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cgonzalez
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Desde que tengo memoria el monumento a Los Héroes y El Palacio del Colesterol hicieron parte del ADN de mi vida y por supuesto de la de millones de bogotanos.

No soy de Bogotá, pero como si lo fuera. Nací en Zipaquirá, a solo 30 kilómetros de la capital, y como muchos habitantes de la sabana, ir y venir a la ciudad hacían parte de una rutina permanente. 

Recuerdo nítidamente el ingreso hace años por la autopista norte se pasaba por debajo del tercer puente y en ese punto, la avenida se convertía en una recta interminable flanqueada por decenas de venerables eucaliptos que tenían como glorioso final a Los Héroes, con Bolívar cabalgando al impetuoso Palomo

Esa mole era como una aparición al terminar el paso por La Castellana, El Polo y El Virrey.
Los Héroes eran el final de la autopista norte, pero el comienzo de la Bogotá profunda. Ahí se desprendían por un lado, la Caracas y su congestionado camino hacia Chapinero, Teusaquillo y más allá el centro y por el otro, la calle 77 ruta necesaria hacia El Lago, El Country y otros barrios tradicionales. Hacia el occidente la calle 80, la Escuela Militar de Cadetes, Entrerríos, Bolivia y la ciudadela Colsubsidio.  

Imposible no conocer un bogotano que se haya puesto cita en Pan-paran-panpan para tomarse un tinto y aprovechar para llevar roscones y chicharronas, ¿qué paseo de colegio o universidad no tuvo como punto de encuentro Lámparas Baccarat?, Los Héroes era como la sala de la casa, todo pasaba por ese lugar. 

No solo allí se rendía homenaje a Bolívar y las batallas que significaron la libertad para cinco naciones, también confluía el día a día de la ciudad, que como cualquier otra tiene símbolos, memoria, espacios, en los que al fin de cuentas pasa la vida; como pasó la vida en el Palacio del Colesterol, sí, su peculiar nombre se convirtió en un verdadero referente de la ciudad. Suponer ir a El Campín a ver jugar a Santa Fe o Millonarios sin pasar por una de sus casetas y comerse una gallina o una buena picada de fritanga, era un verdadero despropósito. 

Antes del partido el lugar servía para diseñar la táctica ganadora y la nómina ideal, derecho adquirido por cualquier hincha, y después del partido para refunfuñar por la desgracia de la derrota o celebrar la felicidad del triunfo, en cualquier caso, siempre unidos por una canasta de cerveza y una buena dosis de morcilla y longaniza. 
No había nada en el mundo futbolístico que esa mezcla no pudiera solucionar, al final, todos, rojos y azules, subían por la calle 57 abrazados entre carcajadas retándose para el próximo clásico, pero eso sí, sin falta cumplirían la cita en el Palacio del Colesterol. Algo más bogotano, imposible.

Las razones de la desaparición de estos dos íconos resultan irrelevantes en este momento, porque más allá de la prematura destrucción de Los Héroes a manos de decenas de vándalos en las jornadas de protestas o el cierre del Palacio del Colesterol por temas de pandemia y después por decisiones oficiales, que aún cuesta entender, lo que realmente sorprende es la indolencia con la ciudad. 

Que por ahí va a pasar la línea del metro, dicen unos refiriéndose al histórico monumento, que las casetas del comedero más famoso de la ciudad darán paso a una alianza público - privada, dicen otros, francamente hoy eso no importa, porque con o sin razón duele ver cómo el deterioro de Bogotá sobrepasa los límites de la inseguridad, el abandono de las calles y el atraso en las obras, también estamos perdiendo la esencia, eso que nos hace ciudadanos de algún lugar.

Los Héroes no se empezó a perder con la ruta del metro, se perdió cuando un enjambre de violentos lo convirtió en blanco de su desenfreno y no hubo una sola autoridad que intentara salvarlo, como ninguna autoridad intenta salvar a las 12 familias que por generaciones han vivido de la venta de comida en el Palacio del Colesterol, como ninguna autoridad intenta salvar nada en esta ciudad, porque a la gente la matan en las calles o le roban el trabajo de toda una vida y eso no amerita un pronunciamiento de alguien. 

Con cada mazazo no solo se derrumba un muro, se derrumban años de historia y parte de nuestra memoria; no solo se transforma un paisaje, se transforma una forma vivir. Se nos volvió normal que a punta de mazazos nos impongan cosas. 

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