Por: Fernando Posada El tsunami mediático que permitió el surgimiento de Donald Trump en cuestión de meses, mostró su radical y poco humanista talante, dando lugar a una ola lamentable que dejó a un lado la esperanza e identificó a los más desentendidos y desesperados. Y entonces ocurrió lo que todos habíamos creído impensable. En cuestión de pocas horas, miles de medios de comunicación y líderes mundiales que durante la campaña habían ridiculizado a Trump, terminaron transformando sus posiciones frente a él. Ya no era el pintoresco candidato que a cualquier hora lanzaba discursos polémicos, registrados en tono burlesco por los medios de comunicación, sino el mandatario de la nación más importante del mundo. Y comenzaron entonces los buenos deseos cargados de oportunismo, la lambonería y las sonrisas por conveniencia. Hasta en eso parecía Trump haberle ganado a sus detractores, quienes no tuvieron otra opción que reconocerlo como presidente y bajarle al tono. Desde entonces es percibido como un hombre virtualmente invencible. Pero detrás de la fachada aparentemente ganadora y ruda de Trump, también existe un lado débil que pocos han insistido en explorar. Y es que el hombre que más da de qué hablar en el mundo siente un profundo miedo por lo que ocurre en los salones de la propia Casa Blanca y del Capitolio de Estados Unidos, a escasos metros de la oficina Oval. Porque para llegar al poder saltó todos los pasos por los que los políticos de carrera con aspiraciones presidenciales han tenido que avanzar lentamente, causando inmensa discordia en el interior del Partido Republicano. Y es precisamente a sus propios compañeros de partido a quienes más teme Trump, pues su afiliación republicana es de corta data y muy pocos pesos pesados de la derecha norteamericana son realmente leales a él. El presidente tiene además en su contra la falta de experiencia en la política, haciéndolo propenso a muchos errores de ejecución durante sus primeros días de gobierno. Los republicanos saben que tienen el poder en manos de un presidente políticamente débil y su estabilidad en buena medida dependerá de la capacidad de Trump de contenerse y de satisfacer la voluntad burocrática de su partido. Aunque el mundo entero cree que Trump no le teme a nadie, su miedo más grande está en el interior de su partido e incluso tiene un nombre propio: su vicepresidente Mike Pence, a quien nombró en el cargo de manera estratégica para conseguir el apoyo republicano. Porque Trump está acostumbrado a causar escándalo con sus palabras y acciones, pero no tiene certeza de la solidez del apoyo que su partido esté dispuesto a ofrecerle en los tiempos difíciles que le esperan, como a cualquier otro gobernante en el mundo. El fuego amigo no es un escenario impensable, especialmente si un gobierno eventualmente desastroso y problemático de Trump se convierte en un problema para la credibilidad política del partido Republicano. Por eso el presidente sabe que si busca mantenerse en el poder tiene que complacer a su propio partido con incluso mayor prioridad que a la opinión pública.