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La muerte se volvió tendencia, las imágenes de los cuerpos fueron usadas por algunos que perdieron por instantes su propia humanidad.

Para muchos de mi generación, el atentado del jueves en la escuela de Cadetes General Santander, en Bogotá, nos devolvió en el tiempo para revivir las peores historias de una violencia que nos ha golpeado más de lo soportable. Una sensación de cruzar una y otra vez por una ruta conocida que está plagada de dolor, de muerte e incertidumbre. Un túnel del tiempo que nos lleva a donde no queremos ir.

Mientras, en medio de la calentura, informábamos en RCN Radio sobre el atentado, me asaltaron unas ganas inmensas de llorar y un vacío total se me encajó en el cuerpo. No había palabras suficientes para volver a describir lo tantas veces contado.

Hablé por inercia porque ese es mi trabajo. Reporté los muertos, conté de los heridos, registré las reacciones que ahora caminan por millones en las redes. La muerte se volvió tendencia, se hizo viral, las imágenes de los cuerpos fueron usadas por algunos que perdieron por instantes su propia humanidad y mis lágrimas siguieron atajadas varias horas porque mi trabajo es contar, aunque no quiera contar, aunque me duela lo que tengo que contar.

Y después de contar varias horas lo que era imposible de entender, respiré. No quise saber más, escapé y busqué algo distinto para no pensar aunque seguía pensando en el fondo mientras hablaba de otra cosa, mientras pretendía que no pasaba nada porque a veces no mirar es intentar sobrevivir.

Después, mientras buscaba ideas para decir algo en alguna parte, porque las palabras también sirven para hacer catarsis y expulsar demonios, lloré como lo hice hace 30 años ante tanta y tanta violencia de ese fatídico 1989. Lloré por la locura de matarnos como lo he hecho muchas veces cuando quiero mirar para otra parte y no puedo porque mi trabajo es contar, hablar, narrar eso que pasa y que yo no quiero ver.

Hablar aunque no tenga nada qué decir, como ahora, cuando en vez de palabras solo tengo dolor y pesadumbre. Mañana volveré a hablar, a contar lo que no quiero. En unos días contaré otras cosas y mientras en sus hogares las víctimas serán ausencia eterna, dolor por siempre, los demás hablaremos de otras noticias, contaremos otras historias y sé que después tendré que narrar más muertos, como hoy, como ayer, como siempre. A veces no quiero mirar para no tener que contar.

Fuente

RCN Radio

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