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El jueves cinco de agosto del 2021 el mundo del fútbol amaneció con la estremecedora noticia de que Lionel Messi no continuaba en el Barcelona F.C., su club de toda la vida. Había crecido allí y se había llenado de gloria con sus triunfos y sus goles. El propio equipo nunca había tenido una era de victorias tan resonantes como las que lideró Messi con varios técnicos, entre ellos su favorito, Pep Guardiola.

Obviamente, era una noticia que tarde o temprano tenía que pasar. Los ciclos, todos los ciclos, tienen principio y fin. Incluido el de Messi con el Barcelona; fueron tantas las tardes gloriosas que nadie quería llegaran a su fin. Eso es normal. Lo que no es tan normal es la manera como se puso fin a esa era, que fue feliz. Porque aquí no se trata del fin de un mandato, por ejemplo, de un gobierno, sino de una etapa que llenó de alegrías a mucha gente en muchos países del planeta.

La presencia de Messi en el Barcelona y de otros latinoamericanos que lo secundaron en su momento, como Luis Suárez, hizo que simples y sencillos aficionados al fútbol en Bolivia, Paraguay, Colombia, Perú, Argentina, siguieran domingo a domingo las incidencias de un encuentro en el que Messi estuviera en la cancha sin importar quién era el rival.

Lo que importaba era ver jugar al mago, deleitarse con sus gambetas, la precisión de sus pases, la preciosidad de sus goles. Llevar la camiseta del Barca, original o una copia, era un asunto normal en pueblos lejanos. Ese era el mensaje de Messi y su equipo; ese es el mensaje del fútbol y de todo lo que se convierte en una diversión para las masas. Sin límites, sin fronteras.

El domingo siguiente, ocho de agosto, Messi compareció ante un grupo reducido para dar sus últimas palabras. Estaban allí sentados su familia, los compañeros de equipo, directivos y decenas de periodistas. Pero no estaba la gente, el fanático que lo ovacionaba desde la tribuna, el aficionado que lo aplaudía o lo lloraba desde la gradería cuando lo veía, cuando lo saludaba, cuando lo celebraba: el efecto romántico y enfermizo que suelen crear en sus seguidores este tipo de ídolos.

No. Messi, en una corta intervención, se quejó decentemente de que las cosas terminaran así. “Hice todo lo que pude para quedarme”, dijo, pero no se pudo. El club, simple y llanamente, consideró cerrado un ciclo. La fiesta se acabó, cesaron la música, apagaron las luces y todo el mundo se fue para su casa. Literalmente. Salvo las de Messi, las cámaras no mostraron las lágrimas de los directivos del club. Para ellos, el equipo estaba al borde de la quiebra, no había cómo pagar el salario de la megaestrella, había que hacer ajustes, y listo. Fin de la historia.

El martes siguiente, diez de agosto, menos de ocho días después de que ese cuento se acabara, comenzaba otro, con una simpleza asombrosa: el PSG, uno de los clubes más ricos del mundo, anunciaba que había contratado a Messi. Por la mañana, temprano, el jugador voló junto a su familia, de Barcelona a París, la ciudad que ya era una fiesta cuando se confirmó la noticia. Todo se paralizó, la vida cotidiana de los parisinos se vio interrumpida por la electrizante presencia del ídolo, el nuevo rey de Francia, el llamado a regentar la monarquía del fútbol, a la cabeza de un equipo de estrellas que se rinden a sus pies.

¿Y la despedida? No la hubo. Quizás los latinos que somos tan románticos --¿o tan cursis?—pensábamos que bien hubiera valido la pena un adiós y una furtiva lágrima colectiva, en un estadio a reventar, lleno de viejos amigos del ídolo. Pero los empresarios, con sus bolsillos presionándoles el corazón, saben más de amores y cómo se crean, pero también cómo se acaban. Las cosas se acaban cuando se acaban y listo. Lo demás es añadir fuegos innecesarios, inútiles, que a la hora de la verdad ni suman ni restan a las arcas, a las cuentas corrientes, ni ayudan a pagar las deudas del amor y de la nostalgia.

El llanto de Messi lo mostró como un ser humano cualquiera capaz de llorar por amor y de sentir nostalgia por ese tiempo pasado. Seis días después, más o menos sonriente, más o menos resignado, vio cómo otro país, Francia, y en particular una ciudad mágica, París, lo abrazaba ardorosamente para convertirlo, por mor de un multimillonario contrato, en uno de los suyos. Porque el amor acaba cuando comienza otro, podría decir alguien por ahí. Así es la vida y este capítulo nos recuerda la verdad y la crueldad, la realidad y la mentira, lo efímero de las cosas, la facilidad con que termina lo que bien comenzó, lleno de alegría.

Fuente

RCN Radio

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