas a la de la entronización del mensaje era algo mal visto y castigado.

Los países de mayoría católica prácticamente se paralizaban durante la semana mayor. No había clases en las escuelas, en muchas empresas no se trabajaba desde el lunes, la programación de la televisión se dedicaba enteramente a temas religiosos, hasta el punto de que “Ben-Hur”, de 1959, con más de tres horas y media de duración, ha sido una de las películas más vistas de la historia, por la fuerza de la costumbre de presentarla en esos días.

Igual ocurría con la radio. Durante décadas, las grandes cadenas radiales colombianas, por ejemplo, dedicaban su programación a transmitir música clásica o, si tenían cómo, a transmitir en directo las misas y las procesiones, y el célebre “Sermón de las siete palabras”, en la voz de monseñor Augusto Trujillo Arango, que dejó una impronta en esos menesteres.

El fútbol, como deporte universal –o esa otra religión- también cesaba sus actividades durante la Semana Santa. Hoy en día, hay fútbol a todas horas, jueves y viernes santos incluidos, y mucho más el domingo de Resurrección.

En el siglo XX, los cambios de los tiempos marcaron una ruta signada por el descenso en el número de fieles, y los escándalos que han rodeado al “gobierno de la Iglesia”, si bien el término no es exacto, también impulsaron esa tendencia. Pero baste decir que en seiscientos años no se daba la renuncia de un papa, y en tantos siglos nunca se había escogido a un papa latinoamericano –del continente que es la esperanza del catolicismo—para regir sus destinos.

La Semana Santa de hoy es más de receso que una semana de reflexión religiosa. A juzgar por las prácticas del momento, con un auge inusitado del turismo para esos días –con la excepción de las dos que han caído en plena pandemia—se erige como ese lugar en el calendario para planificar unas vacaciones o un viaje. Lo puramente religioso pasó a ocupar un lugar reservado para las anécdotas.

Fuente

RCN Radio

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